Tsugaru-Jamisen (Japón)

 


El Tsugaru-Jamisen es uno de los géneros musicales y de los instrumentos de cuerda más vibrantes, enérgicos y expresivos de la tradición japonesa. Para rastrear su genealogía, es necesario retroceder a la evolución del shamisen tradicional en el archipiélago nipón.

El instrumento original, un laúd de tres cuerdas con un mástil largo y un cuerpo resonador cubierto de piel, tiene sus raíces en el sanxian chino, el cual ingresó a Japón a través de las islas Ryukyu (actual Okinawa) a mediados del siglo XVI bajo el nombre de sanshin. Mientras que en las islas del sur mantuvo un carácter melódico suave, al llegar a los centros urbanos como Osaka y Edo sufrió modificaciones estructurales de consideración.

Los músicos ciegos de la corporación gremial conocida como Todo-za, que tocaban tradicionalmente la biwa, sustituyeron la púa de aguja por un plectro grande en forma de abanico, modificaron las cuerdas de seda y comenzaron a utilizar piel de gato o de perro en lugar de piel de serpiente, dando origen al shamisen clásico que se integró al teatro Kabuki, al Bunraku y a las canciones de las cortesanas en los barrios de placer.

Sin embargo, el nacimiento específico del Tsugaru-Jamisen ocurrió en un contexto geográfico y social diametralmente opuesto a la opulencia de las grandes capitales. El género se gestó en la península de Tsugaru, una región remota, extremadamente fría y aislada en el norte de la prefectura de Aomori, durante las últimas décadas del período Edo y principios de la era Meiji en el siglo XIX. Esta zona estaba marcada por la pobreza extrema, inviernos prolongados y una estructura social rígida.

En este entorno, los músicos ciegos de las clases más bajas, conocidos como bosama, subsistían mediante la mendicidad itinerante. Estos hombres viajaban de pueblo en pueblo, de casa en casa, tocando el shamisen a la intemperie a cambio de unos pocos granos de arroz o monedas. La necesidad de hacerse oír en medio de los fuertes vientos del norte, las ventiscas de nieve y el bullicio de los mercados populares obligó a estos músicos marginales a desarrollar un estilo de ejecución radicalmente diferente, mucho más ruidoso, rápido y percusivo que los estilos refinados del sur.

El paso de la mera música de mendicidad a un género artístico con identidad propia se atribuye históricamente a un músico legendario conocido como Nitaboh, cuyo nombre real era Akimoto Nitaro. Nacido en la mitad del siglo XIX en la aldea de Kanagi,

Nitaboh quedó ciego en su infancia debido a la viruela y perdió a sus padres a temprana edad, quedando desamparado. Al no tener acceso a la formación oficial de las grandes escuelas urbanas, comenzó a tocar el shamisen de manera empírica. Nitaboh rompió con las estructuras rígidas y los repertorios fijos de la música tradicional de la corte, alentando a sus discípulos a no copiar a los maestros, sino a inventar sus propias frases musicales y a expresar sus emociones individuales a través de la improvisación. Este enfoque revolucionario sentó las bases estéticas del Tsugaru-Jamisen, transformando un instrumento de acompañamiento vocal en un vehículo solista de virtuosismo absoluto que desafiaba los cánones de la música folklórica japonesa. 

Desde el punto de vista de su organología, el Tsugaru-Jamisen se distingue nítidamente de las otras variantes de la familia del shamisen por sus dimensiones y su robustez física, factores indispensables para resistir la violencia de su técnica de ejecución. Pertenece a la categoría de los futozao, es decir, shamisen de mástil grueso.

El mástil se construye tradicionalmente con maderas densas, pesadas y de alta calidad como el palisandro o el ébano de Ceilán, y se divide en tres secciones desmontables para facilitar su traslado. El cuerpo resonador, llamado do, es considerablemente más grande y profundo que el del shamisen utilizado en el teatro o en la música de las geishas. Este cuerpo de madera se cubre con piel de perro de gran espesor, tensada al máximo mediante un proceso artesanal complejo para soportar los impactos constantes del plectro. Las tres cuerdas, que carecen de trastes a lo largo del diapasón, son notablemente más gruesas; las dos primeras se fabrican con seda trenzada para aportar un timbre cálido y resonante, mientras que la tercera cuerda, la más aguda, suele ser de nailon para resistir las altísimas tensiones y la velocidad de los pasajes rápidos.

La técnica de ejecución del Tsugaru-Jamisen es un despliegue de virtuosismo físico que combina la precisión de un instrumento de cuerda con la fuerza de la percusión. El plectro, denominado bachi, es más pequeño y rígido que el del estilo clásico, y se fabrica con resina acrílica, madera de boj o caparazón de tortuga marina.

La característica fundamental de este estilo es el golpeo percusivo. El músico no se limita a pulsar las cuerdas, sino que golpea con violencia la piel del cuerpo resonador con la punta del bachi al mismo tiempo que ejecuta la nota, generando un sonido de ataque seco, potente y rítmico que recuerda a un tambor de marco. Esta combinación de melodía y percusión simultánea dota al género de una textura rítmica agresiva y síncopada que resulta única dentro de la música tradicional asiática.

Además del golpe de plectro, la mano izquierda del intérprete realiza un trabajo técnico de enorme complejidad sobre el mástil de madera. Al no poseer trastes, el músico debe confiar exclusivamente en su memoria muscular y en su oído absoluto para clavar las posiciones exactas de las notas.

Se utilizan técnicas avanzadas como el hajiki, que consiste en pulsar las cuerdas con los dedos de la mano izquierda de forma ascendente o descendente, el koki, que implica deslizar los dedos rápidamente por el mástil para crear glissandos dramáticos, y el sukui, una técnica de plectro invertido que produce notas fantasmas y contratiempos veloces. Otro elemento acústico distintivo es el sawari, un mecanismo sutil situado en la cejuela del mástil que hace que la cuerda más grave roce levemente la madera al vibrar al aire, produciendo un zumbido armónico constante que enriquece el timbre del instrumento y le otorga esa resonancia mística y melancólica tan característica.

El corpus musical del Tsugaru-Jamisen se estructuró originalmente en torno a las canciones folklóricas de la región de Aomori, conocidas de manera genérica como Tsugaru Minyo. Estas canciones reflejaban la dureza de la vida de los campesinos, los pescadores del mar de Japón y los leñadores de los bosques del norte. El repertorio clásico se divide en tres grandes categorías de piezas.

Las canciones de ritmo libre y melancólico, llamadas de la vieja escuela, se interpretaban sin una base rítmica estricta y servían para dar rienda suelta a la capacidad de improvisación lírica del músico. Las piezas de tempo medio se vinculaban a las festividades locales y los bailes comunitarios, mientras que las canciones modernas introdujeron estructuras métricas fijas y un ritmo mucho más acelerado que requería una destreza digital asombrosa.

Las composiciones fundamentales del género, consideradas los estándares que todo maestro debe dominar, incluyen piezas emblemáticas como “Jonkara Bushi”, “Ohara Bushi” y “Yosare Bushi”, textos sonoros que han mutado a lo largo de las décadas pero conservan el alma del norte profundo.

A mediados del siglo XX, el Tsugaru-Jamisen inició un proceso de transformación y salida de sus fronteras regionales para conquistar el público urbano de Tokio y los mercados internacionales. El gran artífice de esta transición fue Takahashi Chikuzan, un bosama ciego que sobrevivió a las vicisitudes de la Segunda Guerra Mundial y se dedicó a dignificar el género, llevándolo de las calles a las salas de concierto formales.

Chikuzan despojó al instrumento del estigma de la mendicidad, demostrando que su complejidad estructural y su profundidad poética estaban a la altura de cualquier tradición clásica occidental o asiática. Sus grabaciones y conciertos en los años setenta desataron un renacimiento del interés por la música folclórica entre la juventud japonesa, que descubrió en el Tsugaru-Jamisen una fuerza indómita y una autenticidad telúrica que contrastaba con la música Pop anglosajona que inundaba los medios de comunicación.

En las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI, el género experimentó una hibridación radical que lo insertó de lleno en la cultura global contemporánea. Nuevas generaciones de músicos, libres de las restricciones gremiales del pasado, comenzaron a fusionar el Tsugaru-Jamisen con el Jazz de vanguardia, el Rock Progresivo, el Heavy Metal y la música electrónica. Artistas y agrupaciones de renombre internacional demostraron que la agresividad percusiva del bachi y la velocidad de las escalas del instrumento se adaptaban perfectamente a las dinámicas del Rock, ganando popularidad a través de su inclusión en bandas sonoras de películas, series de animación y videojuegos.  

Hoy en día, el Tsugaru-Jamisen ya no es visto como una reliquia arqueológica del aislamiento feudal de Aomori, sino como una tradición dinámica y en constante metamorfosis, un laúd de las nieves que ha logrado universalizar el lamento, el ritmo y la indomable energía de los antiguos músicos itinerantes del norte de Japón.

 

 

Fuentes:

 

• En.motenas-japan.jp

• Aomori-tourism.com

• Shamimaster.com

 



 



























 






















0 comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...