Tonada Cuyana (Argentina)


 

La música folklórica argentina se presenta como un mapa complejo de identidades regionales donde cada geografía ha parido un sonido que la define y la diferencia del resto del territorio. Mientras que las provincias del noroeste vibran al ritmo de bombos y quenas con sus Zambas y Chacareras, y el Litoral se hamaca en la melancolía bilingüe del Chamamé, la región de Cuyo se repliega sobre sí misma en un ejercicio de profunda introspección acústica. 

El vehículo sagrado y definitivo de esta introspección es la Tonada Cuyana, una expresión musical que abarca las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis.

A diferencia de la gran mayoría de las especies lírico-coreográficas del folklore nacional, la Tonada posee una característica fundamental que la separa de manera tajante de las demás: es un género que no se baila. Se trata de una especie puramente lírica, concebida de manera exclusiva para ser escuchada, contemplada y compartida en la intimidad del fogón, la mesa familiar o la serenata nocturna.

Esta ausencia de coreografía le otorga una libertad interpretativa única, donde el cantor no está atado a la rigidez del compás que exige un bailarín, permitiéndole dilatar las palabras y explorar las emociones humanas más profundas a través del silencio y el matiz de la voz.

Para comprender la riqueza de la Tonada Cuyana es necesario rastrear sus huellas en el proceso de mestizaje cultural que tuvo lugar en el antiguo Reino de Chile y la provincia de Cuyo durante la época colonial.

La base estructural del género se halla en el Romance español, traído por los conquistadores y colonizadores peninsulares. Estas coplas, décimas y romances que musicalizaban la vida cotidiana en España se asentaron con fuerza en la región andina, aportando la métrica octosílaba y la rima asonante o consonante que todavía hoy estructura la poesía de la región.

Durante los siglos XVIII y XIX, el flujo cultural a través de la Cordillera de los Andes fue constante y sumamente fluido gracias a las rutas comerciales y las campañas libertadoras. La Tonada chilena influyó de manera directa en el territorio cuyano, pero al cruzar la cordillera sufrió un proceso de sedentarización y solemnidad formal. En este tránsito, el género perdió por completo el carácter festivo y bailable que conservó en Chile, volviéndose una pieza más lenta, pausada y volcada a la introspección poética, a la vez que adquirió una complejidad armónica y contrapuntística sumamente sofisticada en las guitarras.

A este sincretismo se sumó el temperamento del habitante de la región, moldeado por el desierto y la imponente presencia de la montaña. El pueblo originario de la zona, los Huarpes, poseía una relación mística con el paisaje y el silencio que impregnó el carácter reservado del criollo cuyano.

La geografía de secano, el oasis de riego artificial y la inmensidad de los Andes forjaron un temperamento poco propenso a la estridencia del baile masivo, propiciando el nacimiento de un canto de cámara popular que se nutre del respeto, la escucha atenta y la palabra empeñada en la intimidad de las casas.

Desde el punto de vista estrictamente técnico, la Tonada Cuyana es una de las especies folklóricas más complejas del Cono Sur, ocultando bajo su aparente sencillez melódica un entramado técnico que exige un virtuosismo extremo por parte de los instrumentistas. Rítmicamente, la Tonada se escribe en una métrica fluctuante que transita constantemente entre el compás de 6/8 y el de 3/4. Este juego métrico genera una síncopa y un balanceo característico que los intérpretes manejan con absoluta soltura mediante el uso del rubato, es decir, la libertad temporal para demorar o apurar las frases musicales.

En la Tonada, la percusión está completamente ausente y el templo absoluto del género es la guitarra de madera. La formación instrumental típica se compone de un ensamble de guitarras que cumplen roles estrictamente jerarquizados para sostener el andamiaje sonoro. El guitarrón o primera guitarra se encarga de llevar la base armónica, marcando el pulso rítmico y aportando los graves profundos. Mientras tanto, la segunda y tercera guitarra tejen colchones armónicos complejos mediante inversiones de acordes y contra-acentos que enriquecen la textura musical.

La corona de este ensamble instrumental es el requinto, una guitarra de escala más corta o afinada más agudo que se ejecuta con púa de carey. El requintista realiza las introducciones, los interludios conocidos tradicionalmente como variaciones y dialoga de manera constante con los cantores a través de un contrapunto veloz y brillante. Esta compleja base de cuerdas sostiene el canto a dúo, la máxima expresión vocal de la región, caracterizada por la armonización milimétrica en intervalos de terceras y sextas paralelas donde la primera voz lleva la melodía en un registro agudo y la segunda realiza el contrapunto inferior.

La Tonada no está concebida para brillar únicamente en los escenarios de los grandes festivales, sino que encuentra su verdadero hábitat en el ritual social del encuentro cara a cara. Dos instituciones informales pero sumamente sagradas sostienen la vigencia del género a lo largo del tiempo: la serenata y el cogollo.

La serenata cuyana es un acto de entrega afectiva y respeto que se realiza al amparo de la madrugada, cuando el agasajado duerme y los músicos se acercan sigilosamente a su ventana para romper el silencio nocturno con los primeros acordes de las guitarras.

El protocolo comunitario dicta que el homenajeado debe escuchar la primera Tonada en silencio antes de encender las luces, abrir la puerta de su casa e invitar a los músicos a pasar para compartir vino, empanadas y continuar la guitarreada hasta el amanecer. Durante este encuentro surge el cogollo, que constituye la espina dorsal comunitaria de la Tonada y su rasgo de mayor originalidad poética. El cogollo es una estrofa improvisada o adaptada al final de la canción donde el cantor dedica la pieza a alguno de los presentes en la reunión, pronunciando su nombre de manera directa.

Esta dedicatoria lírica, que suele rimar el nombre del agasajado con deseos de salud, amistad y prosperidad, sella un pacto de fraternidad instantáneo en la mesa. Una vez que el cantor pronuncia el cogollo, la persona nombrada tiene la obligación moral y afectiva de ponerse de pie, agradecer el gesto y ofrecer un vaso de vino al cantor y a sus guitarristas. Este brindis ritualizado humaniza la música y la despoja de cualquier pretensión comercial, transformando el canto en un puente directo de amistad y comunión entre los habitantes del pueblo.

La preservación de este rico patrimonio cultural frente al avance de las modas urbanas se debe al incansable trabajo de un puñado de creadores que supieron sistematizar la poesía de la tierra. A la vanguardia de este movimiento estuvo el mendocino Hilario Cuadros, quien al frente de su célebre conjunto Los Trovadores de Cuyo logró popularizar la Tonada en todo el país durante las décadas de 1930 y 1940 a través de la radio y las primeras grabaciones en disco, convirtiendo el canto del oeste en un orgullo nacional.

En la vecina provincia de San Juan, el poeta y periodista Buenaventura Luna realizó un aporte invaluable al sistematizar la poesía nativista y dignificar el sentir del hombre de campo a través de sus composiciones y sus libretos radiales con La Tropilla de Huachi Pampa. Por su parte, Félix Dardo Palorma, conocido como el Horacio del folklore, elevó la lírica de la Tonada a niveles de alta poesía metafórica, enriqueciendo al mismo tiempo la base armónica del género con giros musicales sumamente novedosos que desafiaban la ejecución tradicional.

La modernización técnica del género llegó de la mano de Ernesto Villavicencio y Tito Francia. Villavicencio revolucionó la guitarra sanjuanina, dejando composiciones que hoy en día representan el examen final obligatorio para cualquier aspirante a requintista en la región de Cuyo. Tito Francia, un virtuoso de formación clásica, cruzó las fronteras del folklore al incorporar elementos armónicos del Jazz y de la música académica. Finalmente, la pluma comprometida de Armando Tejada Gómez dotó a la tonada de un profundo contenido social y testimonial, fundando el movimiento del Nuevo Cancionero en 1963.

La Tonada Cuyana no debe ser entendida como un género musical del pasado que sobrevive arrumbado en los anaqueles de la nostalgia académica, sino como un organismo social plenamente activo que late con fuerza en los patios familiares y en las bodegas de Mendoza, San Juan y San Luis. En un mundo contemporáneo marcado por la velocidad digital, la uniformidad sonora de los medios de comunicación y la falta de espacios para el encuentro presencial, la Tonada resiste con orgullo como un bastión de la pausa, el silencio respetuoso y la amistad consagrada a través del canto compartido.

 

 

Fuentes:

 

• Mendoza.edu.ar

• Deciresdelacuyania.wordpress.com

• Cervantesvirtual.com

 


 

























 






















0 comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...