Demasiadas Noches 11 (FM Identidad)
Zombies, el misterio de los muertos vivientes
La fascinación aterradora ejercida por Haití y sus misterios sobre el público norteamericano, se inició con una multitud de libros sensacionalistas que sirvieron para justificar ante el contribuyente la ocupación de esta isla mágica por parte de los marines entre 1915 y 1934, reforzándose con los fantasiosos relatos de los militares destinados allí, esta atracción que Hollywood no dejó de explotar.
La verdadera concepción haitiana de los Zombies es menos fantástica pero no menos siniestra. Los zombies son personas cuyas muertes se han contactado debidamente, que han sido amortajadas a la vista de todos, y a las que se encuentra años después en casa de un ”bokor” (brujo), en un estado próximo a la idiotez… El zombie permanece en esta zona brumosa que separa la vida de la muerte. Se mueve, come, escucha, incluso habla, pero no recuerda ni es consciente de su estado. Es una bestia de carga a la que su amo explota, forzándola a trabajar en sus campos.
Cierran su tumba, lo encadenan y comienzan una procesión que suele pasar por delante de su casa, para que el zombie no la reconozca ni intente regresar. Si logra escapar, lo capturan y lo conducen al “hounfor” (templo vudú) o a la casa del brujo para exorcizarlo, dándole una poción mágica que lo deja completamente desequilibrado.
Esta creencia es tan fuerte en Haití que generó un inmenso temor, no hacia los inofensivos zombies, sino a la posibilidad de terminar convertido en uno. Por eso, muchos invierten sus ahorros en comprar una pesada lápida o fortalecen su tumba. A veces, mucho más drástico, se remata al muerto con un balazo en la sien, degollándolo o decapitándolo.
Resultaba obvio que la poción venenosa administrada por los “bokors” era capaz de producir un estado cataléptico de muerte aparente, algo con lo que hoy estamos familiarizados. Por la noche, corren a desenterrar a su víctima, proporcionándole algún tipo de antídoto que le permitiría recuperar el movimiento. La obnubilación mental y la sumisión absoluta del zombie a la voluntad de su amo, se debería a lesiones cerebrales provocadas por la pócima y por las horas pasadas bajo tierra, a una potente droga que se administraría posteriormente o simplemente a un proceso de autosugestión mantenida durante muchos años.
En cualquier caso, la poción utilizada por los hechiceros vudú para obtener la zombificazión, así como el antídoto, resultan de trascendental interés para los investigadores occidentales.
Un aventurero, Wade Davis, contaba con dilatada experiencia en el trato con los hechiceros de diversas tribus, obtuvo muestras auténticas del “polvo zombie”. Todas ellas tenían en común ciertas plantas, huesos humanos, sapos, lagartos, gusanos, tarántulas y el ingrediente crítico: el pez globo, que contiene tetrodexina, la toxina nerviosa potente que conocemos, y que chinos y japoneses convirtieron en una delicia culinaria: el fugu. En la literatura referente a intoxicaciones con fugu se encontró una asombrosa correlación con los síntomas de la zombificación. En la actualidad, el “polvo zombie” se investiga en varios laboratorios norteamericanos, con la esperanza de encontrar un antídoto con el que ayudar a los zombies que se siguen descubriendo. En las operaciones quirúrgicas mueren cientos de pacientes debido a la anestesia. Si se encontrara una droga capaz de hacer al paciente insensible al dolor y de paralizarlo, y otra que la devuelva a la conciencia normal, se revolucionaría la cirugía moderna. Y eso no es todo: la NASA pidió estudiar la aplicación de las drogas psicoactivas al programa espacial. Les interesa mantener inmovilizados a los astronautas durante los viajes de gran duración. El “polvo zombie” proporcionaría un modelo fascinante para experimentos sobre hibernación artificial.
Sabiéndose culpables, cuando empezaban a enfermar eran conscientes de que la magia bokor les había robado el alma y los arrastraba más allá de la tumba. A partir de aquel momento, su amargo destino consistía en obedecer sin vacilación a quien poseyese la botella en que estaba encerrada su alma, y sólo a él. A esto se debe el rechazo del que solían ser objeto los zombies que escaparon a su suerte por parte de sus vecinos y familiares, así como la indiferencia de las autoridades y la ausencia relativa de denuncias.
Para un pueblo que ha sufrido continuas atrocidades, que cobra un salario medio mensual de 12 dólares, y que ve morir a la mitad de los niños antes de los 5 años, la zombificación es sólo un elemento más en el aterrador paisaje cotidiano.
Nombre original: Night of the living dead, EEUU, 1968, 96 minutos.
Dirección: George A. Romero.
Intérpretes: Duane Jones, Judith O'Dea, Karl Hardman, Marilyn Eastman, Keith Wayne, Judith Ridley.
El argumento de “La noche de los muertos vivos” es bastante básico. Por un extraño líquido químico, los muertos salen de sus tumbas y empiezan a cercar a un par de personas con el vil ideal de alimentarse de sus cerebros. ¿Cómo una idea tan tonta pudo transformarse en una de las más grandes películas de terror de todos los tiempos?
Irracional como es el miedo, podríamos buscarle varias razones, varias sucias razones en esta tierra plagada de cuerpos en descomposición. Podría tomarse la convulsionada época en que fue estrenada (fin de los años 60), con su escalada de violencia, crímenes, asesinatos públicos, rebeliones y protestas. Algunos metafísicos e hiperanalíticos que nunca faltan, vieron en la “La noche de los muertos vivos” el símbolo cinemático de la llegada del apocalipsis. Ante el evidente clima de desastre social, cultural y político, la profecía de que “los muertos caminarán sobre la faz de la tierra” parecía hacerse realidad. Pero. Obviamente que George Romero (director-guionista) y John A. Russo (guionista), cuando pergeñaron esta fábula de zombies post-Hiroshima, jamás soñaron con volverse los nuevos Nostradamus. Es verdad que no quisieron remitirse a la magia negra como motivo del resurgimiento de los muertos.
Es por estos pequeños detalles a los que los grandes estudios no prestaban atención, y que los realizadores independientes como George Romero sí, por lo que “La noche de los muertos vivos” se volvió uno de los grandes éxitos del circuito de “medianoche” en todo EEUU.
Poco tiempo después, Romero haría un trabajo en conjunto con el más conocido fan de “La noche de los muertos vivos”: Stephen King. Cuando, a partir de 1979, Stephen comenzó a ser una figura popular, en numerosos reportajes declaró ser admirador del film de Romero. Romero y King hicieron juntos “Creepshow, festín del terror”, un homenaje a las recordadas historietas de terror de la EC Comics (en las que también se basan ”Cuentos de la cripta”).
Pero volvamos con los muertos vivientes: con el slogan “Primero fue la noche, después el amanecer, por fin llegó el día”, George Romero realizó “El día de los muertos vivos” (1985, “Day of the dead”), tercera de la trilogía de los muertos, como se dio en llamar. Esta vez la acción se desarrolla en una planta militar, a donde llegan los muertos en busca de cerebros para alimentarse. Aparte de la falta de ganas de Romero para continuar la serie, “El día de los muertos vivos” pone un cierto tipo de corolario con los muertos asolando a quienes causaron su resurrección en la primera película, algo así como que más tarde o más temprano, el que las hace, las paga.
Poco interesado por los estudios, de joven Renaud los abandonó rápidamente. En el 68 tenía 16 años cuando compuso sus primeras canciones, de las que “Crève salope” fue un himno a la revuelta de los estudiantes y los trabajadores.
En los años siguientes ejerció distintos trabajos y con un compañero acordeonista tocaba en las calles.
En 1975 grabó su álbum “Amoureux de Paname”, al que presentó en diferentes teatros y cafés, especialmente el “Pizza du Marais”.
En el 77 apareció ”Laisse Béton”, que le abrió las puertas del Teatro de la Ville y que marcó el debut de una carrera increíble.
En 1980 Renaud lanzó su legendario “Marche à l'ombre”.
1984 fue el año de Renaud. Su séptimo álbum “Morgane de toi” vendió un millón y medio de ejemplares. En su primera aparición en el Zénith lo vieron 75000 espectadores. Al año siguiente escribió “Éthiopie” para “Les Chanteurs sans frontières”, un disco cuyos beneficios fueron para las víctimas del hambre en África y que vendió dos millones de copias.
En 1986 su disco “Mistral gagnant” superó el millón de copias vendidas. En su segundo Zénith reunió 180 mil espectadores, un record inigualable en esa sala.
En el 91 el álbum “Marchand de cailloux” le permitió ganar el Grand Prix de l’Académie Charles Cros.
En el 94 apareció “À la Belle de Mai” que fue seguido por una gira por toda Francia.
A finales del 99 comenzó su “gira íntima”, a la que llamó “Una guitarra, un piano… y Renaud”. Se presentó en pequeñas salas de 800 a 3500 espectadores con una orquesta reducida al mínimo. La gira fue un verdadero éxito, sin ninguna publicidad ni promoción, las entradas se agotaban rápidamente a pesar de que no presentaba un nuevo disco. Renaud satisfizo a su público gracias a dos músicos geniales: Alain Lanty en piano, y Jean Pierre Buccollo en guitarra. Presentó dos nuevas canciones “Boucan d'enfer” y “Elle a vu le loup”.
El 17 de febrero de 2001 obtuvo el premio Victoire de la Musique por su trayectoria.
Miss Maggie
Mujeres de la vida o bien putas
Que a menudo es lo mismo
Mujer normal, estrella o feas
Hembras de todo tipo, las amo
Incluso a la más tonta de todas
Quiero dedicarle estos versos
Procedente de mi hastío de los hombres
Y de su moral guerrera
Porque ninguna mujer en este planeta
Será más tonta que sus hermanos
Ni más orgullosa, ni más deshonesta
Excepto, tal vez, la señora Tatcher
Mujer, yo te amo porque
Cuando el deporte se convierte en guerra
No hay mujeres, o muy pocas
Entre las hordas de hinchas
Esos fanáticos locos, furiosos
Saciados de odio y de cerveza
Deificando a los tontos de azul
Insultando a los bribones de verde
No hay mujeres hooligans
Imbéciles y dañinas
Ni siquiera en Gran Bretaña
Excepto, claro, la señora Thatcher
Mujer te amo, porque
Un cachorro entre las manos
No te convierte en bestia
Como a estos pobres tarados que se pelean
Por un foco un poco estropeado
O por un dedo levantado
Hay quienes llegan a los disparos
Para salvar su autoestéreo
El corte de manga de esos tarados
No hay mujer tan vulgar
Como para mostrarlo demasiado
Excepto, tal vez, la señora Thatcher
Mujer, yo te amo porque
Vos no morirás en la guerra
Porque la vista de un arma de fuego
No hace vibrar tus ovarios
Porque entre las filas de cazadores
Que matan a las palomas
Y en ocasiones uno que otro árabe
Nunca he visto a una fémina
No hay mujer tan despreciable
Como para sacar brillo a su revólver
Y sentirse invulnerable
Excepto, claro, la señora Thatcher
No es de un cerebro femenino
Que salió la bomba atómica
Y ninguna mujer lleva en sus manos
La sangre de los indígenas de América
Palestinos y armenios
Testifican desde el fondo de sus sepulcros
Que un genocidio es masculino
Como un SS, un torero
En esta puta humanidad
Los asesinos son todos hermanos
Ninguna mujer rivalizando
Excepto, tal vez, la señora Thatcher
Ya son cuatro décadas desde que grabaron sus rostros en el reverso de la moneda divertida y rebelde de los años 60 que impusieron los Beatles y se abrieron camino rumbo a la fama, ridiculizando la prolija pose de chicos buenos de sus vecinos de Liverpool.
La banda nació en 1962, en un tren en el que Michael Philip Jagger (Mick Jagger), iba de su ciudad natal (Dartford), hacia Londres, donde estudiaba en la London School of Economics, llevando bajo el brazo una pila de discos de Chuck Berry, Willie Dixon y Little Walter, que acababa de recibir de los EEUU. En una parada, un ex compañero de la secundaria, Keith Richards, que estudiaba en la ”Sidcup Art College” de Londres, subió al mismo vagón y empezaron a hablar de los discos que Mick tenía encima. Y finalmente, cuando bajaron en Londres, ya sabían que no habría más universidad: los Rolling Stones comenzaban a rodar y la historia de la música tendría un nuevo camino. A ellos se les unieron Brian Jones en guitarra rítmica, Ian Stewart en piano, el bajista Dick Taylor y, ocasionalmente, el baterista Tony Chapman. Su debut se produjo el 21 de julio de 1962 en el ”London Marquee Club”. Más tarde, en ese mismo año, el bajista Bill Wyman reemplazó a Dick Taylor, mientras los bateristas iban y venían, hasta que en enero del 63 se les unió Charlie Watt. Luego se establecieron en el “Giorgio Gomelsky’s Crawdaddy Club”, de Richmond. Una noche, el extravagante Andrew Oldham apareció en el club y quedó fascinado con el grupo, convirtiéndose en su manager.
El 11 de mayo de 1963 salió el primer disco y el estallido universal no se detuvo jamás. Junto a los Beatles fueron el paradigma de una generación que sacralizó una estética nueva y una manera de vivir que incluía una descarada y creativa rebeldía contra lo establecido. Al amparo del sonido Stone fueron recreadas la manera de vestirse, los símbolos, las costumbres, el sexo y los jóvenes adoptaron posturas incómodas para el resto de la sociedad. Juzgaron las guerras y consideraron absurdas e inexistentes las razones para que los humanos se mataran entre sí. Los Stones no querían otra cosa que librar tensiones.
Pero su conducta y el largo de sus cabellos, provocaron escándalo. Los diarios de entonces se preguntaban: “¿dejaría a su hija casarse con un Rolling Stone?”.
Feos, sucios y malos, los Stones llegaron para despanzurrar en un solo riff, la estética y cierta ética musical heredada de la década anterior. Los Stones no eran los únicos, también estaban los chicos de Liverpool. Pero mientras John y Paul consolaban ”Let it be”, Jagger parodiaba perverso “Let it bleed”. Cuando los escarabajos sonreían “Here Comes the Sun, it’s alright”, Mick se desgarraba pidiendo pintar todo de negro.
En el 65 crearon como si nada, un himno generacional que aún representa, en tres minutos y 45 segundos, la quintaescencia de todo mensaje rockero y adolescente: “no puedo conseguir satisfacción”. Con este tema conquistaron definitivamente a EEUU. El riff característico de “(I Can't Get No) Satisfaction” fue creado por Richards casi de casualidad.
En la competencia por ver quién es más psicodélico, seguro gana el Sargento Pepper de los Beatles. Pero si se trata de sentirse perdido en el espacio sideral, los Stones, en pueblo vuelo indoafricano, merece el primer puesto.
En el año 69, mientras que presentaban su nuevo disco en el “Altamont Speedway Free Festival”, en California, los Hell’s Angels, que habían sido contratados para encargarse de la seguridad del recital, asesinaron a un hombre negro. Esto quedó reflejado en la película “Gimme shelter” de Ned Nelly, estrenada al año siguiente.
En el 70, Mick Taylor ingresó como miembro del grupo y los Stones crearon su sello discográfico.
Para escapar de los impuestos británicos, la banda se mudó a Francia. El artista Pop neoyorkino Andy Warhol creó el logo de los Stones a comienzos de los 70 y la lengua no dejó de asomar, burlona, entre esos labios gruesos, que pronto se convirtieron en un nuevo símbolo sin fronteras. Warhol también diseño las tapas de los discos “Sticky Fingers” y “Love You Live”.
La partida de Mick Taylor a finales de 1974, fue seguida por un largo período de búsqueda de su reemplazante. Para su siguiente trabajo, “Black and blues” eligieron a Ronnie Wood, que fue confirmado como sucesor de Taylor.
Tras la revitalización del lubricado “Some girls”, llegaron los años 80 y los Stones se fueron poniendo más caretas y discotequeros. Al Rhythm and Blues y derivados, le agregaron Funk y Reggae. ”Tattoo You” (1981), exhibe todavía alguna dignidad, pero la autoclonación ya empezaba. “Undercover” (1983) es su peor travestismo: ritmos programados y Dub para hablar con cierta frivolidad disco de los desaparecidos sudamericanos.
Los Stones decidieron cambiar de aire y lanzar sus carreras unipersonales. Hubo celos, peleas y amenazas de disolución de la banda.
A partir de 1986 empiezan a ponerle ruedas de acero a las piedras rodantes para que no asomen ni el musgo ni la herrumbre. Los Stones, como salmones conservadores, vuelven a desovar en la cuna del Rhythm and Blues que los vio nacer. Pero intentan aggiornarse y llaman al productor de U2 y Peter Gabriel. Después de “Steel Wheels” (1989) y esa mezcla rara de programaciones con música en “Vooddo Lounge” dan con Don Was, que logró con los Stones joyas como “Thru and thru”.
En 1997 apareció “Bridges to Babylon”, en donde figuran como invitados Eric Clapton, el saxofonista Wayne Shorter y el viejo amigo Hill Preston, junto a Darryl Jones, bajista desde la partida de Wyman.
El esqueleto bocón vestido de Sargent Pepper; Keith, el jorobadito del sexto dedo de tabaco, Ron, “el cuervo” y su inseparable amigo Charlie, el yeti bueno, pueden sonar contundentes de vez en cuando, pero ya no ofrecen ninguna sorpresita: al primer acorde, uno se da cuenta cómo sigue todo. O sea, como antes, como en sus mejores tiempos.
Oda a Los Ángeles pensando en Brian Jones fallecido
Soy residente de una ciudad
Acaban de elegirme para actuar
del Príncipe de Dinamarca
Pobre Ofelia
Todos esos fantasmas que él nunca vio
Flotando hacia la perdición
En una vela de hierro
Regresa, valiente guerrero
Haz la inmersión
En otro canal
Piscina caliente enmantecada
¿Dónde está Marruecos?
Bajo las cataratas
la tormenta salvaje
donde los salvajes cayeron
al final de la tarde
monstruos del ritmo
Dejaste que tu
Nada
compita con el
Silencio
Espero que hayas salido
Sonriente
Como un niño
En el fresco remanente
de un sueño
El hombre ángel
con serpientes compitiendo
por sus palmas
y dedos
Finalmente reclamó
Esta benevolente
Alma
Ofelia
Hojas, empapadas
en seda
Cloro
sueño
loco sofocado
testigo
El trampolín, la zambullida
La piscina
Fuiste un luchador
una musa almizclada de damasco
Fuiste el blanqueado
Sol
para la tarde de TV
sapos cornudos
inconformista de mancha amarilla
Mira ahora adónde
te llevó
al cielo de la carne
con los caníbales
y los judíos
El jardinero
Halló
El cuerpo, desenfrenado, flotando
Cadáver afortunado
¿Qué es esta cosa verde pálido
de la que estás hecho?
Perforá agujeros en la piel de
la diosa
¿Apestará?
Llevado hacia el cielo
Por las salas
de la música
Ninguna chance.
Requiem para un heavy
Esa sonrisa
Esa mirada de puerco sátiro
ha saltado hacia arriba
en la tierra abonada
Me contestó un tipo malhumorado diciendo: "Hola?"
- "Soy Alfonso Vélez, ¿podría hablar con Andrea Jaramillo, por favor?", dije amablemente.
De repente sentí que me colgaba el teléfono. No podía creer que existiera alguien tan grosero.
Después de esto, volví a buscar en mi directorio telefónico el número de Andrea por si me había equivocado al marcar. Efectivamente, el error era que ella había traspuesto los dos últimos dígitos de su número. Después de hablar con Andrea, observé ese número erróneo todavía sobre mi escritorio.
Decidí llamar de nuevo al pibe aquel. Cuando la misma persona descolgó no esperé a que contestase y le dije: "sos un Hijo de puta", y colgué rápidamente. Inmediatamente escribí junto a su número telefónico la palabra "Hijo de puta" y lo dejé en mi lista telefónica.
Cada par de semanas, cuando yo estaba pagando cuentas o con un mal día, lo llamaba, él contestaba y yo le decía "sos un hijo de puta". Esto me servía de terapia contra el estrés y me hacía sentir realmente mucho mejor.
Unos meses después, la compañía de teléfonos introdujo el servicio de identificación de llamadas, lo cual me entristeció porque tuve que dejar de llamar al ”Hijo de puta”. Entonces, un día tuve una idea: marqué su número telefónico, escuché su voz diciendo: "¿Hola?" y me cambié de identidad: -"Hola, lo llamo del departamento de ventas de la compañía de teléfonos para ver si conoce el servicio de identificador de llamadas".
- "·No!" Y me colgó el teléfono, como de costumbre. Rápidamente lo llamé de nuevo y le dije:
- "Eso es porque sos un hijo de puta".
La razón por la cual les cuento esta historia, es para mostrarles que, si hay algo que realmente molesta, siempre se puede hacer algo al respecto: sencillamente, marque el 823 48 63.
La anciana se estaba tomando mucho tiempo para sacar el auto de su espacio en el estacionamiento.
Incluso llegue a pensar que nunca se iría. Finalmente, su coche empezó a moverse y a salir muy lentamente. Dadas las circunstancias, decidí retroceder mi auto un poco para darle a la anciana todo el espacio que necesitara:
"·Grandioso!", pensé, "finalmente se va..."
Inmediatamente, apareció un Ford negro en sentido contrario y se abalanzó sobre el hueco que había dejado la anciana y por el que yo estaba esperando. Comencé a tocar la bocina y a gritar: "·No puede hacer eso! ·Yo estaba aquí primero!". El tipo del Ford simplemente se bajó, cerró el coche y se fue hacia el centro comercial ignorándome como si ni siquiera me hubiera escuchado. Ante su actitud pensé: "·Este tipo es un hijo de puta, con toda seguridad hay una gran cantidad de hijos de putas en el mundo . . .!". Fue entonces cuando vi un letrero de "SE VENDE" en la ventana trasera de su Ford. Entonces anoté su número telefónico y me fui a buscar otro estacionamiento.
- "¿Hola?".
- "¿Hablo con el señor del Ford negro para la venta?", le pregunté yo.
- "Sí, habla con él", dijo.
- "¿Podría decirme dónde puedo ver el coche?"
- "¿Cuál es su nombre?", Pregunté.
- "Mi nombre es Eduardo Pérez", me contestó.
- ¿"Qué hora sería apropiada para encontrarme con usted, Eduardo?", pregunté.
- "Me puede encontrar en casa por las noches".
- "Escuche Eduardo, ¿puedo decirle algo?"
- "Sí, claro", me respondió.
- "·Eduardo, sos un hijo de puta de la hostia!", y colgué el teléfono.
Después de colgarle, incluí el teléfono de Eduardo Pérez en la memoria de mi teléfono. Por un momento las cosas parecían estar saliendo muy bien para mí. Pero ahora tenía un problema: tenía dos hijos de puta para llamar. Después de varios meses de llamar al par de hijos de puta y colgarles, la cosa ya no era tan divertida como antes. Este problema me pareció muy serio y pensé en una solución. En primer lugar, llamé al hijo de puta 1. Un tipo grosero me contestó: "Hola", y entonces yo le dije "Hola hijo de puta", pero no colgué. Entonces, el hijo de puta me dijo:
- "¿Estás ahí?".
- "Síííííííííí", le dije yo.
- "Deja ya de llamarme", me dijo
- "Nooooooooo".
- "A ver, ¿cuál es tu nombre, desgraciado?", preguntó.
- "Eduardo Pérez".
- "¿Y en dónde vives?", volvió a preguntarme.
- "En la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro, es una casa amarilla y tengo mi coche, un Ford negro, aparcado enfrente de ella", le dije.
- "Voy para allí ahora mismo, Eduardo. ·Vos sí que sos un hijo de puta! ·Ya podés ir rezando lo que sepas!
- "··Uuuuuf, sí??··Que miedo me das, hijo de puta!!", y colgué el teléfono.
Inmediatamente después, llamé al Hijo de puta 2. El tipo contestó:
- "Hola?"
- "·Hola Hijo deputa!", saludé.
- "Si te llego a encontrar, sos un...", me dijo.
- "¿Y vos qué?, hijo de puta?"
- "·Te voy a patear las tripas!".
- "¿Síííí? Bueno, esta es tu gran oportunidad. Voy para tu casa, ·Hijo de puta!", y colgué.
Finalmente, tomé el teléfono y llamé a la policía. Les dije que estaba en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro y que iba a matar a mi novio homosexual tan pronto como llegara a la casa. Luego hice otra llamada rápida a la televisión para reportar al noticiero que iba a comenzar una guerra de pandillas en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro. Después de hacer esto, me monté en mi coche y me fui a la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro, para ver el espectáculo. ···Fue glorioso!!! ···Observar a un par de hijos de puta pateándose enfrente de 6 coches de policía y un helicóptero!!!. ···Fue una de las mejores experiencias de mi vida!!!