Entonces, una noche temprana de
invierno, festejando la edición de su último disco y después de una partida de
Winning Eleven dio dos, tres, cuatro pasos hacia la ventana de un quinto piso y
se tiró. Así nomás: ganó, apoyó el joystick y se tiró. Había tomado, se dice
que alcohol etílico con jugo de limón, con jugo de naranja. Cayó con pulso pero
murió en la ambulancia camino al hospital. Tenía 35 años y un hijo de 7. De
forma tan anodina, tan falta de solución de continuidad, el Punk
local perdía a uno de sus principales referentes.
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