Fandango (Colombia)

 

El Fandango colombiano constituye una de las expresiones folklóricas, etnomusicológicas y danzarias más complejas e identitarias de la Costa Caribe colombiana, con un arraigo histórico y geográfico centrado en las zonas sabaneras de los departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar.

A diferencia de otras manifestaciones del folklore que con el paso del tiempo fueron adaptadas para escenarios teatrales o representaciones en formato de espectáculo pasivo, el Fandango se ha mantenido primordialmente como un fenómeno comunitario vivo, de carácter festivo y celebrado en espacios abiertos. En la cultura caribeña, el término no se limita a etiquetar una estructura rítmica o un tipo de baile en pareja, sino que abarca la totalidad del acontecimiento socio-cultural: una reunión nocturna donde la banda de músicos, la rueda de bailadores y la comunidad de espectadores se integran en una sola vivencia colectiva.

Los orígenes de esta manifestación se hunden en el entramado de la época colonial, período durante el cual la palabra Fandango era empleada de forma genérica por los cronistas, las autoridades virreinales y las jerarquías eclesiásticas para nombrar los bailes de tambor y las festividades nocturnas de los sectores mulatos, afrodescendientes e indígenas.

En los documentos históricos de los siglos XVII y XVIII, los Fandangos aparecen catalogados con frecuencia dentro de edictos de prohibición, acusados de ser reuniones profanas donde se ejecutaban movimientos corporales considerados indecorosos y sensuales por la moral de la época. A pesar de la persecución administrativa y espiritual, estas expresiones sobrevivieron en las áreas rurales y en los palenques gracias a la transmisión oral y a la función vital de cohesión social que cumplían entre las poblaciones marginadas.

En su etapa más arcaica, el sustento melódico y rítmico del Fandango dependía de las agrupaciones de gaita, compuestas por la gaita hembra, la gaita macho, las maracas y los tambores de origen africano como el alegre y el llamador, o bien de los conjuntos de flauta de millo. Este paisaje sonoro primigenio estaba estrechamente ligado a los ciclos agrícolas, a las fiestas patronales campesinas y a las velaciones religiosas. Sin embargo, el fenómeno atravesó una transformación estructural decisiva durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX con el ingreso y la popularización de los instrumentos de viento de metal en la región del Caribe colombiano.

La introducción de instrumentos de origen europeo como clarinetes, trompetas, trombones, bombardinos y tubas, traídos inicialmente por bandas militares, misiones religiosas e inmigrantes europeos, fue rápidamente asimilada por los músicos populares de los municipios de la Sabana, entre los que sobresalen San Pelayo y Ciénaga de Oro.

Estos ejecutantes, formados sin instrucción académica formal, pero con una profunda sensibilidad auditiva, adaptaron la rítmica soplada de las gaitas y el fraseo de los cantos tradicionales a los tubos de metal y madera. Este proceso dio nacimiento a las célebres bandas pelayeras y sabaneras, agrupaciones que desplazaron progresivamente a los conjuntos tradicionales de gaita debido a su capacidad para emitir un sonido potente y de gran alcance en plazas públicas a cielo abierto sin necesidad de amplificación acústica.

La consolidación de las bandas de viento transformó el Fandango en un género orquestal popular de una enorme riqueza técnica y expresiva. Desde una perspectiva formal y musicológica, el Fandango se caracteriza por una contagiosa vivacidad construida sobre una estructura métrica compleja en la que conviven y se superponen acentos binarios y ternarios, habitualmente transcripta en compases de 6/8 o 3/4.

La percusión sabanera, integrada por la tambora o bombo, el redoblante y los platillos de latón, sostiene una trama rítmica sumamente sincopada que empuja constantemente el movimiento de la pieza. El bombo marca los acentos graves sobre el piso, mientras que el redoblante ejecuta variaciones continuas que dialogan con el fraseo de los instrumentos de viento.

Una característica fundamental en la interpretación del Fandango de banda es el llamado o preparación solista. Antes de que la totalidad del conjunto comience a tocar a pleno volumen, el clarinete principal o la trompeta solista ejecuta una frase melódica al aire, sin acompañamiento rítmico. Esta entrada libre cumple una función técnica y ritual: anuncia a la rueda de bailarines el inicio inminente de la pieza, establece la tonalidad y el carácter del ritmo, y prepara el terreno emocional de la fiesta. Tan pronto concluye el solo preparatorio, la percusión rompe con un golpe seco y la sección completa de bronces e irrumpe con fuerza para dar marcha a la danza.

El desarrollo de la música de banda y del Fandango estuvo históricamente acoplado al crecimiento de la actividad ganadera en las sabanas de Bolívar, Córdoba y Sucre, así como a la consolidación de la fiesta de corraleja. Tras las jornadas vespertinas en los redondeles de madera, la masa festiva se volcaba por las noches a las calles y plazas principales de los pueblos. Las familias prestantes o las juntas organizadoras contrataban a las mejores bandas de la región para amenizar la Rueda de Fandango durante noches enteras. La paga de los músicos se calculaba por horas de toque o por piezas ejecutadas, lo que generaba un ambiente de competencia artística entre distintas agrupaciones que buscaban demostrar su virtuosismo y resistencia física hasta el amanecer.

La dimensión dancística del Fandango constituye un elaborado ritual de galanteo, elegancia y resistencia física que se distingue netamente de otros bailes folklóricos por su organización espacial. En el Fandango no existe una distribución estática ni parejas dispersas que se mueven de forma caótica. La comunidad de bailadores se organiza en torno a una o varias ruedas concéntricas que giran pacientemente en sentido contrario a las agujas del reloj alrededor de un punto focal, el cual puede ser la tarima donde se ubica la banda de músicos o la fuente de iluminación central de la plaza.

El desplazamiento en la Rueda de Fandango requiere una técnica corporal precisa y fluida. La mujer avanza con pasos cortos y deslizantes, manteniendo el busto erguido y una postura de soberbia distinción, mientras maneja con la mano izquierda el vuelo de su falda para marcar giros y ondulaciones que acompañan el ritmo de la música. El hombre, por su parte, orbita a su alrededor con pasos más marcados, ejecutando ademanes de galanteo, quitándose y poniéndose el sombrero vueliao, e inclinando el cuerpo sutilmente para buscar la mirada de la bailadora sin llegar a romper la distancia de respeto ceremonial que rige la danza.

El elemento más icónico y cargado de simbolismo en la parafernalia del Fandango es el paquete de velas encendidas que la mujer sostiene en su mano derecha. El origen de esta costumbre se remonta a los tiempos previos a la llegada de la luz eléctrica a las plazas rurales, cuando la única forma de iluminar el espacio de baile durante la noche era mediante antorchas o velas de cera de abejas o sebo. El hombre tenía el deber de comprar un mazo de velas a los vendedores ambulantes y entregárselo encendido a la mujer como una ofrenda para solicitar su compañía en la rueda de baile.

Con la evolución del ritual, el paquete de velas adoptó una función simbólica dentro del juego del cortejo. En envuelto en un pañuelo para proteger la mano del goteo de la cera, el haz de velas encendidas funciona como una antorcha de gala y como un límite ceremonial. Si el bailador se aproxima en exceso o realiza movimientos demasiado audaces durante el galanteo, la mujer utiliza la llama de las velas acercándola suavemente hacia el pecho o el rostro del hombre para mantener el espacio de respeto necesario. El hombre debe esquivar el fuego con agilidad y elegancia sin perder el paso ni la compostura, integrando esa distancia fogosa en la propia coreografía del baile.

La indumentaria tradicional empleada en la Rueda de Fandango refleja la estética y la cotidianeidad de la vida sabanera del Caribe colombiano. La mujer viste una pollera amplia y vistosa, confeccionada en telas de colores vivos o con estampados florales, adornada con encajes y pasamanería en los bordes. La blusa, habitualmente de escote amplio y arandelas, se complementa con arreglos de flores naturales como la trinitaria o el bonche colocados en el peinado. En los pies suele llevar abarcas de trenza de tela o bailar descalza sobre la tierra de la plaza, manteniendo un contacto directo con el suelo que le otorga firmeza al desplazamiento circular.

El hombre viste una indumentaria sobria que evoca el vestuario de trabajo del campesino de las sabanas adaptado para la gala festiva. Compuesta por pantalón de dril claro o blanco y camisa blanca de manga larga abotonada, la vestimenta masculina destaca por dos accesorios indispensables: el sombrero vueliao y el pañolón sabanero. El sombrero vueliao, elaborado artesanalmente mediante el tejido de fibras de caña flecha, es una pieza emblemática de la artesanía colombiana que el bailarín utiliza continuamente durante la danza para saludar, abanicar a su compañera o marcar ademanes de cortejo. El pañolón rojo, anudado al cuello o sostenido en la mano, añade un contraste de color y sirve como extensión del brazo en los movimientos de acercamiento.

A lo largo del siglo XX, el Fandango atravesó períodos de riesgo debido al surgimiento de nuevos géneros musicales comerciales y a la transformación de las fiestas patronales tradicionales. Sin embargo, la labor de defensa del patrimonio sonoro emprendida por musicólogos, gestores culturales y los propios músicos de las bandas logró revitalizar la manifestación y garantizar su continuidad.

El hito contemporáneo más relevante en la preservación de esta tradición es el Festival Nacional del Fandango, celebrado con periodicidad anual en el municipio de San Pelayo, Córdoba. Este evento reúne a decenas de bandas de viento provenientes de diferentes regiones del país y del exterior para competir en categorías de interpretación y composición. El momento cumbre de esta festividad es la denominada Alborada Fandanguera, un acontecimiento en el que miles de personas, entre locales y visitantes, se concentran en las calles del pueblo a la madruga para marchar y bailar colectivamente al compás del FandangoMaría Varilla” ejecutado simultáneamente por cientos de músicos integrados en una sola gran banda.

 

 

Fuentes:

 

• Caimitosucre.wordpress.com

• Eltiempo.com

• Conociendo-las-principales-danzas-del-caribe-colom.jimdosite.com

 



















































  





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