Pastorelas (México)
La historia de las Pastorelas representa uno de los procesos de sincretismo cultural más fascinantes de toda América Latina ya que combina la tradición del teatro religioso europeo con la cosmovisión de los pueblos originarios del continente americano.
En 1530, fray Juan de Zumárraga, primer obispo de la Nueva España, expidió una ordenanza para celebrar una “Farsa de la Natividad Gozosa de Nuestro Salvador”. A partir de estos principios, se han escrito entremeses y coloquios, inicialmente por los franciscanos que fueron los primeros en llegar a tierras novohispanas. Un poco más tarde le siguieron otras órdenes religiosas. Los frailes franciscanos y jesuitas llegaron a México se dieron cuenta de que el teatro era la herramienta más poderosa para la evangelización debido a la fuerte tradición performática de los aztecas y otros grupos indígenas.
Posteriormente, con los autores laicos, las Pastorelas navideñas se alejaron de su contenido religioso para adquirir un carácter más popular de la Navidad en México, que refleja costumbres y formas de vida de las clases sociales, y se dieron también versiones locales.
Las primeras Pastorelas documentadas en territorio mexicano buscaban escenificar la adoración de los pastores al niño Jesús, pero con el tiempo fueron absorbiendo elementos locales que transformaron el rito en una fiesta popular llena de humor y sátira.
El argumento básico de una Pastorela consiste en lo siguiente: • Unos pastores intentan ir a Belén para adorar al Niño Dios recién nacido; • Un grupo de diablos pone toda clase de obstáculos en su camino para impedirlo; • Al final vence el bien, Lucifer es derrotado por San Miguel o por un ángel; • Los pastores entregan regalos para el Santo Niño, lo arrullan y le cantan villancicos; • Todos los asistentes besan al Niño y con la tonada de la despedida se termina la actuación.
Los personajes típicos incluyen al pastor Bato, que suele ser el más perezoso o glotón, y a la pastora Gila, que representa la sensatez creando un dinamismo cómico que mantiene el interés del público de todas las edades durante toda la representación.
Aunque la Virgen María, San José y el Niño Jesús suelen estar presentes como figuras del Nacimiento, en algunas Pastorelas son personas quienes los caracterizan, pero no forman parte en el diálogo, como pasaba en el “Auto de la Adoración de los Reyes Magos”.
Los pastores están encabezados por una o dos Gilas, cuyo esposo suele ser Bato, pero en ocasiones es Bartolo. Tanto Bato como Bartolo son personajes cómicos; son bobos, golosos y flojos. Bartolo tiene otra función: debido a su ignorancia hace constantemente preguntas sobre lo que está pasando.
Las respuestas sirven para relatar las circunstancias del peregrinar de María y José, del nacimiento de Jesús, de la adoración de los Reyes y al contestarle, la Pastorela en México se vuelve un eficaz método de enseñanza de la historia sagrada. El ermitaño apoya los afanes de los pastores con oraciones. Los diablos están encabezados por Lucifer, su ayudante Asmodeo y un grupo de “demonios”.
La música juega un papel fundamental en este género ya que los diálogos suelen estar escritos en verso y se alternan con cantos tradicionales conocidos como Villancicos y Coplas que los pastores entonan mientras caminan por el escenario simbólico.
Los vestuarios también reflejan este choque cultural utilizando túnicas sencillas para los pastores, pero trajes sumamente elaborados y brillantes para los diablos quienes suelen llevar máscaras de madera tallada con cuernos y capas de seda decoradas con lentejuelas.
Fue en esta etapa cuando el lenguaje se volvió más picante y los juegos de palabras conocidos como albures empezaron a formar parte esencial del guion permitiendo que la obra fuera tanto una lección moral como un entretenimiento irreverente.
En la actualidad existen Pastorelas que van desde las versiones más tradicionales y respetuosas en los pueblos rurales hasta las grandes producciones comerciales en las ciudades que cuentan con efectos especiales y guiones escritos por dramaturgos reconocidos.
El valor antropológico de la Pastorela reside en que es un testimonio vivo de cómo una cultura impuesta fue transformada por la resistencia y la creatividad de los habitantes locales hasta crear algo completamente nuevo y original.
Además de México, el género se extendió con diferentes nombres y variantes por otros países de Centroamérica y el sur de EEUU donde la población de origen hispano mantiene viva la tradición como una forma de identidad cultural.
La preparación de una Pastorela suele involucrar a familias enteras que heredan los papeles de padres a hijos creando un sentido de pertenencia y continuidad histórica que sobrepasa el aspecto puramente artístico de la obra. Es común que las representaciones terminen con una gran fiesta comunitaria donde se rompen piñatas y se reparten dulces y ponche reforzando el carácter festivo de la Navidad más allá del recogimiento espiritual propio de la liturgia.
La lucha entre el bien y el mal que plantea la Pastorela es universal pero el modo en que se resuelve con risas, música y comida, es profundamente latinoamericano y refleja una visión del mundo donde la alegría es la mejor defensa. A pesar de la competencia de los medios de comunicación modernos y las nuevas formas de entretenimiento globalizado la Pastorela sigue llenando plazas porque ofrece una conexión humana y una catarsis colectiva que pocas artes pueden igualar.
El diablo en la Pastorela no es una figura de terror puro sino un personaje bufonesco que a través de sus fracasos permite que el espectador reflexione sobre sus propias debilidades humanas con una sonrisa en la cara. Por otro lado, el ángel representa la guía y la constancia recordándole al pueblo que a pesar de los obstáculos el camino hacia la luz siempre está abierto si se mantiene la voluntad y la unión comunitaria.
Las Pastorelas son, en definitiva, una de las joyas más brillantes del teatro popular hispanoamericano y un ejemplo perfecto de cómo la palabra hablada y la acción dramática pueden preservar la memoria de un pueblo por siglos. Es fascinante observar cómo un texto que comenzó como una herramienta de conquista espiritual terminó siendo un espacio de libertad expresiva donde el pueblo se burla de sus propios opresores mediante la máscara del diablo.
Esta dualidad entre lo sagrado y lo profano es lo que permite que la Pastorela sobreviva a las modas y siga siendo relevante en un mundo cada vez más secularizado pero que aún busca ritos de encuentro.
La riqueza de sus rimas, el colorido de sus danzas y la fuerza de su mensaje de esperanza colectiva, constituyen un patrimonio inmaterial que merece ser estudiado y protegido para las generaciones venideras. El esfuerzo de los actores aficionados que ensayan en sus patios y el ingenio de los autores anónimos que mantienen vivos los versos son los verdaderos motores de esta tradición que se niega a desaparecer.
Con el paso del tiempo, la Pastorela ha demostrado ser lo suficientemente elástica para contener la tragedia, la comedia, la fe y la ironía, en un solo acto de una belleza cruda y honesta. No hay rincón de la cultura popular donde el teatro y la vida se den la mano con tanta fuerza como en el escenario de una Pastorela de barrio durante una fría noche de diciembre.
El eco de los cascabeles de los pastores y las carcajadas del diablo derrotado resuenan en la historia como un recordatorio de que la cultura es un proceso vivo que se construye con la voz de todos.
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