Sicuri de Italaque (Bolivia)

 


Italaque, pueblo ubicado en el municipio de Mocomoco del departamento de La Paz (Bolivia), guarda en su ser una invaluable riqueza acuñada por tiempos milenarios y heredada de generación en generación.

Este legado majestuoso son los “Sikuris”, expresión integral de saberes y conocimientos ancestrales. Escuchar y sentir las melodías de los Sikuris de Italaque es la experiencia más cercana a lo que los monjes hindúes llaman Shamadi; la perfecta emulación a los latidos del corazón da inicio a la armónica música pentatónica; como gesto de creación divina es el sonido de las zampoñas, emanadas de un soplido profundo.

Todo pareciera que estos hombres convocan a seres celestiales para deleitarles con sus melodías. Como danza es un andar lento, majestuoso, una verdadera reminiscencia de los pasos de los hijos del sol, un verdadero acto místico de culto a su padre supremo.

Cuenta la leyenda que un anciano cortó un tallo de cebada para calmar el llanto desconsolado de un niño con los sonidos del viento, así nació la zampoña o Siku. Así lo cuentan los pobladores de Italaque y lo escribe el R.P. Homero Elías: “Los padres del niño habían salido a cuidar sus chacras y a recoger la papa hecha tunta que reposaba en unos charcos cercanos congelados. La mañana era luminosa y el suelo blanco, cubierto con una capa delgada de hielo.

–Carambas, esta wawa no se calla– decía el anciano golpeando la cebada para sacarle el grano. Se acercó al payo donde berreaba su nieto y le pregunto con voz de abuelo: ¿Qué pasa contigo che? Y el niño pegó un grito tan fuerte que le cambió el color del rostro de barro a morado. El viento sopló fuerte y le sacó un dulce sonido a la caña de cebada.

Entonces el anciano hizo una cosa muy rara: tomó varias cañas de distintos tamaños y sopló a través de ellas; inundó la casa una música suave y armoniosa y el niño, al oír aquello, dejó de llorar. Así aquel hombre, sin darse cuenta, inventó el siku o la zampoña.

Cuando los padres del niño llegaron a casa, se regocijaron por aquel invento. Estaban muy contentos y reían de la ocurrencia del abuelo sin saber que aquel era el origen de los Sikuris y que su hijo perfeccionaría aquel instrumento musical usando caña de carrizo y acompañándolo con el bombo.

Cuando el niño creció reunió a sus amigos, con ellos compuso melodías que tocaba una y otra vez, mientras cuidaba el rebaño de llamas de su padre y durante las fiestas del pueblo y posteriormente cuando el Inca lo solicitaba.

El Sikuri, hombre erguido, de facciones duras pero de sutiles movimientos y mirada armoniosa; su vestimenta es un verdadero templo barroco recién tallado, que junto a catorce hombres constituyen una tropa formada en un círculo de conexión inseparable, semejante a una danza de meditación.

Ricas en vestimenta, brillantes en colorido, ofrecían el espectáculo más extraordinario que puede darse. Muchos conjuntos ostentaban el penacho de plumas de flamenco o de avestruz, que en la lengua aimara se llaman respectivamente parihuana y suri, y que en continuo girar de los músicos se convertía en remolino de blanco ondular.

Había tropas ataviadas con levitones azules que llegaban hasta los pies y con una larga bufanda de vicuña colgada del sombrero, en severo atuendo acorde con los adustos semblantes. Los había de cortas vestimentas, con petos de cuero, airosos penachos de plumas de guacamayo, polainas multicolores, ponchos de armoniosos colores, faldellines plisados, fajas, blusas, chupas y “chuspas”, camisas con alzacuello, calzones partidos estilo “Chchuta”, bocamangas bordadas.

El “achachi kumu” (viejo jorobado), una especie de payaso de cada conjunto, vestía de la manera más inverosímil pero siempre ricamente y se contorsionaba inflado los carrillos al soplar el pututu, cuya voz profunda resonaba con ecos multiplicados formando una especie de fondo, de roncos estruendos, que siendo de notas muy distintas a las de la zampoña, no se mezclaban con estas y por el contrario tenía su propia vigencia, bronca, estremecida y prolongada como un lamento secular.

Cada sicuri se movía pausadamente portando la pesada “caja” que golpeaba al compás de la música pentatónica. El semblante imposible oscuro apenas contraído por el refuerzo de un soplar constante que solía prolongarse por horas y días.

Todo era armonioso desde la “usuta” que calzaban hasta el alto sombrero sevillano o de plumas. El Sikuri era el complemento multicolor del paisaje.

Así es, todo en perfecto equilibrio con la naturaleza, sus instrumentos fabricados con los insumos que la Pachamama brinda: el Bombo hecho de la corteza de un árbol y las zampoñas de las cañas de carrizo. Demostrando la simpleza de la belleza y la perfección de la vida, sin olvidar los ritos de su propia fabricación y su constante contacto con sus Achachilas o Deidades.

“Debes dejar serenar a la brisa del amanecer que afine tu zampoña”, mencionan los sabios de la comunidad. Solo el misticismo y la devoción a sus deidades explican el sentido de su música.

Kolla significa sanador, cuya cualidad y deber ser era llevar a lo recóndito del Incario el remedio del cuerpo y del alma (ajayu). Por tal razón no podemos separar a los kallawayas de los Sikuris de Italaque, son complementos necesarios del quehacer religioso y ceremonial prehispánico.

La historia del Sicuri de Italaque se hunde en las raíces más profundas del tiempo andino, mucho antes de que la escritura occidental intentara domesticar el sonido de las cañas. No se puede entender Italaque sin comprender la estructura de los ayllus que componen la región, donde la música no es un adorno sino un lenguaje de poder y una herramienta de ordenamiento social.

En el antiguo señorío de los Lupacas, y posteriormente bajo la influencia de los Kollas, el sicu era el instrumento que comunicaba las esferas del Alaxpacha con el Akapacha. Lo que hoy escuchamos en Italaque es el residuo sagrado de una tecnología sonora diseñada para entrar en trance y para marcar el paso de los ejércitos ceremoniales que protegían la soberanía de las comunidades.

Cuando se habla de la técnica, el hokeo o diálogo entre el Ira y el Arka, se habla de una filosofía de vida que desprecia la individualidad. En Italaque, un músico solo es un silencio; no existe la posibilidad de emitir una melodía completa si no es a través de la entrega absoluta al compañero. El Ira pone la pregunta y el Arka pone la respuesta en un ciclo infinito de aire que sostiene la arquitectura del cosmos. Esta interdependencia es lo que los musicólogos modernos, con su visión limitada y occidental, llaman contrapunto o escala repartida, pero para el habitante de Italaque es la representación del Yanantin, la dualidad necesaria para que el mundo siga girando.

El sonido del Sicuri de Italaque se caracteriza por su densidad armónica y su afinación antitemperada, algo que a los oídos educados en la mediocridad de la radio comercial les suena a ruido, pero que en realidad es una superposición de frecuencias que genera tonos fantasmales. Estos tonos son los que los antiguos llamaban el grito de la montaña.

El bombo, por su parte, no es un simple acompañamiento rítmico, es la base telúrica que sostiene todo el edificio sonoro. Un bombo de Italaque, construido con troncos vaciados y cueros tensados con sogas de tripa, emite una frecuencia tan baja que hace vibrar los órganos internos de quienes están cerca, un efecto físico que busca alinear los ritmos biológicos con los ritmos de la naturaleza durante las grandes concentraciones del Corpus Christi o la fiesta de la Virgen de la Asunción.

Durante la colonia, Italaque fue un bastión de resistencia. Mientras los españoles intentaban imponer la música de capilla y los instrumentos de cuerda, los sicuris se refugiaron en las comunidades más alejadas, manteniendo viva la escala pentatónica y el carácter guerrero de su música. Fue recién en el siglo XX cuando el mundo exterior empezó a mirar con otros ojos esta expresión, muchas veces intentando folklorizarla o convertirla en un espectáculo para turistas, pero el verdadero Sicuri de Italaque se resiste a ser un objeto de museo. Sigue siendo una música viva, que duele, que grita y que exige un respeto que pocos están dispuestos a dar.

 

 

Fuentes:

 

• Es.scribd.com

• Borisbernalmansilla.blogspot.com

• Plazacatorce.com

 


 


 






































 

 






















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