Appenzeller Streichmusik (Suiza)

 



La Appenzeller Streichmusik no es meramente una curiosidad folclórica de los Alpes suizos, sino que constituye un sistema musical de una complejidad estructural y una herencia técnica que rivaliza con cualquier forma de música de cámara de la tradición culta europea.

Para desglosar este fenómeno en su totalidad, es imperativo retroceder hasta las raíces de la organización social de los cantones de Appenzell, tanto Innerrhoden como Ausserrhoden, donde el aislamiento geográfico y la fuerte identidad gremial permitieron que se gestara un sonido que se diferencia radicalmente de las bandas de metales que dominan el resto del paisaje helvético.

Históricamente, la génesis de esta música de cuerdas se sitúa en un proceso de transición durante el siglo XIX, cuando los instrumentos de cuerda frotada empezaron a desplazar a las antiguas flautas y tambores de guerra para adaptarse a un entorno más doméstico y social conocido como la Stubete.

Este espacio, la sala de estar de las granjas, dictó la escala sonora de la música: no se buscaba el volumen atronador para espacios abiertos, sino una transparencia acústica que permitiera el diálogo entre los instrumentos y la voz humana.

La formación clásica, denominada con rigor como la Original Appenzeller Streichmusik-Besetzung, es el resultado de un refinamiento organológico que alcanzó su madurez alrededor de 1880, consolidándose con una alineación que incluye dos violines, un dulcémele o Hackbrett, un violonchelo y un contrabajo.

Cada uno de estos instrumentos cumple una función jerárquica y técnica inamovible que ha sido transmitida de generación en generación con una disciplina casi militar. El primer violín, o Primgeiger, no es solo el encargado de la melodía, sino que actúa como el director del ensamble, utilizando un vibrato muy específico y una ornamentación que incluye apoyaturas y trinos rápidos que recuerdan a la técnica barroca, pero con una rítmica campesina indomable.

Su interpretación debe ser virtuosa pero nunca excesivamente sentimental, manteniendo una contención emocional que es característica del carácter suizo-oriental. El segundo violín, por el contrario, realiza un trabajo de arquitectura armónica, ejecutando dobles cuerdas y patrones rítmicos que sirven de puente entre la melodía del líder y la percusión tonal del Hackbrett.

El Hackbrett merece un análisis técnico por separado, ya que es el instrumento que define la identidad sonora de Appenzell; a diferencia del címbalo húngaro, el Hackbrett suizo es más pequeño y posee un sistema de afinación cromática que permite modulaciones rápidas y complejas. Los músicos utilizan martillos forrados de cuero o lana para golpear las cuerdas con una precisión milimétrica, creando una cascada de armónicos que le dan a la Streichmusik su característico brillo metálico. La técnica del Hackbrett exige una independencia absoluta de manos y una memoria auditiva excepcional, ya que el músico debe navegar entre cientos de cuerdas tensadas a gran presión.

Por debajo de esta capa cristalina, el violonchelo aporta una calidez necesaria, pero su ejecución en la Appenzeller Streichmusik se aleja de la técnica lírica orquestal para adoptar un papel rítmico, a menudo pulsando las cuerdas en pizzicato o realizando golpes de arco cortos que imitan el bajo de una guitarra.

El contrabajo cierra la estructura, afinado de una manera que permite una resonancia profunda que ancla todo el conjunto, marcando los tiempos fuertes con una contundencia que es esencial para el baile.

El repertorio se basa en formas de danza como el Ländler, el Vals, la Polca y el Schottisch, pero cada uno de estos géneros es pasado por el filtro estético de Appenzell, lo que resulta en variaciones rítmicas sincopadas que los músicos llaman el swing de montaña.

La evolución de este género también está marcada por la lucha contra la modernidad y la influencia de la radio y la música popular internacional; durante el siglo XX, mientras el acordeón suizo o Schwyzerörgeli ganaba terreno por su facilidad de transporte y su volumen, las familias de músicos de Appenzell como los Alder o los Düsel se mantuvieron fieles a las cuerdas, elevando el nivel de los arreglos para demostrar que su música era superior en términos de sofisticación armónica.

La Streichmusik no es estática; a lo largo de las décadas, los compositores locales han incorporado elementos del Jazz y de la música clásica contemporánea, creando piezas que, aunque respetan la instrumentación tradicional, exploran disonancias y estructuras formales mucho más avanzadas.

La relación de esta música con el Naturjodel es otro punto crucial, ya que el canto sin palabras se integra en el flujo instrumental de manera orgánica, funcionando como un quinto instrumento que aporta una cualidad primordial y espiritual al conjunto.

La técnica del Naturjodel en Appenzell se basa en la utilización del registro de cabeza y pecho con cambios rápidos, lo que genera una tensión armónica que se resuelve cuando los violines retoman el tema principal.

Socialmente, la Appenzeller Streichmusik ha funcionado como un pegamento comunitario, siendo la banda sonora obligatoria de festividades como la subida del ganado a los Alpes o las celebraciones políticas cantonales.

La transmisión de este saber no se limita a la partitura, de hecho, muchos de los mejores intérpretes siguen tocando de oído, lo que garantiza una frescura y una capacidad de improvisación que se pierde en los conservatorios tradicionales.

El entrenamiento de un músico de Streichmusik comienza en la infancia, observando a los mayores en las Stubete, donde se aprende el lenguaje no verbal de las miradas y los gestos que coordinan los cambios de tempo y las repeticiones.

Es fascinante analizar cómo la construcción de los instrumentos también ha evolucionado para adaptarse a las necesidades de este género; los violines de Appenzell suelen tener una construcción robusta para resistir los cambios de humedad de las montañas, y el Hackbrett ha visto mejoras en su sistema de puentes para facilitar una afinación más estable.

La densidad sonora de un quinteto de cuerdas de Appenzell es tan rica que a menudo el oyente tiene la impresión de estar escuchando una orquesta completa, gracias al uso inteligente de los armónicos y la resonancia por simpatía de las cuerdas del Hackbrett.

La importancia de preservar esta forma de arte radica en que representa una de las pocas tradiciones musicales en Europa que ha logrado mantener una alta complejidad técnica sin perder su función social primaria. En el mercado musical actual, la Appenzeller Streichmusik goza de una salud envidiable, con sellos discográficos especializados y festivales que atraen a audiencias globales interesadas en la música de raíces. Sin embargo, el desafío sigue siendo la formación de nuevos talentos que estén dispuestos a dedicar años al dominio del Hackbrett o del primer violín en un mundo que premia la inmediatez.

El legado de este género es una lección de resistencia cultural y de cómo la belleza técnica puede emerger de la vida cotidiana más sencilla. Analizando la estructura de las piezas más famosas, se observa un uso del contrapunto que, aunque no sigue las reglas estrictas de Fux, posee una lógica interna impecable donde la voz del violonchelo se entrelaza con la del Hackbrett en un juego de pregunta y respuesta constante. El vibrato del violín en el Appenzell se ejecuta de manera más lenta que en la música clásica, otorgándole una cualidad vocal y humana que conecta directamente con el alma del oyente.

La Streichmusik es, en definitiva, un testimonio de la inteligencia emocional de un pueblo que decidió que su realidad alpina merecía ser contada a través de la elegancia de las cuerdas.

Sin la Appenzeller Streichmusik, el mapa sonoro de Europa estaría incompleto, perdiendo uno de sus matices más brillantes y sofisticados. La persistencia de este sonido en el siglo XXI es una prueba de que, cuando la música está verdaderamente enraizada en la verdad de una comunidad, no necesita de artificios para seguir siendo relevante y necesaria. La profundidad de los bajos, la agilidad de los violines y el tintineo celestial del dulcémele forman un tríptico sonoro que resume la historia de Suiza mejor que cualquier libro de texto.

 

 

Fuentes:

 

• Appenzell.ch

• Appenzellermusik.ch

• De.wikipedia.org

 


 






















































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