Candombe-Beat (Uruguay)


 

El fenómeno estético conocido como Candombe-Beat representa uno de los movimientos musicales más revolucionarios, audaces y transformadores que surgieron en el Río de la Plata, específicamente en la ciudad de Montevideo, Uruguay, durante la segunda mitad de la década de 1960.

Esta corriente no debe ser considerada bajo ningún concepto como una simple moda juvenil de carácter pasajero o una mera copia de las tendencias internacionales de la época. Por el contrario, se constituyó como una vanguardia artística y contracultural de primer orden que logró fusionar, de una manera sumamente orgánica y visceral, las raíces rítmicas ancestrales del Candombe afro-uruguayo con las corrientes globales del Rock moderno, el Pop psicodélico de la época, el Jazz y la Bossa Nova proveniente de Brasil.

Esta propuesta artística significó la respuesta definitiva del sur del continente a la tremenda ola de innovación que lideraban agrupaciones anglosajonas en el hemisferio norte, construyendo una alternativa que miraba hacia los elementos propios de la identidad local. Mientras los grandes centros urbanos del mundo occidental basaban su experimentación en la psicodelia tradicional y los efectos de estudio, los creadores montevideanos decidieron volcar su atención hacia el latido de sus propios barrios históricos, encontrando en el repique, el chico y el piano la fuerza motriz necesaria para dar vida a una sonoridad urbana completamente inédita y cargada de un profundo sentido de pertenencia.

Para comprender a fondo el nacimiento y la posterior consolidación del Candombe-Beat, resulta indispensable desglosar el convulsionado entramado histórico y sociopolítico en el cual comenzó a germinar esta nueva sensibilidad musical.

Hacia finales de los años 60, el arraigado mito de la excepcionalidad uruguaya, aquella idea colectiva que definía al país como la Suiza de América debido a su notable estabilidad democrática, su prosperidad económica y una clase media consolidada, se estaba desmoronando a pasos agigantados.

La sociedad uruguaya se sumergió en una crisis económica y social sin precedentes coloniales o modernos, marcada por una inflación galopante, el congelamiento severo de los salarios, masivas huelgas obreras y una agitación estudiantil constante que se apoderaba de las calles montevideanas. Este clima de altísima tensión política y polarización ideológica comenzó a generar un terreno fértil para el descontento de las nuevas generaciones, que ya no se sentían representadas por las viejas estructuras institucionales ni por las expresiones culturales del pasado.

En el plano estrictamente musical de aquellos años, las bandas locales que habían protagonizado el fenómeno comercial de la denominada invasión uruguaya en los mercados de la región, cantando exclusivamente en inglés y emulando a la perfección las composiciones de los grupos británicos, empezaron a sentir que esa fórmula imitativa se había agotado por completo.

Los músicos jóvenes del Uruguay se encontraron ante un dilema estético fundamental y sintieron la necesidad imperiosa de abandonar la copia mimética de las metrópolis extranjeras para empezar a componer y expresarse en su propio idioma y bajo sus propios términos. La búsqueda se orientó entonces hacia la creación de una canción urbana que fuese capaz de capturar el verdadero paisaje de la ciudad, sus tensiones cotidianas y los sonidos que formaban parte del entorno diario de sus habitantes, sentando así las bases para una verdadera revolución artística que transformaría el mapa cultural del Río de la Plata para siempre.

De este modo, el Candombe-Beat se estructuró a partir de un diálogo directo, fluido y carente de prejuicios entre dos universos musicales y sociales que, hasta ese preciso instante de la historia uruguaya, habían transitado por carriles completamente separados y divorciados dentro de la vida urbana.

Por una parte, el Candombe tradicional constituía la máxima manifestación cultural y espiritual de la comunidad afro-uruguaya, con raíces profundas que se remontaban a la llegada de las poblaciones africanas esclavizadas durante el periodo de la colonización española. Este ritmo, fundamentado en la compleja polirritmia de tres tambores de madera y lonja de cuero que se ejecutan utilizando simultáneamente la mano y el palo, representaba una expresión de resistencia comunitaria indisolublemente ligada a las llamadas en los conventillos históricos de Montevideo. La sociedad blanca y patricia de la capital solía observar estas manifestaciones con un marcado desprecio y un fuerte sesgo discriminatorio, relegando el Candombe a los márgenes marginales de la ciudad o permitiendo su visibilidad únicamente durante las celebraciones anuales del Carnaval.

Por la otra parte, el movimiento de la música Beat internacional simbolizaba la modernidad absoluta, el grito de libertad de la juventud de la posguerra, la adopción de las guitarras eléctricas distorsionadas, la solidez del bajo eléctrico y el uso del set de batería acústica occidental dentro de estructuras de canción populares bien definidas.

La tremenda genialidad histórica de los creadores del Candombe-Beat radicó justamente en su capacidad para derribar de golpe estas murallas sociales y estéticas que parecían infranqueables, logrando integrar la síncopa y la polirritmia de origen africano dentro de la sección rítmica e instrumental del Rock y el Pop moderno. Al hacer esto, no solo generaron un lenguaje sonoro completamente nuevo, sino que forzaron una reconciliación cultural implícita dentro de una sociedad que históricamente le había dado la espalda a su propia herencia afrodescendiente.

El análisis formal de este género musical pone de manifiesto la existencia de soluciones técnicas sumamente complejas y de una enorme creatividad a la hora de resolver el desafío de traducir la naturaleza rítmica del Candombe a los instrumentos eléctricos de la modernidad.

El Candombe tradicional es un ritmo de base irregular, flexible y altamente sincopado que se modifica constantemente a través del diálogo que mantienen los tres tambores entre sí. Los bateristas que se sumaron a este nuevo movimiento comprendieron rápidamente que no podían limitarse a tocar el clásico y rígido patrón rítmico del Rock occidental en cuatro cuartos.

En su lugar, comenzaron a desarmar sus técnicas habituales para trasladar la clave del Candombe, conocida tradicionalmente como la madera, hacia los aros de la batería y los platillos, mientras que el bombo pasaba a replicar de forma exacta los acentos graves y profundos que caracterizan al tambor piano. Al mismo tiempo, el bajo eléctrico asumió un rol central y marcadamente melódico, dejando de ser un simple soporte armónico para convertirse en un participante activo que emulaba las conversaciones y las síncopas de las llamadas de tambores. Las grabaciones de estudio de esta época dorada reflejan que las bandas no se desprendieron de las percusiones de madera tradicionales, sino que invitaban de manera constante a los tamborileros más destacados de los barrios a grabar junto con las guitarras eléctricas y los amplificadores al máximo de su potencia.

Más allá de los aspectos puramente rítmicos, el Candombe-Beat se distanció del Rock convencional de la época gracias a la incorporación de una notable sofisticación armónica que provenía de su contacto directo con el Jazz moderno y con la Bossa Nova de vanguardia. Las composiciones empezaron a poblarse de acordes con séptimas, novenas y tensiones armónicas inusuales para el oído del público acostumbrado a la música comercial masiva. Asimismo, los arreglos vocales adquirieron una centralidad fundamental dentro de las canciones, desarrollándose un estilo de canto a varias voces que combinaba la calidez melódica con texturas psicodélicas que envolvían al oyente en una atmósfera sonora densa y rica en matices. Este complejo entramado musical requería de intérpretes con una sólida formación técnica y una enorme intuición artística, virtudes que compartían los pocos pero fundamentales creadores que se pusieron al hombro la gestación del movimiento.

Entre las figuras indispensables que dieron vida y dirección estética a este movimiento destaca en primer lugar la agrupación El Kinto, considerada de forma unánime por la historiografía musical como la piedra angular del Candombe-Beat. Liderada por las mentes brillantes de Eduardo Mateo y Rubén Rada, esta banda se dedicó a experimentar sin descanso en los estudios de grabación y en pequeños teatros de la capital, creando composiciones que desafiaban cualquier etiqueta previa. Aunque la banda no logró editar un disco de larga duración bien estructurado durante sus años de actividad formal debido a las limitaciones de la industria discográfica de la época, sus registros y sus presentaciones en vivo transformaron para siempre la mentalidad de los músicos contemporáneos.

Eduardo Mateo se erigió como el gran místico y el arquitecto conceptual del movimiento, desarrollando una técnica de ejecución en la guitarra acústica que entrelazaba la rítmica del tambor chico con las sutilezas de la síncopa brasileña, dando origen a una forma de composición minimalista y experimental que influenciaría a generaciones enteras de cantautores rioplatenses.

Por su parte, Rubén Rada aportó al proyecto una enorme visceralidad interpretativa, una potencia vocal emparentada con las grandes figuras del Soul y el Rhythm and Blues norteamericano, y un conocimiento absoluto y heredado de la tradición del tambor de barrio.

Paralelamente, los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, quienes venían de liderar el éxito comercial de la primera época del Pop uruguayo, decidieron llevar estas experimentaciones rítmicas hacia los Estados Unidos, donde fundaron el proyecto Opa, una banda legendaria que fundió el Candombe-Beat con el Jazz Fusión internacional, ganándose el respeto de los grandes críticos de la música mundial.

A pesar de la enorme vitalidad creativa que demostró el movimiento durante sus primeros años, el Candombe-Beat sufrió una interrupción abrupta y violenta en su desarrollo orgánico debido al advenimiento de la dictadura militar que se instauró en el Uruguay a comienzos de los años 60.

El quiebre de las instituciones democráticas trajo consigo un periodo oscuro de censura estricta, persecución ideológica sistemática contra los creadores jóvenes y la clausura de los principales espacios de expresión cultural en todo el territorio nacional. Ante este panorama hostil, la inmensa mayoría de los referentes fundamentales del movimiento se vieron obligados a emprender el camino del exilio hacia Argentina, Europa o los Estados Unidos, lo que dispersó la fuerza colectiva del género y truncó su consolidación comercial definitiva dentro del país. Las radios oficiales silenciaron las grabaciones y el circuito de conciertos en vivo quedó desmantelado por casi una década.

No obstante, a pesar de la dispersión geográfica y de los años de silencio forzado, el legado cultural del Candombe-Beat demostró una solidez interna que resultó completamente indestructible al paso del tiempo. Con el retorno de la democracia y la reorganización de la vida cultural, este movimiento fue reconocido unánimemente como el cimiento indispensable sobre el cual se edificó toda la Música Popular Uruguaya de las décadas posteriores. La audacia de aquellos pioneros abrió las puertas para que creadores contemporáneos continuaran explorando las raíces identitarias sin temor a la experimentación urbana, consolidando una tradición de canción popular que es motivo de orgullo nacional.

 

 

Fuentes:

 

• Gladyspalmera.com

• Ladiaria.com.uy

• Pagina12.com.ar

 


 


























 


 

 






















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