Día Nacional de la Danza (Argentina)

 


El Día Nacional de la Danza en Argentina, celebrado anualmente el 10 de octubre, constituye una efeméride de profunda relevancia institucional, histórica y sociolaboral dentro del panorama de las artes escénicas de la República Argentina.

Lejos de responder a una mera asignación festiva o a una convención del calendario cultural, el origen de esta conmemoración halla sus cimientos en un suceso trágico que conmocionó a la sociedad e influyó decisivamente en la estructuración de la organización gremial y laboral de los trabajadores del movimiento en el país.

El 10 de octubre de 1971, una aeronave comercial que trasladaba a nueve integrantes del cuerpo de baile del Teatro Colón de Buenos Aires cayó a las aguas del Río de la Plata instantes después de despegar desde el Aeroparque Jorge Newbery con destino a Trelew, provincia del Chubut, donde la compañía tenía programada una serie de presentaciones en el marco de una gira artística oficial.

Ese domingo 10 de octubre de 1971 parecía ser una jornada más en la intensa vida artística de quienes integraban el Ballet Estable del Teatro Colón. Pero terminaría convirtiéndose en uno de los días más dolorosos de la historia de la cultura argentina.

Nueve bailarines habían emprendido viaje desde Buenos Aires hacia Trelew, en la provincia de Chubut. Allí debían presentarse en el Teatro Español para participar de un espectáculo a beneficio.

Este viaje formaba parte de un plan de giras que auspiciaba una empresa privada y que ya había llevado a bailarines del Colón por distintas provincias.

Es preciso señalar aquí que la popularidad del ballet en el país durante aquellos años había llegado a un nivel que no tenía antecedentes. El acceso gratuito a los espectáculos, no sólo en el interior sino también al aire libre en Buenos Aires y en funciones matinales los domingos para chicos y adolescentes, habían provocado un fenómeno que no iba a volver a repetirse hasta muchos años después.

Era un grupo excepcional de artistas y varios de ellos gozaban de un enorme reconocimiento.

En dicha catástrofe aérea fallecieron figuras centrales y referentes indiscutibles de la danza académica argentina de la época, entre quienes se encontraban Norma Fontenla y José Neglia, primeros bailarines del coliseo porteño, junto a Rubén Estanga, Marta Raspanti, Carlos Santamarina, Antonio Zambrana, Carlos Schiaffino, Margarita Fernández y Sara Bochkovsky. La pérdida repentina de una generación entera de intérpretes y maestros formados en los más exigentes cánones del academicismo clásico desarticuló momentáneamente la continuidad del repertorio del Teatro Colón y expuso de manera dramática las condiciones de vulnerabilidad, precariedad logística y falta de cobertura bajo las cuales los elencos estatales desempeñaban sus funciones fuera de las sedes institucionales estables.

Norma Fontenla, nacida en 1930, había desarrollado una destacada trayectoria y bailado en importantes escenarios junto a grandes figuras internacionales. Entre ellas estuvo Rudolf Nuréyev, una de las leyendas de la danza del siglo XX.

José Neglia, nacido en 1929, era otra de las grandes estrellas del ballet argentino. Había interpretado algunos de los papeles más importantes del repertorio clásico y en 1968 había obtenido una medalla de oro en el Festival Internacional de Danza. Aquella tarde, los nueve artistas abordaron en el Aeroparque Metropolitano la aeronave que debía trasladarlos hacia Trelew. Nunca llegarían a destino.

Poco después de despegar se advirtieron problemas técnicos en el avión. El piloto intentó regresar a Aeroparque, pero la aeronave perdió el control y terminó precipitándose sobre las aguas del Río de la Plata. No hubo sobrevivientes. En apenas unos instantes, la danza argentina había perdido a nueve de sus artistas más destacados.

La noticia produjo una enorme conmoción. El dolor trascendió rápidamente los límites del ambiente artístico. Fontenla y Neglia eran figuras populares y habían contribuido, junto a toda una generación de bailarines, a acercar el ballet a públicos que hasta entonces permanecían alejados de la danza clásica.

Los restos de los bailarines fueron velados en el Teatro Colón. Una multitud se reunió en las inmediaciones del edificio para despedirlos. El teatro que tantas veces los había visto salir a escena se convertía ahora en el lugar de su último adiós.

Esta desgracia trajo como rebote un retroceso en el nivel del ballet argentino, que perdió físicamente a sus figuras rutilantes. Además, afectó con gravedad a las familias de los bailarines desaparecidos, quienes también formaban parte del grupo que, desde el Colón, llevaba adelante este despertar del ballet.

La tragedia dejó una marca profunda en la cultura argentina. Al cumplirse el primer aniversario del accidente, en 1972, fue inaugurado frente al Teatro Colón, en la Plaza Lavalle, el Monumento al Ballet Nacional, realizado por el escultor Carlos de la Cárcova.

La obra, realizada en bronce, representa a Norma Fontenla y José Neglia y mantiene hasta nuestros días la memoria de aquellos nueve bailarines. Allí permanecen sus figuras, a pocos metros del escenario en el que alcanzaron algunos de los momentos más importantes de sus carreras.

Pero aquel accidente dejó además otra huella que llega hasta nuestros días. Cada 10 de octubre se conmemora en la Argentina el Día Nacional de la Danza, precisamente en recuerdo de los nueve integrantes del Ballet Estable del Teatro Colón que perdieron la vida en aquella tragedia.

A partir de este hecho, la promulgación de la norma que consagró el 10 de octubre como el Día Nacional de la Danza transformó el duelo institucional en una fecha permanente de memoria, reivindicación profesional y análisis crítico del sector. A lo largo de los años, la fecha se consolidó no solo como una instancia de homenaje a la excelencia artística de las víctimas de 1971, sino como una plataforma federal de discusión en torno a los derechos de los bailarines, la preservación de la salud biomecánica de los artistas, la urgencia de infraestructuras teatrales adecuadas en las distintas provincias y la reglamentación de sistemas de previsión social acordes a la especificidad del trabajo físico de alto rendimiento.

Si bien la conmemoración originalmente estuvo vinculada con el Ballet Clásico, el homenaje se extiende a cada uno de los bailes típicos de las diferentes regiones de nuestro país, considerando a la danza como un medio de expresión cultural de los pueblos.

La historia de la danza académica en Argentina revela un proceso de institucionalización que comenzó a consolidarse durante las primeras décadas del siglo XX, impulsado por la creación de los cuerpos estables del Teatro Colón y la posterior radicación de maestros, coreógrafos y pedagogos provenientes de las principales tradiciones europeas. La confluencia de las escuelas rusa, francesa e italiana sentó las bases de un rigor técnico estricto que permitió la formación de profesionales capaces de abordar los grandes ballets del repertorio universal. Con el correr de los decenios, este conocimiento fue apropiado y reinterpretado por talentos locales que proyectaron la danza argentina hacia los escenarios internacionales más exigentes, consolidando un prestigio técnico de alcance global.

En paralelo al afianzamiento del Ballet clásico, la segunda mitad del siglo XX estuvo signada por la irrupción y consolidación de la danza moderna y contemporánea. Diversas maestras e investigadoras del movimiento introdujeron corrientes de vanguardia que cuestionaron la rigidez del código clásico y propusieron nuevas búsquedas espaciales, compositivas y conceptuales. La creación de elencos oficiales dedicados a estos lenguajes, como el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín o la Compañía Nacional de Danza Contemporánea, afianzó la coexistencia de estéticas diversas y dio impulso a una dramatografía corporal autóctona comprometida con las problemáticas sociales, políticas y culturales de la región.

Desde la perspectiva teórica y técnico-pedagógica, la práctica de la danza en la Argentina ha experimentado una profunda transformación gracias a la incorporación de estudios científicos aplicados al movimiento humano. La integración de la biomecánica, la kinesiología especializada, la nutrición deportiva y la preparación física adaptada ha modificado los criterios de enseñanza en escuelas e institutos, reduciendo sustancialmente los índices de lesiones crónicas y prolongando la vida útil de los intérpretes. El paso de un modelo de entrenamiento puramente empírico hacia un paradigma fundamentado en la anatomía funcional representa un salto cualitativo determinante para la preservación física de los bailarines.

Pese a los significativos avances artísticos e institucionales alcanzados por el sector, las discusiones vertidas cada 10 de octubre evidencian la persistencia de importantes desafíos estructurales. Entre las demandas más extendidas se destaca la necesidad primordial de contar con una ley nacional que organice un marco de fomento y financiamiento federal para la disciplina, reduciendo las asimetrías existentes entre la región metropolitana y las provincias. La producción independiente, en particular, debe sortear la falta de salas equipadas, la escasez de subsidios específicos y la inestabilidad de las contrataciones, lo que empuja a una gran cantidad de profesionales a ejercer su arte dentro de marcos de alta precariedad laboral.

Asimismo, el debate sobre el régimen previsional de los bailarines profesionales sigue constituyendo un punto neurálgico en la agenda del sector. Debido a la elevada exigencia biológica de la profesión, la etapa de rendimiento máximo escénico resulta sensiblemente más breve que en la mayoría de las actividades laborales convencionales. La ausencia de un régimen de retiro extraordinario unificado a nivel nacional coloca a numerosos artistas en situaciones de vulnerabilidad una vez concluida su etapa interpretativa, obligándolos a emprender reconversiones profesionales apresuradas sin la correspondiente protección y acompañamiento del Estado.

La descentralización de la producción dancística representa otro de los objetivos estratégicos debatidos de manera recurrente durante la jornada conmemorativa del 10 de octubre. Aunque existen centros urbanos de gran vitalidad artística fuera de la Capital Federal, la concentración de los recursos económicos, la infraestructura escénica de gran porte y las oportunidades de contratación oficial en el área metropolitana perpetúa una dinámica de migración forzada para los jóvenes talentos del interior. El fortalecimiento de las redes regionales de danza, el impulso a festivales provinciales autogestivos y la creación de compañías públicas provinciales constituyen herramientas esenciales para garantizar un desarrollo territorial equitativo que reconozca la diversidad de identidades y estéticas existentes en las distintas regiones del país.

El Día Nacional de la Danza se sostiene así como una jornada que anuda la memoria trágica de los artistas caídos en 1971 con las demandas presentes y las aspiraciones futuras del colectivo de bailarines en la Argentina. Recordar el legado de quienes perdieron la vida en el cumplimiento de su vocación implica refrendar el compromiso institucional de garantizar condiciones dignas, seguras y equitativas para el ejercicio del trabajo escénico en todo el territorio nacional, promoviendo el crecimiento integral de la disciplina como patrimonio cultural indiscutible.

 

 

Fuentes:

 

• Noticiastornquist.com.ar

• Musicaclasica.com.ar

• Diariomendoza.com.ar

 

 


























 


 






















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