Jazz y Gangsters

 


La época de la llamada “ley seca” (1920-1933), que prohibía el comercio de las bebidas alcohólicas, fue la época del auge de los gánsteres que, a escondidas, comerciaban con el alcohol. Sus locales se llenaban de clientes ávidos de alcohol o de los sucedáneos que allí se servían, y el Jazz estaba siempre presente. Eran típicos los locales llamados speakeasies, establecimientos donde se servía alcohol clandestinamente y a los que sólo se podía acceder mediante una contraseña que debía decirse a los que vigilaban la entrada. Aquí el Jazz también hizo fortuna.

En el Chicago de esa época y en estas circunstancias, se puede decir que el famoso Al Capone fue el gran “mecenas” del Jazz. En New York, lujosos locales, como el Cotton Club de Harlem, donde se dio a conocer Duke Ellington, eran regentados por poderosos gánsteres. Y la gran época del Jazz en Kansas City coincide con el mandato del conocido TJ Pendergast, alcalde corrupto condescendiente y relacionado con las mafias que regentaban los numerosos clubs de Jazz de la ciudad, de donde salió la famosa orquesta de Count Basie. Parece ser que casi todos los nombres importantes de la historia del Jazz que se dan a conocer en la primera mitad del siglo XX, habían trabajado para estos empresarios o managers que pertenecen a la categoría de lo que se llama el gansterismo.

Pese a la popularidad que iba adquiriendo la música, muchos clubes cuyos dueños eran ostentosos miembros de la comunidad blanca se negaban a contratar a los músicos de color. Pero afortunadamente para la historia del Jazz, el proceso de prohibición de la droga en Estados Unidos y la venta de alcohol ilegal proporcionaron incrementos enormes en las arcas de las mafias sicilianas que desde la década de 1900 comenzaron a asentarse en Nueva York y Chicago, quienes decidieron invertir en clubes, cabarets y bares de muchas ciudades a lo largo del país. El famoso productor discográfico John Hammond aceptó muchos años más tarde que “tres cuartas partes de los clubes y cabarets de Jazz estaban controladas por la mafia”.

Al ser inmigrantes, los miembros del crimen organizado conocían por experiencia personal la discriminación y el racismo, por lo que sintieron afinidad por los músicos negros del sur que no podían –o no tenían permitido- tocar en los clubes, restaurantes y teatros legales. Justamente ese fue el punto de inflexión en la historia del Jazz. Los capos y dueños de los bares ilegítimos permitieron a los músicos tocar libremente su música, abriendo las puertas a la creatividad personal de cada uno sin límites ni frenos. Fue la época dorada del género. El trompetista Rex Stewart afirmó que no hubo mejores oportunidades para los artistas como en esos años, al comentar que “te podían despedir a las once de la noche y a las doce ya estabas en otro club tocando la trompeta”.

En esos momentos, muchos mafiosos que luego se hicieron mundialmente conocidos -Vito Genovese, Al Capone, Lucky Luciano y Carlo Gambino, entre otros- tenían menos de 30 años, por lo que sentían un fuerte apego por la música y eran generosos con los músicos. El pianista Earl Hines recordó el actuar de Scarface al llegar al club: “Le gustaba entrar al club con sus hombres y hacer que la banda tocara lo que le pedían. Era muy generoso con sus propinas de 100 dólares”. Además, los músicos recibían préstamos con muy pequeñas tazas de interés y acceso libre a drogas. Sin embargo, había reglas. Debían quedarse callados sobre lo que sabían, seguir el juego y sobre todo no preguntar. El trompetista Muggsy Spanier presenció la muerte de dos hombres tiroteados y debió seguir tocando como si nada, mientras que el pianista Pinetop Smith no tuvo la misma suerte y murió de un disparo en pleno escenario. Incluso los músicos más famosos debían andar con cuidado: cuando Louis Armstrong cambió de representante –otorgado por mafias- se vio obligado a tener custodia las 24 horas durante meses. Se dice que la carrera de Joe King Oliver cayó en picada debido a sus cruces negativos con la mafia.

Sin embargo, hay una anécdota que queda en el recuerdo, un músico que le hizo frente al mafioso más importante que vivió en Estados Unidos: Al Capone. El suceso se dio cuando el capo decidió que el clarinetista Mezz Mezzrow –uno de los primeros artistas blancos de Jazz- debía despedir a su cantante del club Arrowhead, propiedad de Scarface.  Pero lejos de callarse, el jazzista le recriminó: “¿Porqué? ¡Tú no podrías distinguir un buen whisky con el olfato, y supuestamente esa es tu especialidad! No me hables de música”. Lejos de enfurecerse y probablemente matar al músico, el capo mafia comenzó a gritar de la risa: “¡Escuchen al profesor, este tipo tiene huevos!”. Finalmente, a Mezzrow se le permitió vivir pese a ese flirteo con Al Capone y prosiguió su carrera, tanto como músico como dealer de marihuana.

A lo largo de los años, los historiadores, educadores y críticos del Jazz han desarrollado una actitud miope hacia la relación del Jazz y el hampa. Aunque el tema se ha abordado ocasionalmente en el entretenimiento popular, sobre todo en películas dirigidas por dos de los cineastas más renombrados del siglo XX (“Kansas City”, de Robert Altman, y “The Cotton Club”, de Francis Ford Coppola), en el mundo del Jazz es mayormente un tema que ha sido reprimido. A partir de la década de 1980, los expertos culturales del Jazz hicieron un esfuerzo consciente para sacarlo de sus turbias raíces comerciales como “música de vicio” a entornos más estimados como salas de conciertos y museos. Jazz en el Lincoln Center en Manhattan, el SFJazz Center en San Francisco y muchas otras instituciones de renombre en todo Estados Unidos fueron diseñadas para, entre otras cosas, elevar la reputación del Jazz y salvarlo del alcantarillado.

En su momento, esto podría decirse que constituyó un reconocimiento muy necesario del estatus de la música como la forma de arte más perdurable de Estados Unidos. Pero algo se perdió en la transición. Optar por minimizar la historia del Jazz como fuente de saqueo económico por parte del crimen organizado —y también, durante un tiempo, fuente de patrocinio por parte de figuras del hampa que permitieron su evolución y crecimiento— disminuye su papel en la saga estadounidense.

Los promotores del Jazz no tienen por qué avergonzarse: el crimen organizado es tan central en la narrativa estadounidense como el béisbol y el pastel de manzana. El hecho de que el Jazz se haya visto involucrado con la mafia no es casual, sino central en el debate. No se puede entender a Estados Unidos sin reconocer este acuerdo como parte de un gran pacto capitalista.

Es una peculiaridad histórica que, casi al mismo tiempo que la música comenzaba a tomar forma, el crimen organizado en Estados Unidos también se encontraba en su etapa de incubación. En Nueva Orleans, donde nació el Jazz (aunque hoy algunos historiadores del discrepan de este hecho), la mafia siciliana surgió a principios del siglo XX. La familia criminal Matranga, una rama de los Stuppaggieri, una facción de la mafia con sede en Monreale, Palermo, fue de los primeros dueños de clubes en contratar al joven Louis Armstrong. En sus memorias, Armstrong describe su trabajo en un club llamado Matranga's, ubicado en Black Storyville, el famoso distrito del vicio de la ciudad.

Armstrong prefería trabajar en clubes “conectados”, tanto con el hampa como con la matriz más amplia de corrupción política y policial que lo hacía posible. Satchmo creía que la mafia protegía a un músico. En una ocasión, una figura del hampa a la que respetaba le dijo: “Louis, para sobrevivir en el mundo del jazz necesitas encontrar a un hombre blanco que te ponga la mano en el hombro y te diga: 'Este es mi negro'“. Sustituyendo la palabra “gánster” por “hombre blanco”, queda clara la postura de Armstrong al respecto.

No todos los músicos aceptaban un universo controlado por la mafia como el statu quo. Jelly Roll Morton se resistía a donar el dinero de su música —incluyendo composiciones escritas y, posteriormente, grabaciones— a lo que él llamaba el Sindicato. A diferencia de Armstrong, Morton insistía en tocar en clubes no afiliados a la mafia, lo que pudo haber provocado el desafortunado incidente de su ataque y apuñalamiento mientras estaba en el escenario del Music Box de Washington, D.C., en 1938. Si el club hubiera estado protegido por la mafia, es improbable que semejante ataque hubiera ocurrido.

La mafia no estaba compuesta únicamente por mafiosos italianos. En el caso de su asociación con el Jazz, también involucraba a dueños de clubes, gerentes, agentes comerciales, representantes de discográficas y más. Involucraba a personas dentro del sistema —jefes políticos, representantes electos y policías— que, de una u otra forma, se aprovechaban de los sobornos para facilitar la relación.

La dinámica de todo esto se extendió desde Nueva Orleans a Kansas City, Chicago, Nueva York y otros lugares donde el negocio del Jazz se afianzó. Como se ha descrito ampliamente en libros y películas, esta relación alcanzó su apoteosis durante los años de la Ley Seca. Los Locos Años Veinte presenciaron el rápido ascenso del Jazz en la cultura. Había pequeños grupos de Jazz en prácticamente todos los bares clandestinos y grandes bandas en clubes de la mafia como el Sunset Café de Chicago, el Cuban Gardens de Kansas City, el Plantation de San Luis, el 500 Club de Atlantic City y el Midnight Ranch de Denver.

 

 

Fuentes:

 

• Rockandball.com.ar

• Ien.es

• Jazztimes.com

 


 


































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