Dick Haymes, el argentino que le hacía sombra a Sinatra
La historia está tan cargada de referencias increíbles que parece salida de una ficción de Osvaldo Soriano o Roberto Fontanarrosa: es la de un argentino que competía como cantante con el gran Frank Sinatra, enamoró a una de las máximas estrellas de Hollywood, Rita Hayworth, y murió deprimido sin que nadie lo extrañase demasiado, después de años de alcohol en exceso.
Hijo de un matrimonio breve entre un estanciero británico criador de Aberdeen Angus y una cantante irlandesa, concluido de mala manera cuando él era un niño, Richard Benjamín Haymes nació en Buenos Aires en 1916, veinte años antes de que su madre se lo llevara a vivir a Estados Unidos, después de unas temporadas de escape en las que se refugiaron también en Río de Janeiro y París.
Podría hablarse de un misterio. O de una historia trágica. Sería posible comenzar por el final, por ese extraño personaje del que su yerno Bernie Taupin le hablaba a Elton John. Por ese cantante ex alcohólico (o eso es lo que decía, y la duda, por supuesto, se refería a su condición de ex y no a la otra) que, con afinación, fraseo y dicción impecables, actuaba en hoteles europeos de discreto anonimato.
Porque Dick Haymes, ese olvidado que había nacido en Buenos Aires en 1918 y que, todavía en 1976 y 1978, grababa dos discos excelentes (aunque inadvertidos casi por todos), había sido un elegido: ni más ni menos que uno de los grandes cantantes de una época y un lugar en que había muchos extraordinarios y, según Louella Parsons –la famosa columnista de espectáculos–, el único capaz de compartir el sitial con Bing Crosby y Frank Sinatra.
Sin abandonar su nacionalidad argentina, ni saber que no volvería a ver a su padre, Dick comenzó a trabajar en Estados Unidos como locutor radial a fines de la década del 30, pasada ya La Gran Depresión, y a principios de los 40 grabó su primer disco, con una versión de “A Sinner Kissed an Angel”, interpretada con la orquesta de Harry James, que hasta meses antes tenía como cantante a Sinatra.
Haymes tenía todo para desplazar a Sinatra, empezando por una mayor apostura física y por una voz de barítono de una belleza sobrenatural. Y, de hecho, en algún momento llegó a ser más popular que él. En sus comienzos cantó con las mismas orquestas que Sinatra abandonaba –las de Harry James y Tommy Dorsey– y, para muchos, el reemplazante era mejor que el reemplazado.
Y la cantidad de películas que protagonizó en esos años es un indicio de su renombre: “Irish Eyes Are Smiling”, de 1944 y con June Haver, “Billy Roses Diamond Horseshoe”, con Betty Grable, y “State Fair”, con Jean Crain y Dana Andrews (ambas de 1945), “Do You Love Me”, con Maureen O’Hara (1946), “The Shocking Miss Pilgrim”, nuevamente con Grable y “Carnival in Costa Rica”, con Vera Ellen (ambas de 1947) y “Up in Central Park”, junto a Deanna Durbin, y “One Touch of Venus”, con Ava Gardner (las dos en 1948). Incidentalmente, en una de esas películas, “State Fair”, aparecía una canción que se convertiría más adelante en un clásico del Jazz y que Haymes grabaría por primera vez. “It Might as Well Be Spring”, con música de Richard Rodgers y letra de Oscar Hammerstein II, ganó el Oscar de ese año a mejor canción original. En la película la cantaba el personaje actuado por Jeanne Crain, que, en realidad, estaba doblada por Louanne Hogan. Haymes actuaba allí pero no cantaba. Sin embargo, ese mismo año registró la canción para Decca, junto a la orquesta de Victor Young, uno de los directores del sello. Y volvería a hacerlo en 1955, con arreglos de Johnny Mandel, en la que sería una de las dos mejores versiones jamás grabadas de esa canción (la otra sería la de Sinatra en “Sinatra with Strings”, de 1962 y con arreglos de Don Costa).
Casi podría hablarse de vidas paralelas. Haymes y Sinatra actuaron con las mismas orquestas y, ya como solistas, tuvieron los mismos arregladores (Haymes grabó a partir de 1946 con Gordon Jenkins, que una década más tarde orquestaría algunas de las mejores obras de Sinatra, Mandel trabajó también con ambos). Los dos tuvieron grandes contratos cinematográficos en la década de 1940, el primero con 20th Century Fox y el segundo con la Metro y ambos se casaron con las actrices más bellas: Haymes con Joanne Dru, en 1941, y con Rita Hayworth, en 1953, y Sinatra con Ava Gardner. Y, sobre todo, ambos tuvieron problemas con el alcohol y ambos vieron, en un momento, cómo se derrumbaban sus carreras.
Francis Scott Fitzgerald dijo alguna vez que no había segundos actos en las vidas norteamericanas. No fue cierto para Sinatra pero sí para Haymes, que a partir de 1955, en que incluso intentaron deportarlo a la Argentina, prácticamente desapareció de la escena.
Sus padres habían sido un ganadero escocés y una profesora de canto irlandesa que habían llegado a la Argentina a comienzos del siglo XX y se separaron poco después de su nacimiento, luego de una sequía que los llevó prácticamente a la ruina. Su madre puso un negocio de ropa en Río de Janeiro y al poco tiempo se mudó a París, para instalarse finalmente en los Estados Unidos en 1936. “Les debo a mi madre el haber aprendido a cantar, a Harry James la idea de que cada canción debe ser cantada con todo el corazón y a Tommy Dorsey el saber respirar mientras canto”, eran los reconocimientos de Haymes, que comenzó como locutor, cantó también con orquestas como las de Benny Goodman y Artie Shaw y tuvo uno de los programas de radio más exitosos de su época, “The Dick Haymes Show”, donde actuaba con la cantante Hellen Forrest.
La vida de Haymes no mejoró, pero editó dos discos notables, ambos con arreglos de Mandel y Ian Bernard, “Rain or shine” y “Moondreams”. Lo que siguió fue un larguísimo ocaso, con ocasionales apariciones en televisión, una larga estadía en Europa en los ’60 y un regreso a los Estados Unidos en la década siguiente, en que grabaría sus dos últimos discos, “For You, For Me, Forever More” y “As Time Goes By”, ambos con el trío de Loonis McGlohon. El 28 de marzo de 1980, poco antes de cumplir 62 años, murió de cáncer. No lo recordaba nadie.
Cuando Dick murió en Los Ángeles, en el año previo a la famosa y polémica única visita a la Argentina de Sinatra, en el Carnegie Hall de Nueva York, el astro Mel Torné, cuenta el historiador Daniel Balmaceda, anunció a su público que en esa oportunidad solo interpretaría baladas, seguro de que ese día el mundo había perdido a uno de los grandes del género, aquel porteño hijo de británicos que su país no recuerda.
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