Sanjo (Corea del Sur)
El Sanjo (cuya traducción literal es “melodía dispersa”) es la culminación de la música instrumental coreana para solistas. Aunque sus raíces se hunden en el chamanismo y en las tradiciones de improvisación del sur de la península (región de Jeolla), el Sanjo como género estructurado tal como lo conocemos hoy es una creación del siglo XIX tardío y se consolidó plenamente durante el siglo XX.
El Sanjo surgió como una erupción de libertad individual en un contexto de colectivismo asfixiante, tomando como materia prima el Sinawi, que era la música de improvisación que los músicos profesionales, a menudo pertenecientes a la casta de los chamanes, ejecutaban para acompañar el trance de las sacerdotisas Mudang.
Estos músicos poseían una técnica asombrosa, pero carecían de un escenario formal fuera de los rituales de sanación o expulsión de demonios, por lo que el Sanjo representó la secularización de lo sagrado y la creación de un espacio donde el instrumento podía hablar por sí mismo sin la necesidad de una voz humana que guiara la narrativa.
Su creador oficial es considerado Kim Chang-nam (1872-1921), quien fue el primero en organizar las piezas improvisadas de los rituales chamánicos (Sinawi) y el canto narrativo (Pansori) en una estructura de concierto para un solo instrumento, específicamente para el Gayageum (la cítara de cuerdas de seda).
El mérito de Kim Chang-nam no fue solo inventar melodías, sino crear un sistema de organización del tiempo que permitiera que esa energía caótica de los rituales se estructurara en una suite coherente que pudiera ser apreciada como arte puro, separada de su función religiosa original.
Al entrar en el siglo XX, esta estructura se solidificó bajo el concepto de las escuelas o ryu, lo que permitió que la música no se perdiera con el paso de las generaciones, sino que se convirtiera en un canon de virtuosismo donde cada nota, cada vibración y cada silencio estaban cargados de un significado filosófico profundo.
La complejidad del Sanjo radica en que no es una pieza estática; es un proceso de construcción emocional que exige que el músico se vacíe de su ego para permitir que el sonido del instrumento sea una extensión directa de su sistema nervioso, algo que se logra mediante décadas de entrenamiento en la manipulación de las cuerdas de seda, las cuales, a diferencia del nailon o el metal, tienen una respuesta orgánica y caprichosa que requiere una fuerza física y una sensibilidad de yema de dedo casi sobrehumana.
En términos de preservación histórica, el Sanjo enfrentó desafíos monumentales durante la colonización japonesa y la posterior división de la península, momentos en los que muchas líneas de transmisión estuvieron a punto de extinguirse.
El Sanjo del siglo XX no es solo una pieza de museo, sino una forma de arte que ha influido en la música contemporánea coreana, inspirando a compositores modernos a utilizar sus estructuras de aceleración progresiva en obras de vanguardia.
Durante el siglo XX, el Sanjo dejó de ser una “improvisación libre” para convertirse en un género de virtuosismo extremo. A medida que Corea atravesaba la ocupación japonesa y la posterior modernización, los maestros de Sanjo refinaron las piezas, creando “escuelas” o ryu.
Cada escuela lleva el nombre de su maestro fundador y se diferencia por el énfasis en ciertos ritmos o por la profundidad emocional del fraseo. Lo que empezó como música de las clases bajas y de los rituales de comunicación con los espíritus, terminó siendo elevado a la categoría de Tesoro Nacional Intangible de Corea del Sur.
El Sanjo no es una canción, es una suite de movimientos que van acelerando el pulso de manera progresiva. No existe una partitura fija en el sentido occidental; el intérprete debe memorizar horas de música transmitida oralmente, pero tiene un margen de interpretación que permite que la música “respire”.
Para profundizar en la arquitectura rítmica del Sanjo, es necesario entender que el Jangdan no es simplemente un compás de tiempo en el sentido occidental de la palabra, sino un ciclo de respiración cósmica que dicta el flujo de la energía vital o Qi a través de la interpretación.
Una pieza completa de Sanjo puede durar desde 30 hasta 60 minutos y se divide en Jangdan, que van desde lo más lento y fúnebre hasta lo más rápido y explosivo:
• Jinyangjo: Es el movimiento de apertura. Es extremadamente lento, con un compás de 18/8 o 6/4 muy dilatado. Aquí el músico establece el tono emocional, a menudo comparado con el llanto o la meditación profunda.
• Jungmori: Un tempo moderado (12/4). Es el paso de la introspección a la narrativa.
• Jungjungmori: Un tempo más animado, donde aparecen síncopas más complejas.
• Jajinmori: Un ritmo rápido y saltarín. Aquí el virtuosismo técnico empieza a ser evidente.
• Hwimori / Danmori: El movimiento final. Es una velocidad frenética donde el músico debe demostrar una agilidad absoluta en los dedos sobre las cuerdas de seda.
Cada escuela de Sanjo tiene su propia manera de ejecutar el nonghyeon; algunas prefieren un vibrato ancho y lento que evoca la majestuosidad de la naturaleza, mientras que otras optan por un vibrato rápido y nervioso que transmite una urgencia emocional casi insoportable.
A esto se suma el uso de los ornamentos sigimsae, que no son adornos superficiales sino ataques estructurales a la cuerda; el músico puede golpear la cuerda, rasparla o apagar su sonido súbitamente para crear contrastes dinámicos que mantienen la atención del espectador en un estado de alerta constante.
A diferencia de la música occidental, que busca la nota pura y afinada, el Sanjo busca la textura del sonido.
• Nonghyeon: Es el equivalente al vibrato, pero mucho más físico. El músico presiona las cuerdas con la mano izquierda mientras las pulsa con la derecha, creando oscilaciones que imitan el sollozo humano o el viento en los pinos.
• Sigimsae: Son los ornamentos. No son notas decorativas, sino la esencia de la melodía. Incluyen ataques bruscos, microtonos y caídas de tono que dan al Sanjo su carácter “doloroso” y profundo.
• Geomungo: Una cítara más grande y percusiva que se toca con un palo de bambú (suldae). Su Sanjo es más masculino y austero.
• Ajaeng: Una cítara frotada con un arco de madera, que produce un sonido áspero y profundo, casi como un violonchelo antiguo.
• Daegeum: Una flauta de bambú con una membrana vibrante que le da un timbre zumbante único.
• Haegeum: Un violín de dos cuerdas que tiene un rango expresivo casi vocal.
El único acompañamiento permitido es el Buk o el Janggu (tambor de reloj de arena). El percusionista no solo mantiene el ritmo, sino que lanza gritos de aliento llamados Chuimsae (“¡Eso es!”, “¡Bien!”), que son parte integral de la performance y ayudan al solista a alcanzar el estado de trance necesario.
Para entender el Sanjo, hay que entender dos conceptos coreanos:
• Han: Es un sentimiento de tristeza profunda, resentimiento acumulado y dolor histórico. Los primeros movimientos del Sanjo (lentos) están cargados de Han.
• Heung: Es la alegría exuberante o el entusiasmo que surge después de procesar el dolor. Los movimientos rápidos finales transforman el Han en Heung, permitiendo una catarsis tanto para el músico como para el oyente.
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