Literatura y Música - Chūya Nakahara en canciones

 

 

¿Por qué hay poetas a los que parece que se lleva el viento? Poetas que da la sensación de que caminan con guijarros en los bolsillos, para que el aire no los arrebate a esos lugares de los que posiblemente traen sus sueños. Chūya Nakahara fue uno de ellos. Incluso su fotografía más famosa parece reproducir a un hombrecito de papel. En ella se aparece con un gorro de juguete, una mirada un poco asustadiza, y una piel tan inocente que parece iluminada.

Nakahara nació en la primavera de 1907, tuvo ya de niño dos pasiones: la caligrafía y la poesía, que leía y escribía con la devoción de quien, incluso a esa edad tan temprana, es consciente de estar pisando un lugar tan inseguro como sagrado.

Los poemas de Chūya Nakahara no se caracterizan por ser claramente esperanzadores; tampoco su vida lo fue. Nada de él era esperable, todavía menos sus elecciones de “poeta maldito” (fue el traductor de Rimbaud y se embarcó como el poeta francés en una bohemia estética, cayendo a la vez en borracheras y escándalos en ámbitos literarios), que moldearon el destino de un hombre que acabaría perdiendo a su hijo de 2 años por tuberculosis: “¿Qué importa que vuelva la primavera? / Aquel niño no volverá con ella”.

Luego de dicho episodio, terminó internado en un sanatorio mental por alucinaciones auditivas; además decía ver una serpiente blanca en el tejado de su casa que, aseguraba, era la responsable de la muerte de su sucesor. Al poco tiempo, murió tan sólo a los 30 años, dejando atrás sus espléndidas tierras lóbregas y la desafortunada relación amorosa que tuvo con la actriz Yasuko Hasegawa, que marcó su juventud y su obra, inspirando numerosos poemas.

Su infortunio comienza a la edad de 7, cuando muere su hermano y decide por vez primera escribir un tanka. Esta breve forma de composición clásica japonesa lo acompañará por el resto de su vida, tanto en su formación como en su estilo (elegíaco). El verdadero aporte de Chūya Nakahara fue saber combinar la tradición clásica con las vanguardias que llegaban de Europa, algunos vestigios del dadaísmo y una mayor influencia de la tradición simbolista de Verlaine y de Rimbaud con respecto al ritmo y la música. Como en japonés no existe la rima, Chūya se encargó de contaminar su poesía de aliteraciones, repeticiones, paronomasias y espacios en blanco.

Dos antologías publicadas por la misma casa editorial –”Abrazado a las estrellas” y “Triste y bello”– presentan extensas muestras del trabajo poético de Nakahara. Si bien publicó un solo libro en vida, “Canciones de la cabra”, quedaron póstumos el volumen “Canciones de los días pasados y otros cuadernos”. Sus libros no son otra cosa que canciones. La repetición de hemistiquios es lo que predomina en sus poemas, y de la misma forma que desde un tronco mayor se extienden sus ramas, la poesía de Chūya avanza desde su propia savia para llegar a imágenes profundas, nuevas, específicas.

Como Dylan Thomas y los trovadores occitanos, llega rítmicamente a versos de dudosa existencia, producto de una imaginación auditiva: “La cresta de la montaña clarea claramente y purga / el interior de la boca de peces de colores y muchachas; / ayer, a ese avión que sobrevuela, le pinté una lágrima de insecto”.

En el prólogo a “Triste y bello”, la traductora Sonia Arab Álvarez retoma una sencilla idea que planteó Haruko Ōta: “No tenía capacidad para diferenciar la vida de la poesía y ver cada una de ellas por lo que es. Sus poemas y su estilo de vida encajaban a la perfección”. Pese a todos sus infortunios, tuvo el privilegio de no tener que trabajar en algo que no fuera poesía o traducción. Quizá su muerte temprana ayudó a conservar su más esencial proyecto, escrito en un poema: “Jovial y sereno, es más, sin tener que venderme: / así quería mi alma verme”.

Además de Rimbaud y Verlaine, y de su formación clásica, su recorrido incluye a Baudelaire (fue amigo de su traductor al japonés, Tarō Tominaga) y Kenji Miyazawa; pero además y, sobre todo, integra saberes, canciones populares y poemas humorísticos, como el famoso “Qué cerezo eres si no hay sake”. No se cruzó en sus lecturas con los modernistas, pero supo explotar los espacios en blanco y guiones largos, los silencios, pausas y la velocidad. Combinando las referencias occidentales con su propia tradición, su aporte hoy resulta invalorable.

Mientras aún trabajaba en su segundo poemario, Canciones de los días pasados, Nakahara abrió la ventana y aquel hombre desganado y sin peso voló y voló, lejos de su sombrerito que hacía tirabuzones en el aire, lejos, muy lejos de un mundo que, “en broma o por artimaña”, parecía que sólo disfrutaba “haciendo sonar la porcelana”.

La vida trágica y la lírica descarnada de Chūya Nakahara lo convirtieron en el “Rimbaud japonés”, un ícono de la bohemia que murió a los 30 años dejando una obra cargada de desesperación y belleza. Su sensibilidad para retratar el dolor existencial y la alienación urbana caló hondo en la cultura popular, transformándose en una referencia ineludible para el arte moderno. Esta influencia es especialmente potente en la música, donde artistas de géneros opuestos han encontrado en sus versos un refugio para expresar la angustia y la rebeldía. Desde el Rock más crudo hasta piezas instrumentales, los músicos han reinterpretado su legado para darle una voz contemporánea a su “tristeza mancillada”.

• “Mer Du Nord” - Maher Shalal Hash Baz: La canción musicaliza el poema homónimo de Chūya Nakahara, donde el autor utiliza el “Mar del Norte” como una metáfora de la desolación y el vacío existencial. Tori Kudo (líder de la banda) estructura la pieza para que la voz frágil subraye la vulnerabilidad y la alienación típicas de la poesía de Nakahara. La letra describe un paisaje helado y solitario que refleja el estado interno del poeta, marcado por la pérdida de su hijo y su propio aislamiento. Es una de las traducciones sonoras más fieles al espíritu del “Rimbaud japonés”, capturando su melancolía sin adornos innecesarios. La obra funciona como un puente entre el simbolismo japonés de los años 30 y la vanguardia minimalista de finales del siglo XX.

• “Kyoto Yukite Kaheranu” - Tori Kudo: Es una musicalización del poema homónimo de Chūya Nakahara. La canción, interpretada con el estilo Folk experimental y desprolijo de Tori Kudo, utiliza una instrumentación mínima para resaltar la lírica de Nakahara sobre el viaje y la pérdida. La letra expresa el deseo de escapar y la premonición de una partida definitiva, cargada de la melancolía errante del poeta. La pieza captura el sentimiento de desarraigo de Nakahara y su conexión con la ciudad de Kioto como un espacio de memoria y abandono, donde la música subraya la fragilidad y el cansancio existencial del texto original.

• “Circus” - Kazuki Tomokawa: Esta pieza es una de las colaboraciones más icónicas entre la música y la poesía japonesa, ya que Kazuki Tomokawa musicaliza el poema “Circus” de Nakahara. La canción describe una atmósfera surrealista y lúgubre dentro de una carpa de circo a altas horas de la noche, donde el movimiento de los trapecios y el brillo de las luces de gas se convierten en metáforas de la inestabilidad de la existencia. Tomokawa utiliza su característico estilo de Folk Psicodélico y una interpretación vocal visceral para capturar el sentimiento de alienación y la profunda tristeza que Nakahara volcó en el texto tras la pérdida de su hermano. La letra evoca imágenes de una juventud perdida y la frialdad de la mirada de los espectadores, cerrando con una visión melancólica del cielo nocturno una vez que la función termina y solo queda el vacío.

• “A Quiet Glow” - Siavash Amini & Eugene Thacker: Construye un clima de quietud y penumbra a través de drones lentos y casi inmóviles. La música transmite soledad, introspección y una sensación de tiempo suspendido. Predomina una melancolía silenciosa, sin melodía clara ni pulso definido. Ese vacío sonoro evoca un mundo interior frágil y contemplativo. La relación con Chūya Nakahara reside en que la pieza está inspirada en la melancolía y el sentimiento de pérdida que atraviesa la poesía de Nakahara. La música intenta traducir al sonido esa sensación de “tristeza sucia” y alienación que el poeta japonés describía en sus versos, conectando el vacío existencial de Nakahara con el sonido inanimado de la electrónica moderna.

• “Kasuga Kyousou” - World's End Girlfriend: Esta canción es una adaptación directa del poema homónimo “Kasuga Kyousou” de Chūya Nakahara. Musicalmente, es una pieza de Post-Rock y electrónica experimental que traduce el caos emocional y la nostalgia febril del poema original. La relación es absoluta: la letra utiliza los versos de Nakahara para describir una primavera que, lejos de ser alegre, es alucinante, ruidosa y cargada de una tristeza psicodélica. World's End Girlfriend captura la esencia del poeta al mezclar momentos de extrema delicadeza con estallidos de ruido, reflejando la inestabilidad mental y la melancolía que Nakahara sentía al observar el mundo.

• “Kita no Umi” - Tori Kudo, Mako Hasegawa: La canción es una pieza Folk minimalista y cruda que utiliza la repetición para evocar la monotonía y la frialdad de las olas del norte descritas por el poeta. La relación con Nakahara es directa: la letra describe un mar sombrío bajo un cielo de plomo, funcionando como una metáfora de la soledad absoluta y la desesperanza del autor. La voz de Hasegawa y el estilo despojado de Kudo capturan perfectamente la estética de la “tristeza sucia” de Nakahara, donde la naturaleza no ofrece consuelo, sino que refleja el vacío interior.

• “Haru no Shousoku” - Guben: La canción utiliza el estilo experimental y teatral de Guben para recrear la atmósfera de una primavera que no trae renovación, sino una melancolía estática y pesada. La letra describe el paisaje primaveral con una sensibilidad dolorosa, donde la luz y el viento son percibidos como elementos que subrayan la soledad del poeta. La interpretación captura perfectamente el contraste típico de Nakahara entre la belleza de la naturaleza y la tristeza del observador, transformando el poema en una experiencia sonora cruda y desolada.

• “Tsuki no Hikari” - Tama: Es una adaptación del poema homónimo de Nakahara. La canción utiliza el estilo surrealista y vanguardista característico de la banda Tama, con una instrumentación acústica que oscila entre lo infantil y lo macabro. La letra describe una noche donde la luz de la luna baña objetos cotidianos y rostros, transformándolos en imágenes oníricas y melancólicas. La interpretación captura la sensibilidad única del poeta para encontrar extrañeza en lo común y su profunda sensación de aislamiento, logrando que la música funcione como un eco de la soledad y el misticismo trágico que define la obra de Nakahara.

• “2107 Nen” - Royal Fish & Toshiaki Ishizuka: Es una pieza de Rock experimental que musicaliza el poema “2107 Nen” de Nakahara. La canción utiliza una atmósfera tensa y una percusión ruidista (propiedad de Ishizuka) para proyectar la visión futurista y desoladora que el poeta imaginó para ese año lejano. La letra describe un mundo post-humano, frío y mecánico, donde los sentimientos han desaparecido bajo una capa de polvo y hierro. La obra captura la faceta más nihilista y profética del autor, subrayando la angustia de un futuro donde la belleza y la emoción que él defendía en su presente ya no tienen lugar.

• “Tanka Zekkyou” - Taiki Fukushima: Este disco es una obra de Tanka Zekkyou, un estilo de “Spoken Word” visceral donde el monje budista y poeta Yasuki Fukushima recita los versos de Chūya Nakahara con una intensidad emocional extrema. Fukushima no solo lee la letra, sino que interpreta el dolor y la desesperación del poeta japonés a través de gritos y susurros acompañados de música Jazz y Rock Experimental. La obra funciona como un canal espiritual que busca revivir la vulnerabilidad y la rabia existencial de los poemas de Nakahara, llevando su lírica a una expresión sonora cruda que captura el sufrimiento real del autor.

• “A Summer Night In The City” - Ayuo: Es una adaptación musical del poema “Natsu no yo no kana” de Chūya Nakahara. La canción mezcla elementos de música antigua y experimental para crear una atmósfera lánguida y sofocante, propia de una noche de calor urbano. La letra utiliza los versos del poeta para retratar el tedio, la inercia y la melancolía que se siente al observar la ciudad bajo la oscuridad del verano. La música de Ayuo subraya la sensación de “tiempo detenido” y la soledad urbana que Nakahara plasmó en su obra, transformando la descripción del paisaje en una expresión del vacío interior del autor.

• “Beach of a moonlit night” - Fuji Yuki & Dimitris Tsironis: Es una pieza de Ambient y música experimental que adapta el poema “Tsukiyo no Hama” (Playa en una noche de luna) de Nakahara. La canción utiliza texturas etéreas y una interpretación vocal mínima para evocar el escenario desolado que Nakahara describe en sus versos: un hombre que encuentra un botón en la playa bajo la luz de la luna y se queda absorto en su propia tristeza. La relación es directa, ya que la música busca recrear la quietud y el misticismo del poema, capturando ese momento de introspección donde un objeto insignificante desata toda la carga de la pérdida y la melancolía existencial del autor.

• “Kinniku Shojyotai” - Rirukano Souretsu: Es una que rinde homenaje a la estética y el imaginario de Chūya Nakahara. Aunque la letra es una composición original de Kenji Ohtsuki, la relación con Nakahara es profunda y temática: utiliza la figura de la “procesión fúnebre” y un tono de melancolía decadente que evoca directamente el poema “Souretsu” (Procesión fúnebre) del autor. La canción captura la fascinación del poeta por la muerte, la inocencia perdida y la alienación, mezclando la energía del Rock con una sensibilidad poética que Ohtsuki siempre ha reconocido como una influencia directa del “Rimbaud japonés” en su propia lírica.

• “Yogoretsuchimatta Kanashimi ni” - Issei Fūbi Sepia: Es una canción de Rock de los 80 que adapta el poema más famoso de Nakahara como un himno de resistencia y honor. La letra utiliza la imagen de la “tristeza sucia” para simbolizar las cicatrices que deja la vida con el paso del tiempo. La relación con el autor está en cómo convierte la angustia privada de Chūya en un sentimiento de orgullo frente a la adversidad. Es una interpretación enérgica que resalta la dignidad del individuo frente a un destino inevitablemente doloroso.

• “Yami yo, nare no kanashimi ni” - Taniyama Kishou: Es un tema de Hard Rock que explora la psicología de Nakahara usando sus metáforas sobre la gravedad y el vacío. La letra se basa en el sentimiento de estar “mancillado”, concepto central en la obra del poeta. La relación con el autor real es la representación de su temperamento volátil y su angustia existencial permanente. Musicalmente, el estilo agresivo captura la rabia y la desesperación que Chūya volcó en sus poemas más oscuros. Es una visión moderna del caos interno que definió la vida del poeta.

• “Foebā Yangu” - Shinji Miyake - Masatoshi Mashima: Esta canción es un homenaje directo de Shinji Miyake y Masatoshi Mashima a la figura mítica y rebelde de Chūya Nakahara. La relación con el autor no es una adaptación de un poema, sino una oda a su espíritu de “eterno adolescente” y su vida bohemia que terminó demasiado pronto. La letra utiliza la imagen del poeta como un símbolo de pureza y resistencia frente a la decadencia de la madurez y la sociedad. Musicalmente, el estilo rockero refuerza la faceta de Nakahara como un Punk antes de tiempo, celebrando su intensidad emocional por encima de la lógica. Es una canción que santifica la figura de Chūya como el ícono de la juventud inmutable.

 

 

Fuentes:

 

• Clarin.com

• Zendalibros.com

 


 












 

 






















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