Jhijhiya (India-Nepal)
La danza Jhijhiya (también llamada Jhijhari) es, sin lugar a dudas, la manifestación más hermética, compleja y vibrante de la región de Mithila, un territorio que respira historia entre las fronteras de Nepal e India, y cuya descripción técnica requiere un análisis profundo de la psiquis colectiva de las mujeres Maithili que la han preservado como un tesoro sagrado contra el avance de la modernidad y el olvido cultural.
Dado que la cultura se transmite de forma oral de generación en generación, no hay una autoridad exacta sobre el origen de la forma de danza. Según un mito asociado a la danza, una vez vivió un rey llamado Chitrasen. Su consorte, la reina, era experta en artes oscuras. También era significativamente más joven que el rey. Sin embargo, la pareja real no tenía hijos. El rey decidió nombrar a su sobrino Balruchi como su sucesor.
La reina estaba encaprichada con Balruchi. Intentó cortejarlo varias veces, pero fracasó cada vez. Un día, la reina se sintió frustrada y decidió vengarse de Balruchi. Usó su magia negra para fingir que estaba enferma. El rey ordenó al médico ayurvédico (profesional formado en la medicina tradicional de la India que trata al ser humano de forma holística) para su tratamiento. La medicina ayurvédica no tuvo éxito contra la magia de la reina. Entonces le dijo al rey que la única forma en que podría estar bien de nuevo era si se bañaba en la sangre de Balruchi. El rey dudaba en aceptar ese tratamiento, pero como amaba a su esposa y quería salvar su vida, ordenó a los soldados que mataran a Balruchi y trajeran su sangre.
Los soldados reales no se atrevieron a matar a Balruchi y decidieron liberarlo en el bosque. En su lugar, llevaron la sangre de un ciervo, con la que la reina se bañó y recuperó la salud. En el bosque, Balruchi conoció a una anciana. Como Balruchi tenía hambre y necesitaba refugio, le pidió comida y un lugar donde pasar la noche con la mujer. La mujer se apiadó de él y lo adoptó. Sin embargo, la anciana era una poderosa bruja. Ella y Balruchi permanecieron juntos. Un día, el rey y la reina atravesaban el bosque cuando uno de los palanquineros del rey murió. Se buscó a un hombre en el bosque para encontrar a otro palanquín y Balruchi fue encontrado. Sin embargo, ni Balruchi ni el rey se reconocieron, ni tampoco Balruchi ni la reina.
Mientras la procesión del rey continuaba, este comenzó a tararear una canción, pero olvidó algunas líneas. No pudo recordarlas ni siquiera después de varios intentos. Entonces, escuchó al nuevo portador del palanquín cantar las líneas restantes. Solo una persona, además del rey, conocía la letra de la canción: Balruchi. De esta manera, reconoció a Balruchi. La reina también se sintió culpable en ese momento y, tanto ella como el rey, le pidieron perdón a Balruchi y le pidieron que regresara al palacio. Balruchi decidió regresar con ellos, lo que enfureció mucho a la vieja bruja. Empezó a realizarle hechizos mágicos que lo lastimaron. La reina reconoció que había magia negra detrás de la herida de Balruchi. Entonces, también comenzó a realizar magia para contrarrestar los hechizos de la vieja bruja. La reina y la vieja bruja tuvieron una batalla mágica, en la que la vieja bruja fue derrotada, tras lo cual el rey, la reina y Balruchi regresaron al palacio.
La descripción física del ritual comienza con el “ghada” o vasija de barro, un objeto que bajo una mirada superficial parece simple, pero que es en realidad un microuniverso de simbología: cada uno de los cientos de agujeros realizados manualmente en el barro fresco representa una boca que consume el mal o un ojo que vigila en todas las direcciones simultáneamente, permitiendo que la llama interna de la lámpara de aceite proyecte un código de luces que confunde a los espíritus malignos.
La técnica necesaria para ejecutar esta danza es de una exigencia inhumana, ya que las bailarinas deben mantener un centro de gravedad inamovible mientras sus extremidades inferiores se mueven con la rapidez del rayo, siguiendo un compás de percusión que aumenta su velocidad de manera exponencial hasta alcanzar un clímax donde la bailarina y la vasija parecen fundirse en una sola entidad de fuego y arcilla.
La historia de la Jhijhiya está intrínsecamente ligada al festival de Dashain, en el mes hindú de Ashwin (septiembre/octubre) el periodo más sagrado del calendario hindú, donde se celebra la victoria de Durga (la diosa de la victoria) sobre el demonio Mahishasura, y es en este contexto de guerra celestial donde las mujeres asumen su rol de guerreras místicas, utilizando sus cuerpos como escudos para proteger a la comunidad de cualquier residuo de maldad que haya quedado en el aire.
Es imperativo describir el proceso de formación de estas bailarinas, que comienza desde la infancia, observando a las ancianas de la aldea, quienes transmiten los secretos del equilibrio no solo físico, sino emocional, enseñando que, para cargar el fuego sobre la cabeza, primero hay que tener el corazón en paz y la mente enfocada en la protección del prójimo.
Se realiza durante diez noches consecutivas, desde el día de Ghatasthapana hasta Bijaya Dashami, por mujeres y niñas, en grupos de cinco a quince, colocando un cántaro de barro sobre la cabeza y danzando en rotación.
La música que acompaña la Jhijhiya no es un fondo decorativo, es una estructura matemática de ritmos ancestrales ejecutados con el dholak, el armonio y los platillos jhal, creando una frecuencia vibratoria que, según los lugareños, tiene el poder de limpiar el aura de los presentes y establecer una conexión directa con las dimensiones superiores del espíritu.
A través de la historia, la Jhijhiya ha sobrevivido a invasiones, cambios de régimen y la presión de la globalización, manteniéndose como un bastión de identidad Maithili que le dice al mundo que esta cultura no puede ser silenciada mientras haya una mujer dispuesta a bailar con el fuego sobre sus hombros.
La descripción del impacto visual de esta danza en la oscuridad total de las aldeas rurales es algo que las palabras apenas pueden rozar, pues el juego de luces que emana de los agujeros de la vasija crea una geometría sagrada que parece reordenar el caos de la noche, devolviendo la esperanza a quienes han sido golpeados por la desgracia o la enfermedad.
Existe la creencia popular de que si una bruja logra contar los agujeros en la olla colocada sobre la cabeza de una mujer, la bailarina morirá inmediatamente.
En términos sociológicos, la Jhijhiya es un estudio sobre la sororidad y el poder colectivo femenino, ya que ninguna mujer baila sola por mucho tiempo; siempre es sostenida por el canto de sus compañeras y la energía de la comunidad, demostrando que la carga del destino es más ligera cuando se comparte con ritmo y devoción.
La descripción técnica del “ghada” también incluye el uso de aceites específicos y mechas de algodón trenzado a mano, que deben arder con una intensidad constante para que la proyección de la luz no flaquee, simbolizando la perseverancia de la fe ante las tormentas de la vida.
Al describir la Jhijhiya, se describe el alma de un pueblo que ha encontrado en la danza la forma más pura de orar, de luchar y de existir, convirtiendo el barro humilde en un trono para la luz divina.
La complejidad de su historia nos enseña que nada que valga la pena se mantiene sin esfuerzo, y que la belleza de la Jhijhiya radica precisamente en la dificultad de su ejecución y en la profundidad de su mensaje: que incluso en la noche más oscura, una sola mujer con una lámpara sobre su cabeza puede iluminar el camino para toda una aldea.
La historia de la Jhijhiya no se puede resumir en un párrafo, requiere este despliegue de palabras que intentan imitar el movimiento circular de las bailarinas, girando sobre un eje de verdad y respeto por la tradición.
La descripción de su legado es infinita, como el conteo de los agujeros en la vasija, y su historia seguirá ardiendo mientras haya un corazón dispuesto a latir al ritmo del dholak bajo el cielo estrellado de Asia.
Fuentes:










































0 comentarios: