Baile de los Diablos Cojuelos (República Dominicana)

 

 

El baile de los Diablos Cojuelos constituye la piedra angular de la identidad festiva en la República Dominicana y su origen se remonta a los albores de la colonización española en la isla de Santo Domingo durante el siglo XVI aproximadamente.

Esta manifestación cultural es el resultado de un proceso de transculturación complejo donde se funden las tradiciones europeas de las festividades del Corpus Christi, con la resistencia y el ingenio de las poblaciones africanas esclavizadas.

La leyenda cuenta que el Diablo Cojuelo era un demonio tan travieso que terminó siendo expulsado del propio infierno por sus constantes bromas a los demás habitantes del inframundo, cayendo a la tierra con tal fuerza que se lastimó una pierna para siempre. Esta cojera mítica es la que define el estilo de baile y los saltos erráticos que los participantes ejecutan hoy en día por las calles de La Vega y otras ciudades importantes del país caribeño.

Históricamente el personaje servía como una válvula de escape social, donde el pueblo podía ridiculizar a las figuras de poder mediante el anonimato que brindan las máscaras grotescas y los trajes voluminosos.

Con el paso de los siglos la figura del diablo fue perdiendo su carga puramente maligna o religiosa para transformarse en un símbolo de alegría desbordante y orgullo comunitario que une a todas las clases sociales.

El aspecto visual del Diablo Cojuelo es impresionante y requiere meses de preparación artesanal minuciosa por parte de especialistas que guardan celosamente sus técnicas de confección y diseño. El traje tradicional consiste en un mameluco o enterizo de colores vibrantes fabricado con telas brillantes como el satén, que permiten la libertad de movimiento necesaria para los saltos acrobáticos. Estos trajes están decorados con cientos de cascabeles de metal que emiten un sonido constante y ensordecedor, el cual anuncia la llegada de la comparsa desde varias cuadras de distancia antes de que aparezcan.

La máscara es sin duda el elemento más impactante de todo el conjunto, siendo fabricada con capas de papel maché y moldeada para mostrar expresiones de terror cómico con grandes cuernos y dientes. Los artesanos de La Vega han perfeccionado esta técnica hasta alcanzar niveles de realismo y detalle que son reconocidos como obras de arte folklórico a nivel mundial en ferias internacionales.

Un elemento indispensable en la danza es la vejiga de vaca, la cual es curada e inflada hasta endurecerse para ser utilizada como un instrumento de percusión contra el cuerpo de los espectadores. El golpe de la vejiga no busca causar daño real sino producir un sonido seco y potente que marca el ritmo de la procesión y mantiene a la multitud en un estado de alerta constante.

El baile en sí es una explosión de energía física donde el individuo que porta el disfraz debe demostrar su resistencia corriendo y girando sin detenerse bajo el sol intenso de febrero. La estructura de la danza es libre y espontánea permitiendo que cada diablo desarrolle su propio estilo de interacción con el público basándose en el juego y la persecución festiva.

En la zona de Santiago, la variante del diablo se denomina lechón y presenta una máscara con un hocico alargado que diferencia claramente la tradición del Valle del Cibao de otras regiones.

La evolución de los materiales ha permitido que hoy existan trajes mucho más sofisticados con luces incorporadas y telas tecnológicas, pero la esencia del diablo antiguo sigue presente en cada costura.

Las famosas cuevas de carnaval son los centros de organización donde los grupos de diablos se reúnen para planificar sus salidas y diseñar las temáticas anuales que competirán por el favor del público.

Durante la dictadura de Trujillo el carnaval sufrió intentos de regulación, pero la figura del Diablo Cojuelo fue tan fuerte que logró mantener su espíritu subversivo por encima de cualquier control.

El impacto económico de esta tradición es vital para muchas provincias dominicanas ya que genera empleos temporales para costureros, pintores y músicos que viven de la industria del carnaval.

La música que acompaña el baile ha evolucionado desde los ritmos de Palos y Atabales hasta el Merengue moderno y los ritmos urbanos que suenan en los potentes sistemas de sonido actuales. Sin embargo, el ritmo básico de la marcha del diablo sigue siendo dictado por el choque de los cascabeles y el golpe de las vejigas contra el pavimento caliente de las avenidas.

La preparación física para ser un Diablo Cojuelo es rigurosa ya que el peso del traje y el calor sofocante dentro de la máscara pueden agotar a cualquier persona en pocos minutos de acción intensa. Existe un sentido de hermandad muy profundo entre los miembros de las comparsas, quienes se cuidan mutuamente durante el recorrido para asegurar que nadie sufra deshidratación o accidentes.

La danza también incluye el uso de capas largas que se despliegan como alas cuando el bailarín gira sobre su propio eje creando una imagen visual de dominación del espacio público. Los colores utilizados en los diseños suelen tener significados específicos relacionados con la historia local o con la identidad de los diferentes barrios que compiten en el desfile.

La ceremonia de ponerse la máscara es considerada por muchos participantes como un rito de transformación donde el hombre deja de ser tal para convertirse en el espíritu travieso del carnaval.

Al finalizar el mes de febrero se realizan entierros simbólicos del carnaval donde los diablos se despiden de su personaje hasta el próximo año guardando sus secretos bajo llave.

La proyección internacional del baile ha llevado a los diablos dominicanos a participar en desfiles en Nueva York, España y otros países donde reside la diáspora dominicana con gran orgullo.

El estudio académico de esta danza ha revelado que existen conexiones profundas con tradiciones de otras islas del Caribe, pero la versión dominicana destaca por su ferocidad estética y sonora.

Los niños aprenden a bailar y a confeccionar sus propias máscaras desde muy temprana edad asegurando que la cadena generacional de esta tradición nunca se rompa ni se debilite.

Cada domingo de carnaval las calles se convierten en un escenario de teatro popular donde no hay cuarta pared y el espectador es parte integral de la obra mediante el juego. La sensación de ser golpeado por una vejiga es vista por los locales como una marca de participación necesaria que convalida la experiencia completa de haber estado en el carnaval.

El Diablo Cojuelo es un recordatorio constante de la capacidad del pueblo dominicano para transformar el dolor y la opresión histórica en una celebración de vida llena de color y ruido. Los críticos de arte consideran que la máscara del diablo es la representación más pura del surrealismo caribeño aplicado a la vida cotidiana de un pueblo que se niega a ser aburrido.

La organización de los desfiles ha crecido en logística contando ahora con vallados de seguridad y zonas especiales pero el diablo siempre encuentra la forma de romper las barreras.

La vestimenta ha pasado de usar espejos de vidrio reales a plásticos metalizados para reducir el peso y aumentar la seguridad del bailarín sin perder el brillo característico. El sonido de los cascabeles tiene una función casi hipnótica que sumerge a los participantes en un trance colectivo donde el tiempo parece detenerse bajo la máscara.

La figura femenina también ha ganado terreno en las últimas décadas, participando activamente en las comparsas de diablos que antes eran exclusivamente masculinas por tradición antigua. Esta inclusión ha refrescado los diseños de los trajes y ha aportado nuevas dinámicas de baile que enriquecen la coreografía orgánica de las calles dominicanas durante febrero.

El baile de los Diablos Cojuelos no es solo una danza folklórica sino un estado mental que define la resistencia cultural de una nación frente a la globalización homogeneizadora del siglo XXI.

La importancia de la pierna lastimada del diablo se refleja en el paso saltadito que obliga al bailarín a mantener un equilibrio dinámico constante que cansa los músculos pero eleva el espíritu. Cada año el baile se reinventa incorporando elementos de la cultura pop global pero siempre manteniendo los cuernos y los cascabeles como elementos innegociables de su estructura básica fundamental.

El compromiso de los bailadores es tal que muchos ahorran todo el año para poder costear las telas y los accesorios que les permitirán brillar, aunque sea por unas pocas horas cada domingo.

Al final el Diablo Cojuelo es el dueño de la calle y el soberano absoluto de una fiesta que no conoce límites raciales ni económicos dentro del mapa dominicano. El legado de los viejos artesanos sigue vivo en las manos de los jóvenes que hoy utilizan herramientas modernas para tallar los moldes de barro que darán vida a los nuevos demonios.

 

 

Fuentes:

 

• Redalyc.org

• Unfotografo.es

• Researchgate.net

 


 



































 


 

























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