Tambor de San Millán (Venezuela)
El Tambor de San Millán no es simplemente una manifestación musical periférica, sino que representa el núcleo duro de la resistencia cultural afrovenezolana en el estado Carabobo donde la comunidad de Puerto Cabello ha custodiado durante siglos un legado rítmico que conecta directamente con las raíces bantúes del Congo y Angola.
Para entender la magnitud de este género hay que sumergirse en la historia de los cimarrones que encontraron en las costas venezolanas un refugio para sus creencias y una forma de comunicación sagrada que el sistema colonial no pudo desmantelar ni con el látigo ni con la imposición religiosa.
La historia de este género está intrínsecamente ligada a la comunidad de San Millán, en Puerto Cabello, un asentamiento que se convirtió en el epicentro de la tradición de los tambores de costa gracias a la llegada de personas esclavizadas que trajeron consigo sus ritos de fertilidad, de comunicación y de espiritualidad, que luego fueron adaptados al calendario de la iglesia bajo la figura de San Juan Bautista.
El sonido del Tambor de San Millán se distingue por una polirritmia compleja que surge del diálogo entre diferentes tipos de instrumentos de percusión como el cumaco, que es un tambor largo que se toca recostado en el suelo mientras un músico se sienta sobre él y otros golpean el cuerpo del tronco con palos llamados laures, creando una base rítmica conocida como el golpe de madera.
A esta base se le suma el sonido de los tambores más pequeños y de sonido más agudo que se encargan de los repiques y las improvisaciones que marcan el paso de los bailadores en un despliegue de energía física y de destreza que simboliza la libertad del cuerpo frente a la opresión histórica.
Durante la celebración de San Juan, el pueblo de San Millán se transforma en un escenario vibrante donde el color de la vestimenta y el aroma del aguardiente se mezclan con el sudor de los percusionistas que mantienen el ritmo durante horas sin descanso, demostrando una resistencia atlética que es fruto de una tradición transmitida de padres a hijos.
La importancia de este género radica en que no es solo música para el entretenimiento sino un sistema de cohesión social donde se rinde tributo a los ancestros y se pide por la salud de los enfermos y la prosperidad de las familias, estableciendo un orden moral y espiritual que rige la vida de la comunidad durante todo el año.
Históricamente el Tambor de San Millán ha servido como un mecanismo de resistencia cultural porque a través del baile y del canto las comunidades afrodescendientes pudieron mantener un espacio de autonomía y de expresión propia en medio de un sistema colonial que intentaba borrar su humanidad y sus creencias originales.
La evolución de este género ha llevado a que el grupo musical Tambores de San Millán se convierta en una referencia nacional e internacional, llevando este sonido ancestral a los escenarios más prestigiosos del mundo, pero manteniendo siempre el respeto por el patrón rítmico original que define la esencia del golpe de San Millán.
El ritmo del Tambor de San Millán se diferencia de otros tambores de la región por su velocidad y por la forma particular en que los laures golpean la madera creando una síncopa que es casi imposible de replicar sin haber crecido escuchando el sonido del cuero y del tronco en las calles del barrio.
La tradición indica que el tambor debe sonar desde la víspera del 24 de junio y no debe detenerse hasta que el santo sea guardado nuevamente en su templo, lo que genera una atmósfera de fervor religioso que se manifiesta a través de la alegría y no del silencio solemne propio de otros ritos católicos.
Cada golpe de tambor es una palabra en un idioma antiguo que los habitantes de San Millán conocen perfectamente y que utilizan para narrar su vida cotidiana, sus amores, sus penas y sus triunfos sobre la adversidad del entorno económico y social.
La descripción del Tambor de San Millán también debe incluir la construcción de los instrumentos, que se fabrican con madera de árboles locales como el aguacate o el cedro, y con cueros de animal debidamente tensados para resistir la fuerza de los golpes durante las largas jornadas de fiesta.
Este género es un ejemplo perfecto de cómo la cultura popular venezolana ha sabido integrar elementos diversos para crear algo nuevo y único que hoy en día es considerado patrimonio cultural de la nación y un tesoro de la humanidad por su riqueza rítmica y su valor antropológico.
Estudiar la historia del Tambor de San Millán es adentrarse en la lucha de los cimarrones y en la formación de la venezolanidad donde el mestizaje no fue solo de sangre, sino de sonidos que se abrazaron para nunca más soltarse.
La persistencia de este ritmo en la era de la globalización demuestra que las raíces profundas son capaces de nutrir la creatividad contemporánea, permitiendo que los jóvenes de San Millán sigan sintiéndose orgullosos de su tambor mientras incorporan nuevas formas de vida.
La belleza estética del baile que acompaña al tambor reside en la comunicación no verbal entre la pareja de bailadores, quienes se desafían y se complementan en un juego de seducción y de respeto que sigue las reglas estrictas de la tradición coreográfica de la región central.
Cada vez que el grupo de San Millán inicia su toque, el aire se carga de una electricidad especial que convoca a propios y extraños a unirse a una danza que es tanto una celebración de la vida como un recordatorio de que la memoria es el arma más poderosa contra el olvido.
La técnica de ejecución del Tambor de San Millán requiere una coordinación milimétrica entre el que toca el cumaco, el que golpea los laures, y los que llevan los tambores de mano, asegurando que el ciclo rítmico no se rompa nunca.
El Tambor de San Millán es la voz de un pueblo que canta su libertad con la fuerza de la percusión y la fe de quien sabe que su cultura es su escudo y su mayor gloria ante el mundo. Esta música seguirá resonando mientras exista un niño en Puerto Cabello dispuesto a aprender el ritmo del cuero porque el Tambor de San Millán es eterno como el mar que baña sus costas.
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