Personajes - Ricky Espinosa, emblema del Punk argentino
Entonces, una noche temprana de invierno, festejando la edición de su último disco y después de una partida de Winning Eleven dio dos, tres, cuatro pasos hacia la ventana de un quinto piso y se tiró. Así nomás: ganó, apoyó el joystick y se tiró. Había tomado, se dice que alcohol etílico con jugo de limón, con jugo de naranja. Cayó con pulso pero murió en la ambulancia camino al hospital. Tenía 35 años y un hijo de 7. De forma tan anodina, tan falta de solución de continuidad, el Punk local perdía a uno de sus principales referentes.
A los 15 empezó a tocar la guitarra y a los 16 el padre le regaló una, y Ricky se anotó para tomar clases. Un día sacó una nota baja y no quiso ir más. Desde entonces, fue autodidacta. Andaba por Plaza Alsina donde conoció a otros músicos y otros músicos lo conocieron a él. De noche, en su cama (un sofá en la puerta del PH en el que vivía con sus padres), componía y registraba canciones en un radiograbador que le habían prestado. Si bien tenía gustos más asociados al Heavy Metal, ya tocaba otros géneros con amigos del barrio y en 1986 se sumó a Flema, la banda argentina de Punk Rock que comenzó a gestarse en esa cultura subterránea del conurbano y que, en la década del 90, ya con Ricky al frente, marcaría su huella.
Durante esos primeros años los músicos rotaron mucho. Fernando Cordera (primo del Cordera de la Bersuit) fue el primer vocalista. Con él arrancaron Juan Manuel Fandiño (quien introdujo a Ricky), Sebastián Corona y al tiempo Pablo Sara, que luego fue reemplazado por Alejandro Boffelli.
Hay una web de Flema algo precaria que cuenta su historia en palabras de Sebastián, que dice que todo empezó así: “Un día cualquiera fuimos con Ricky a un festipunk vaya a saber dónde. Lejos. Ahí nos encontramos con un par de pibes que yo no conocía, aunque eran de Avellaneda como nosotros: Juan Fandiño y Fernando Cordera. Pelos parados de colores, camperas rotas y pintadas al aerosol, A con circulito, etc. Juan le contó que tenía una banda. Él tocaba la guitarra y Fernando cantaba. Había un baterista de Belgrano, y bajista había que buscar. Pero ya tenían compuestos dos temas y todo. Y como Juan apenas sabía rasguear las bases, lo invitó a Ricky (que en Avellaneda tenía su prestigio como guitarrista) a unirse al grupo para puntear y todas esas cosas. Ahí yo dije que era el mánager de Ricky. La semana siguiente fuimos a ensayar. El baterista no vino. Entonces me acordé que yo, en la primaria, siempre en los actos patrios tocaba el bombo. Mientras se los contaba me fui sentando a la batería, cosa que en mi puta vida había hecho. Tres viernes más tarde ya teníamos un repertorio de veinte temas, un bajista cuyo nombre lamentablemente no recuerdo y estábamos debutando en Gracias Nena (...) Así empezó Flema”.
En 1992 grabaron “Pogo, Mosh & Slam”, un casete con 12 temas. Para distribuirlo realizaban copias caseras de la cinta, fotocopiaban la tapa y la pintaban con lápices de colores. En 1994 se editó el que será su disco más conocido: “El exceso y/o abuso de drogas y alcohol es perjudicial para tu salud... ¡Cuidate, nadie lo hará por vos!”; al año siguiente salió “Nunca Nos Fuimos”, y en el ‘97 “Si el placer es un pecado… Bienvenidos al infierno”. Si bien esta es la tríada con más llegada de la banda, llevan editados más de una decena de discos (algunos post-Ricky).
Componía canciones directas y agresivas, de adicciones, pensamientos suicidas y tiros contra el sistema y la hipocresía social (el contexto: neoliberalismo de Menem). Sin embargo, sus amigos y afectos dicen que en persona, en la intimidad, era un tipo buenísimo y alegre. Que si no tomaba era buenísimo y alegre, y que cuando tomaba se ponía depresivo, por momentos impredecible, y no lograba explicar del todo bien qué lo entristecía tanto. La música, sus letras, eran el canal de expiación de esa tristeza:
Entre los shows y los episodios conducidos por su espontaneidad, se había hecho fama de bardero. En esa web de Flema en la que se cuenta su historia, Corona redondea el editorial así: “Soy testigo: Ricky subía a tocar pintarrajeado más o menos como ahora, en una época en que Marilyn Manson lo más loco que hacía era pispearle de coté la poronga a sus compañeros cuando meaba en el baño de la high-school. Así que no jodan”.
El caso es que Flema creció. Bastante creció. Todavía se agitaba, allá por los 90, la rivalidad entre rolingas y punks, pero a Ricky nada de eso le importaba demasiado. De hecho, venía de un grupo de covers llamado Alma Stone, y tiempo después, con su proyecto paralelo Flemita, haría también versiones de la mítica banda inglesa.
Una vez un chico se abrió la cabeza en pleno show y Ricky se la lavó en la bacha de la cocina. Cemento era difícil. A la vez, era donde se sentían locales. Ahí tuvo lugar el último recital de Flema (iba a haber uno después pero Ricky fue preso por estar alcoholizado y tirado en la vía pública, y tuvieron que cancelar); también el Tributo a Espinosa. Fue el refugio donde duelaron sus fanáticos el 29 de junio de 2002, un mes después de su muerte. El boliche estallaba y en total, entre Flema, Flemita y el resto de las bandas que homenajearon, se tocaron 100 temas. Al final, el padre de Ricky subió a agradecer.
La versión que circulaba entonces desacreditaba el suicidio: la caída, se decía, había sido un chiste de festejo que se le fue de las manos. Otra corriente afirmaba que el cantante había dicho “si pierdo, me mato”. Y como perdió, se mató. Nadie terminó de confirmar nada. Lo velaron en un patio de su Gerli natal, después de rebotar en varias casas funerarias que se negaban por temor al público que la figura podía llegar a atraer.
Así se fue Ricky Espinosa: una leyenda del conurbano y de la música argentina. Un signo de época, un reventado brillante. Alcohólico, drogadicto, bisexual, genio.
En 2007, en un intento por capturar o usufructuar el recuerdo que ya era mito, Flema volvió. Sacaron tres discos más, siendo el último una especie de Grandes éxitos. Todavía se presentan en vivo con frecuencia. Fernando Rossi, bajista, dijo alguna vez que Ricky hubiera seguido tocando. Que jamás habría abandonado la música. Aunque Espinosa nunca quiso ser estrella, esa oda a la fama le generaba rechazo. Pero sus compañeros dicen que sí llegó a comprender la trascendencia de su figura.
“Yo no calculé nada para llegar adonde estoy, aunque tampoco creo que sea un lugar privilegiado. No me traicioné, nada más. Que no pasé inadvertido, sí, lo sé. Hay muchos que me odian por ser como soy y hay otros que dicen 'aguante Ricky'. Pero tampoco me lo propuse. Yo quería hacer la mía”, dijo en una entrevista en el 2000, la única que aceptó dar en su casa, para un canal de Avellaneda. Dos años después, ahí cerca, se mató.
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