Danza de los Pascolas (México)
La génesis de la Danza de los Pascolas se encuentra profundamente arraigada en la cosmovisión de las naciones del noroeste de México, específicamente entre los pueblos Yaqui y Mayo que habitan los territorios de Sonora y Sinaloa.
Con la instauración de las misiones coloniales, la danza experimentó un proceso de sincretismo fascinante que permitió su supervivencia hasta la época contemporánea. Los religiosos europeos intentaron suprimir las creencias paganas, pero se vieron obligados a integrar estas expresiones dentro del calendario litúrgico cristiano.
Así, el Pascola pasó de ser un chamán del bosque a convertirse en un anfitrión de las festividades de los santos patronos, conservando su esencia mística bajo un manto de devoción católica. Esta dualidad es lo que otorga a la danza su carácter único: mientras el violín y el arpa introducidos por los españoles marcan ciertos ritmos, los instrumentos autóctonos como la flauta de carrizo y el tambor de doble parche continúan invocando las fuerzas primordiales del desierto y la montaña.
Desde una perspectiva histórica y social, la Danza de los Pascolas ha servido como un mecanismo de resistencia cultural frente a las constantes presiones de asimilación externa. A pesar de los conflictos armados, las deportaciones sufridas por el pueblo Yaqui durante el Porfiriato y la modernización galopante del siglo XX, el oficio de Pascola se ha transmitido de generación en generación mediante un sistema de aprendizaje basado en la observación y la vocación espiritual.
La descripción física del Pascola y su indumentaria es un catálogo viviente de símbolos que conectan al hombre con el reino animal. El danzante aparece con el torso descubierto, lo que simboliza su humildad y su conexión directa con los elementos. Alrededor de la cintura se ata un rebozo que se sujeta con una faja de lana, de la cual cuelgan cinturones de cuero con cascabeles metálicos denominados coyoles. Estos elementos producen un sonido rítmico constante que acompaña cada movimiento del pie, sirviendo como una base percusiva que dialoga con los músicos.
Sin embargo, el componente más distintivo de su adorno son los tenabaris, capullos de mariposa secos y rellenos de arena que se envuelven en las piernas desde el tobillo hasta la rodilla, generando un susurro que imita el sonido de la serpiente de cascabel, animal sagrado en la mitología regional.
La máscara es quizás el objeto más cargado de significado dentro de la descripción de esta danza. Tallada generalmente en madera de balsa o de chuchupate, la máscara suele representar un rostro humano con rasgos exagerados o animales, decorada con incrustaciones de concha nácar y largas crines de cabra que funcionan como barba y cabellera.
Un detalle técnico fundamental es que el Pascola no siempre porta la máscara sobre el rostro; cuando baila al ritmo de la música europea de cuerdas, la desplaza hacia la nuca o el costado, indicando su faceta humana y social. Es solo cuando suenan la flauta y el tambor, instrumentos de origen prehispánico, cuando el danzante se cubre la cara, transformándose en el ser del monte que se comunica con los animales y los espíritus ancestrales.
El desarrollo de la danza sigue una estructura narrativa clara pero flexible, donde el Pascola alterna entre el baile solista y la interacción con el público mediante monólogos y chistes. El zapateo es complejo y vigoroso, requiriendo una condición física envidiable para sostener el ritmo durante horas o incluso días en las fiestas grandes.
Dentro del complejo ceremonial de las naciones Yaqui y Mayo, la Danza de los Pascolas no puede comprenderse de forma aislada, sino en su relación simbiótica con el Danzante del Venado. Mientras que el Venado representa la pureza, la divinidad de la naturaleza y el sacrificio trágico, los Pascolas actúan como sus contrapartes terrenales y, a menudo, como sus antagonistas cómicos.
En el escenario ritual, los Pascolas asumen el rol de cazadores que intentan acechar a la criatura sagrada, pero lo hacen desde una posición de respeto y juego. Esta interacción representa la lucha por la supervivencia y la necesidad humana de obtener recursos de la tierra, mediada siempre por un permiso espiritual que el Pascola, como maestro de ceremonias, se encarga de gestionar.
El simbolismo de esta relación se manifiesta en la coreografía compartida. Mientras el Venado mantiene una actitud alerta y elegante, evitando el contacto visual con los humanos, los Pascolas rompen la cuarta pared de la solemnidad. Utilizan un lenguaje ritual propio, que mezcla el idioma cahita con arcaísmos y neologismos, para narrar las peripecias de la búsqueda en el monte.
Esta comunicación no es solo verbal; el uso de la sonaja de madera con discos metálicos que el Pascola golpea contra la palma de su mano crea una tensión rítmica que marca los tiempos del acecho. Es un diálogo entre la gracia del animal y la astucia del hombre, donde el Pascola actúa como el intérprete que traduce los misterios del bosque para la comunidad que observa.
Más allá del movimiento, el Pascola cumple una función social de crítica y cohesión mediante el uso de la palabra. Se le permite, e incluso se le exige, ser un bufón sagrado. Durante los descansos entre las piezas musicales, el danzante entabla diálogos con los asistentes, utilizando el humor para señalar comportamientos inapropiados dentro de la tribu o para relajar las tensiones sociales.
Esta capacidad de burla está protegida por el carácter sagrado de la máscara; el individuo desaparece detrás del personaje, lo que le otorga una libertad de expresión que no tendría en su vida cotidiana. El Pascola es el guardián de la moralidad comunitaria precisamente porque tiene el poder de ridiculizar aquello que se aparta de la tradición.
La danza se convierte así en una escuela itinerante donde la historia oral se mantiene fresca. El rigor de su entrenamiento no solo es físico, sino intelectual y espiritual; debe conocer a la perfección la lírica de los sones y la estructura de las jerarquías religiosas. La resistencia del danzante es vista como una ofrenda: el cansancio acumulado tras noches de baile bajo el polvo y el sol es un sacrificio que busca asegurar la lluvia, la salud de los enfermos o la prosperidad de las cosechas.
La estructura musical que sostiene al Pascola es un testimonio de la historia de México. En un mismo espacio conviven el arpa y el violín, que interpretan melodías de origen europeo adaptadas a la sensibilidad indígena, y la flauta de carrizo con el tambor de agua o de doble parche, que conservan la rítmica prehispánica.
Cuando el Pascola baila “al son de la cuerda”, sus movimientos son más rectos y sociales; cuando lo hace “al son del monte” (flauta y tambor), su cuerpo se encorva, la máscara cubre su rostro y su zapateo se vuelve más intrincado y pegado a la tierra. Esta alternancia rítmica exige una versatilidad técnica absoluta, ya que el danzante debe cambiar su centro de gravedad y su intención comunicativa de un momento a otro.
El zapateo del Pascola es una forma de percusión en sí misma. El contacto de las plantas de los pies con el suelo debe ser nítido y potente, creando una polirritmia con los cascabeles de la cintura y los capullos de las piernas. No es un baile de elevación, sino de conexión; cada golpe en la tierra es una llamada a las fuerzas que habitan el subsuelo.
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