El Carite (Venezuela)

 


La danza de El Carite nació en la isla de Margarita cuando los pescadores de caseríos como Juan Griego, Macanao y Pampatar quisieron representar su trabajo diario en una comparsa festiva.

En esa época de aislamiento geográfico, los habitantes dependían totalmente de la pesca artesanal para vivir y soportaban jornadas duras en el mar a bordo de botes de vela y remo hechos con maderas de la región como el guatacare y el vera. Para aliviar el cansancio y la tensión de esa vida difícil, las cofradías de pescadores crearon una obra de teatro callejero que muestra la captura de un carite, un pez grande y rápido cuya carne es muy valorada en la zona.

La pesca de este animal era importante porque ayudaba a la economía de las familias y exigía mucha fuerza debido a que el pez se defiende con violencia al ser atrapado en el anzuelo, lo que inspiró a la gente del pueblo a armar una pantomima cómica y respetuosa sobre esa aventura marina que con el tiempo se convirtió en un símbolo de todo el oriente venezolano.

La representación se hace en la calle con un grupo de personajes fijos que avanzan al ritmo de la música tradicional. En el centro va una maqueta grande hecha con madera liviana y cubierta de telas y papeles brillantes para imitar la forma del pez carite, y adentro va un bailarín que se mueve para simular los saltos y coletazos del animal. Alrededor de la maqueta caminan los hombres vestidos de marineros con camisas de colores, sombreros de cogollo y alpargatas, quienes llevan remos de madera y cantan coplas mientras simulan pescar. A ellos se suman los personajes femeninos interpretados por mujeres o por hombres disfrazados conocidos como las margariteñas, que le ponen humor y alegría a la escena mientras interactúan con las personas que miran desde la orilla de la calle durante las fiestas patronales del pueblo.

La música que acompaña la comparsa usa el cuatro venezolano, las maracas y la mandolina para tocar un ritmo alegre y sincopado llamado Galerón Oriental o diversiones margariteñas que marca el paso de la marcha y recuerda el movimiento de las olas. Las coplas que se cantan en grupo tienen una medida de ocho sílabas por verso y cuentan con humor las historias de la lancha llamada Nueva Esparta, la valentía de los tripulantes y los detalles de la pesca. El cuatro da un sonido brillante que destaca en la calle, la mandolina lleva la melodía con una técnica de trémolo que viene de las migraciones de España, y las maracas imitan el sonido del agua chocando contra la madera de la lancha gracias al sonido de las semillas que llevan dentro.

La coreografía se divide en cuatro partes que muestran toda la historia de la faena. Primero los pescadores simulan que salen a navegar y buscan los cardúmenes al compás de la música. Después ven al carite, aumenta la emoción y empieza una lucha divertida donde el pez arrastra a los pescadores y hace reír al público con saltos y forcejeos. Cuando logran capturar al animal, toda la comparsa baila en círculo alrededor de la maqueta y la representación termina cuando se simula la venta y el reparto del pescado entre todos los habitantes del pueblo con una gran alegría colectiva.

En la parte social, esta tradición sirve para unir a la comunidad y pasar los conocimientos de una generación a otra. Los jóvenes y los niños participan en la confección de los trajes, en la construcción de la maqueta, en los ensayos del baile y en la práctica de la música, lo que les ayuda a valorar su historia y a sentirse parte de su pueblo sin necesidad de manuales escolares, manteniendo viva la cultura de la gente de mar frente a los cambios de los tiempos modernos.

Además de todo esto, la historia de los caseríos margariteños donde se originó esta danza está marcada por la vida en la playa y por la relación directa con las mareas. Los hombres salían antes de que saliera el sol en sus botes pequeños, arriesgando la vida porque el mar Caribe cambia de repente y las tormentas destruían las embarcaciones de madera y lona. Al volver a tierra, las familias enteras esperaban en la arena para ayudar a sacar el bote y revisar lo que se había pescado.

Si la pesca era buena, había dinero para comprar harina y otros alimentos básicos, pero si la pesca era mala, la comida escaseaba y había que ingeniárselas con lo poco que quedaba en la casa. Esa incertidumbre diaria hizo que la gente se uniera mucho más y que cada pueblo formara grupos de ayuda mutua. Cuando llegaban las fiestas del santo patrono del pueblo, los pescadores decidían dejar un rato la preocupación de lado para preparar los disfraces y ensayar los pasos de la comparsa.

La construcción de la maqueta del carite es un trabajo artesanal que requiere paciencia y dedicación porque se hace con materiales sencillos que se consiguen en el monte de la isla. Se cortan ramas flexibles de caña brava o listones finos para armar una estructura en forma de jaula alargada que tenga la silueta del pez. Esa estructura se ata con hilo resistente y se cubre con papel o tela pintada. Los colores que se eligen siempre son vivos porque la comparsa se presenta bajo el sol fuerte del mediodía o de la tarde, y los brillos llaman la atención de todos los vecinos que se asoman a las puertas de sus casas o se paran en las esquinas de la calle principal. Los remos que llevan los hombres también se cortan de madera blanda para que no pesen demasiado durante las horas que dura el recorrido por el pueblo.

Las letras que se cantan durante el recorrido no son fijas en todas partes, sino que cambian según la creatividad de los cantantes de cada comunidad. Hay coplas viejas que se repiten de memoria porque cuentan las leyendas de los mejores pescadores del pueblo, pero también se inventan versos nuevos en el momento para burlarse de algún vecino que mira la comparsa o para comentar lo caro que está el hielo y la gasolina.

El cantante principal lanza el verso con voz fuerte y el coro de los marineros responde al instante repitiendo la última parte o completando la idea con palmadas. Ese intercambio de versos hace que la comparsa sea una fiesta dinámica donde nadie es un simple espectador, sino que todos participan cantando o riéndose de las ocurrencias de los personajes.

Los trajes de los marineros son sencillos pero muy coloridos. Usan camisas de manga larga o corta con listas de colores vivos, pantalones remangados hasta las pantorrillas para simular que caminan por el agua de la orilla, sombreros de cogollo tejidos con hojas de palma seca que protegen la cabeza del sol y alpargatas de suela de cuero y capellada de hilo que permiten bailar con comodidad en medio de la calle de tierra o asfalto.

Las margariteñas, que son los personajes interpretados por hombres vestidos de mujer o por las propias mujeres del pueblo, usan vestidos largos con faldas anchas de colores llamativos, collares de cuentas brillantes, flores grandes en el pelo y abanicos con los que se tapan la cara o amenazan a los hombres de la tripulación cuando hacen bromas pesadas durante la caminata.

La música del Galerón Oriental y de las diversiones tiene un compás rápido que obliga a los bailarines a mantener el paso firme y coordinado. El cuatro marca el ritmo con golpes secos y constantes, la mandolina lleva la melodía principal con notas agudas que se escuchan desde lejos y las maracas no paran de sonar agitando las semillas con fuerza para marcar el compás exacto de la marcha.

Cuando la comparsa llega a la plaza principal del pueblo, los músicos se detienen en círculo y ahí es donde se arma la parte central de la coreografía, con los saltos del pez y la pelea simulada entre los pescadores que tiran de la cuerda imaginaria mientras la gente aplaude y grita animando a los personajes.

Del mismo modo, la organización comunitaria previa a la salida de la comparsa involucra a toda la familia en las tareas de preparación que duran semanas enteras. Las mujeres se encargan de coser los remiendos de los disfraces, almidonar las faldas y limpiar las alpargatas viejas para que luzcan prolijas durante el desfile.

Durante las noches previas a la festividad, los ensayos se realizan en patios de tierra iluminados por focos colgantes o bajo la luz de la luna, donde los niños pequeños imitan los pasos de los adultos y aprenden de memoria las coplas que deberán cantar en la calle al día siguiente. Esa transmisión oral directa de los saberes garantiza que las nuevas generaciones mantengan el respeto por la tradición sin que se pierda la frescura ni la picardía que caracteriza el humor de los margariteños frente a las dificultades cotidianas de la vida en la isla.

El desarrollo de la faena teatral también incluye momentos de interacción directa con los negocios locales y las casas de familia ubicadas a lo largo de la ruta del desfile. La comparsa se detiene frente a los bodegones y las puertas de las viviendas donde los vecinos esperan con bebidas refrescantes y pequeños aportes económicos o alimentarios que sirven para financiar la fiesta patronal del año siguiente. En ese punto, el solista de la agrupación improvisa versos dedicados al dueño de la casa, agradeciendo su colaboración o bromeando sobre su generosidad, lo que desata las risas de la multitud y genera un ambiente de hermandad colectiva que borra cualquier diferencia o problema vecinal acumulado durante los meses anteriores.

Asimismo, la influencia de las corrientes migratorias históricas que llegaron a las costas del estado Nueva Esparta dejó huellas claras en la estructura musical y en la forma de cantar las coplas de El Carite. Los marineros y comerciantes que llegaron desde las islas Canarias y desde Andalucía en los tiempos coloniales y republicanos aportaron patrones tonales y formas poéticas que se mezclaron con el ritmo criollo de la región, dando como resultado ese Galerón rápido y festivo que no se encuentra en otras zonas del país.

Los instrumentos de cuerda pulsada como la mandolina y el cuatro se adaptaron perfectamente a la necesidad de hacer música al aire libre sin amplificación eléctrica, logrando proyectar el sonido por encima del bullicio de la gente y el ruido del viento costero. Las manos de los músicos ejecutan los acordes con una destreza que se aprende mirando y tocando desde la infancia en las esquinas de los pueblos, manteniendo vivas unas técnicas de ejecución que no figuran en partituras escritas sino en la memoria colectiva de los cultores populares que defienden su herencia cultural con orgullo frente al paso del tiempo.

 

 

Fuentes:

 

• Correodelcaroni.com

• Extranewsmundo.com

• Culturaldiaucv.blogspot.com

 


 



































 

 

 





















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