Personajes - Ricky Espinosa, emblema del Punk argentino

 


Entonces, una noche temprana de invierno, festejando la edición de su último disco y después de una partida de Winning Eleven dio dos, tres, cuatro pasos hacia la ventana de un quinto piso y se tiró. Así nomás: ganó, apoyó el joystick y se tiró. Había tomado, se dice que alcohol etílico con jugo de limón, con jugo de naranja. Cayó con pulso pero murió en la ambulancia camino al hospital. Tenía 35 años y un hijo de 7. De forma tan anodina, tan falta de solución de continuidad, el Punk local perdía a uno de sus principales referentes.

Ricky Espinosa nació con el nombre de Manuel Ricardo el 31 de diciembre de 1966, en el barrio bonaerense de Gerli, Avellaneda. Fue un chico en la dictadura y un adolescente en los 80. Sus formas de vestir y de peinarse (el pelo largo, los borcegos, las tachas, el maquillaje) sumado a su color de piel y la parte de Avellaneda en la que quedaba su casa lo ubicaban en los márgenes.

A los 15 empezó a tocar la guitarra y a los 16 el padre le regaló una, y Ricky se anotó para tomar clases. Un día sacó una nota baja y no quiso ir más. Desde entonces, fue autodidacta. Andaba por Plaza Alsina donde conoció a otros músicos y otros músicos lo conocieron a él. De noche, en su cama (un sofá en la puerta del PH en el que vivía con sus padres), componía y registraba canciones en un radiograbador que le habían prestado. Si bien tenía gustos más asociados al Heavy Metal, ya tocaba otros géneros con amigos del barrio y en 1986 se sumó a Flema, la banda argentina de Punk Rock que comenzó a gestarse en esa cultura subterránea del conurbano y que, en la década del 90, ya con Ricky al frente, marcaría su huella.

Durante esos primeros años los músicos rotaron mucho. Fernando Cordera (primo del Cordera de la Bersuit) fue el primer vocalista. Con él arrancaron Juan Manuel Fandiño (quien introdujo a Ricky), Sebastián Corona y al tiempo Pablo Sara, que luego fue reemplazado por Alejandro Boffelli.

Hay una web de Flema algo precaria que cuenta su historia en palabras de Sebastián, que dice que todo empezó así: “Un día cualquiera fuimos con Ricky a un festipunk vaya a saber dónde. Lejos. Ahí nos encontramos con un par de pibes que yo no conocía, aunque eran de Avellaneda como nosotros: Juan Fandiño y Fernando Cordera. Pelos parados de colores, camperas rotas y pintadas al aerosol, A con circulito, etc. Juan le contó que tenía una banda. Él tocaba la guitarra y Fernando cantaba. Había un baterista de Belgrano, y bajista había que buscar. Pero ya tenían compuestos dos temas y todo. Y como Juan apenas sabía rasguear las bases, lo invitó a Ricky (que en Avellaneda tenía su prestigio como guitarrista) a unirse al grupo para puntear y todas esas cosas. Ahí yo dije que era el mánager de Ricky. La semana siguiente fuimos a ensayar. El baterista no vino. Entonces me acordé que yo, en la primaria, siempre en los actos patrios tocaba el bombo. Mientras se los contaba me fui sentando a la batería, cosa que en mi puta vida había hecho. Tres viernes más tarde ya teníamos un repertorio de veinte temas, un bajista cuyo nombre lamentablemente no recuerdo y estábamos debutando en Gracias Nena (...) Así empezó Flema”.

En el 88 se editó “Invasión”, un compilado de distintas bandas que les dio cierto grado de popularidad en el mapa Punk de la época. Nacía una nueva camada junto a Attaque 77, Conmoción Cerebral, Defensa y Justicia, Exeroica, entre otros. Enseguida la formación original se dispersó y no hubo elenco estable sino hasta 1990, cuando Ricky quiso reconstruir y convocó a los hermanos Fernando y Santiago Rossi en bajo y guitarra respectivamente, a quienes había conocido en el colegio nocturno, y a Alejandro Alsina en batería. Se sumaron también Pepe Carballo y Luichi Gribaldo. Espinosa, al mando. Con una voz algo nasal, de estatura baja, lejos de la hegemonía y poco porte de frontman, era una de las figuras más provocadoras del Punk.

En 1992 grabaron “Pogo, Mosh & Slam”, un casete con 12 temas. Para distribuirlo realizaban copias caseras de la cinta, fotocopiaban la tapa y la pintaban con lápices de colores. En 1994 se editó el que será su disco más conocido: “El exceso y/o abuso de drogas y alcohol es perjudicial para tu salud... ¡Cuidate, nadie lo hará por vos!”; al año siguiente salió “Nunca Nos Fuimos”, y en el ‘97 “Si el placer es un pecado… Bienvenidos al infierno”. Si bien esta es la tríada con más llegada de la banda, llevan editados más de una decena de discos (algunos post-Ricky).

Componía canciones directas y agresivas, de adicciones, pensamientos suicidas y tiros contra el sistema y la hipocresía social (el contexto: neoliberalismo de Menem). ​Sin embargo, sus amigos y afectos dicen que en persona, en la intimidad, era un tipo buenísimo y alegre. Que si no tomaba era buenísimo y alegre, y que cuando tomaba se ponía depresivo, por momentos impredecible, y no lograba explicar del todo bien qué lo entristecía tanto. La música, sus letras, eran el canal de expiación de esa tristeza:

En algunas de sus fotos más populares (a cargo de Resakka, también amigo del artista y autor del recientemente publicado fotolibro sobre RickyY aún yo te recuerdo”) se lo ve luciendo una remera que, inspirada en Truman Capote, dice “Soy alcohólico, soy drogadicto, soy bisexual y soy un genio”. En el prólogo de ese libro, Resakka −de civil, Fabián García− escribe “Recuerdo que nos conocimos cada uno en su rol. Vos, al frente de Flema y todos tus bardos (...) esa energía fugaz en indómita que nos regalaste. A los lectores y espectadores les advierto no busquen orden acá, sino caos y alegría, dos energías hermosas y peligrosas que hacían de Ricky la persona que fue”. Siguen fotos de Flema en que se suma un remisero, fotos en que el cantante sube a sus hombros al hijo de un sonidista, fotos del pogo rotativo y sinfín abajo y arriba del escenario, fotos en que un empleado del local salta desde un parlante; fotos de Ricky en falda y liga, Ricky con la remera de Flema es una mierda, Ricky con la remera de Ricky está muerto, Ricky con cantantes nacionales e internacionales, Ricky caminando por microcentro y posando frente a un obrero metalúrgico que estaba soldando, para que pareciera que le salían “chispas por el culo”.

Entre los shows y los episodios conducidos por su espontaneidad, se había hecho fama de bardero. En esa web de Flema en la que se cuenta su historia, Corona redondea el editorial así: “Soy testigo: Ricky subía a tocar pintarrajeado más o menos como ahora, en una época en que Marilyn Manson lo más loco que hacía era pispearle de coté la poronga a sus compañeros cuando meaba en el baño de la high-school. Así que no jodan”.

El caso es que Flema creció. Bastante creció. Todavía se agitaba, allá por los 90, la rivalidad entre rolingas y punks, pero a Ricky nada de eso le importaba demasiado. De hecho, venía de un grupo de covers llamado Alma Stone, y tiempo después, con su proyecto paralelo Flemita, haría también versiones de la mítica banda inglesa.

Una vez, en medio de uno de los tantísimos recitales en Cemento, dijo “Vamos a hacer un tema de los Rolling Stones. Y al que no le guste, que se vaya a la concha de su madre”. Entonces Luichi, en la guitarra, arrancó “Honky Tonk Woman”. Así era Ricky: fiel a sí mismo. Probablemente mucho de ese ímpetu haya llevado a la banda a telonear a Green Day, The Offspring, Ramones; pero sin hacer a un lado a sus seguidores locales, gente de Avellaneda y alrededores que los seguían con las banderas del club El Porvenir, del que era hincha el cantante, a todos lados. Esto puede leerse expandido en el libro “Cemento: semillero del rock”, de Nicolás Igarzábal (hay también, vale aclarar, todo un libro sobre la vida Ricky: “El último punk”, de Sebastián Duarte, que de manera autogestiva vendió 10 mil copias y se reeditó este año).

 Una vez un chico se abrió la cabeza en pleno show y Ricky se la lavó en la bacha de la cocina. Cemento era difícil. A la vez, era donde se sentían locales. Ahí tuvo lugar el último recital de Flema (iba a haber uno después pero Ricky fue preso por estar alcoholizado y tirado en la vía pública, y tuvieron que cancelar); también el Tributo a Espinosa. Fue el refugio donde duelaron sus fanáticos el 29 de junio de 2002, un mes después de su muerte. El boliche estallaba y en total, entre Flema, Flemita y el resto de las bandas que homenajearon, se tocaron 100 temas. Al final, el padre de Ricky subió a agradecer.

La versión que circulaba entonces desacreditaba el suicidio: la caída, se decía, había sido un chiste de festejo que se le fue de las manos. Otra corriente afirmaba que el cantante había dicho “si pierdo, me mato”. Y como perdió, se mató. Nadie terminó de confirmar nada. Lo velaron en un patio de su Gerli natal, después de rebotar en varias casas funerarias que se negaban por temor al público que la figura podía llegar a atraer.

Sin mucho barullo, ni mediático ni emocional, enterraron el cuerpo en el Cementerio de Avellaneda. Al principio, para llegar a su tumba, había una especie de “código secreto”: en una pared blanca pegada a un local de venta de flores figuraba anotado el lugar exacto donde descansaba su cuerpo. Se leía: “31 E Juan XXIII”. Esa tumba se convirtió en un santuario Punk, los fans la intervinieron hasta destrozarla, por eso sus padres decidieron exhumar y cremar los restos, desde entonces en manos de la familia. Su muerte y toda la parafernalia que su muerte acarreó también fueron, en cierto modo, performáticas.

Así se fue Ricky Espinosa: una leyenda del conurbano y de la música argentina. Un signo de época, un reventado brillante. Alcohólico, drogadicto, bisexual, genio.

En 2007, en un intento por capturar o usufructuar el recuerdo que ya era mito, Flema volvió. Sacaron tres discos más, siendo el último una especie de Grandes éxitos. Todavía se presentan en vivo con frecuencia. Fernando Rossi, bajista, dijo alguna vez que Ricky hubiera seguido tocando. Que jamás habría abandonado la música. Aunque Espinosa nunca quiso ser estrella, esa oda a la fama le generaba rechazo. Pero sus compañeros dicen que sí llegó a comprender la trascendencia de su figura.

“Yo no calculé nada para llegar adonde estoy, aunque tampoco creo que sea un lugar privilegiado. No me traicioné, nada más. Que no pasé inadvertido, sí, lo sé. Hay muchos que me odian por ser como soy y hay otros que dicen 'aguante Ricky'. Pero tampoco me lo propuse. Yo quería hacer la mía”, dijo en una entrevista en el 2000, la única que aceptó dar en su casa, para un canal de Avellaneda. Dos años después, ahí cerca, se mató.

 

 

Fuente:

 

• Laagenda.buenosaires.gob.ar

 





















































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