Música Clásica - Concerto Grosso
El término “concierto”, antes de cobrar los distintos y ricos significados musicales que hoy se le reconoce, empezó a ser utilizado en el medio artístico para expresar con toda propiedad lingüística un procedimiento, una manera de hacer música que implicaba conducir concertadamente a varias voces o fuentes sonoras diversas para recorrer un mismo camino.
En la Italia del paso entre los siglos XVI y XVII, la de los Gabrieli, por ejemplo, se denominaban Concerti Ecclesiastici a algunos Motetes Corales con acompañamiento de órgano; poco después, en Alemania, Heinrich Schütz publicó en 1636 sus “Kleine geistliche concerten” (Pequeños conciertos espirituales), bajo la misma idea de música coral religiosa con un papel previsto para el órgano. He ahí la “concertación”: lucha o contraste entre las voces por un lado y el órgano por otro.
Pronto el concepto “concierto” haría fortuna dentro de la música puramente instrumental, entonces en auge, hasta el punto de que se lo apropiaría en exclusiva. Son los finales del siglo XVII y, en paralelo a las Sonate da Chiesa y da Camera, florecen los Concerti da Chiesa (con formas musicales abstractas y procedimientos contrapuntísticos) y da Camera (cuyos movimientos se basan en danzas, como en la Suite). Es el Concierto “moderno”, el concepto del que vamos a tratar aquí, bien que solamente en su primer tramo: el Concerto Grosso.
En lo instrumental, el Concerto Grosso es la oposición, contraste o incluso lucha a que alude el título viene dada por la utilización de un grupo instrumental con papel especialmente destacado (el concertino o soli) que se “enfrenta” al grueso instrumental (el tutti o ripieno, es decir, “relleno”). En lo formal, el Concerto Grosso se desmarca de la Suite y de la Sonata da Camera, o sea, de los movimientos de danza, para optar por páginas de lo que se podría denominar “música pura”, sin otras connotaciones o funcionalidades ajenas a la mera especulación sonora y organizativa, y se establece muy habitualmente en tres movimientos, con la consabida sucesión allegro – lento – allegro que es contrastante y, por lo tanto, variada, “entretenida”.
El modelo de la opus 6 corelliana fue ampliamente compartido y seguido en Italia: Torelli, Albinoni, Manfredini, Geminiani, Locatelli, A. Scarlatti, etc., y alcanzó una cumbre de perfección y belleza en las colecciones “L’estro armonico”, “La stravaganza”, “Il cimento dell'armonia e dell'inventione” y “La cetra” de Antonio Vivaldi. Frente a los inspirados y exuberantes italianos, ejemplos ingleses como el de Avison o franceses como el de Leclair palidecen un tanto.
Cada compositor importante dejó su impronta en la forma, y hasta se diría que hay un color sonoro diferencial para las distintas áreas geográficas europeas, pero los caracteres “genéricos” son reconocibles y entre ellos resulta especialmente notable el del tratamiento de los dos grupos instrumentales puestos en juego, que es individualizado, sin tendencia a la trabazón dialogante ni a la fusión tímbrica.
La edad de oro del Concerto Grosso es corta o, dicho de otro modo, su evolución hacia el Concierto Clásico, para solista y orquesta (sellado por Mozart) es rápida: el concertino o soli, pasará de ser un “grupo escogido” a ser un único solista para el que se escribe con acendrado virtuosismo. El tutti dejará de ser un ripieno para progresar hacia un papel coprotagonista, de contertulio, diríamos, pues el concepto de “oposición” instrumental irá progresivamente cediendo ante el de “diálogo”.
La forma se extendió, a lo largo y a lo hondo —como la de la Sonata— y, así, el procedimiento de “desarrollo”, prácticamente ausente en el repertorio del Concerto Grosso, será característico del modernísimo concierto, pero, como tantas otras cosas, el modelo y sobre todo el espíritu del Concerto Grosso reaparecieron en pleno siglo XX, naturalmente en la etapa de los retornos o Neoclasicismo.
Si nos limitamos a observar el “espíritu”, es decir, la idea de nutrir el discurso musical mediante la concertación entre un bloque instrumental de papel destacado (concertino) y la orquesta trabajada como bloque (tutti), los ejemplos de obras recientes, españolas y universales, se podrían multiplicar indefinidamente. Así pues, el Concerto Grosso no solo vive, sino que, aunque su aspecto externo haya cambiado mucho, cabe decir que goza de buena salud.
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