Pandza (Mozambique)
El surgimiento del Pandza en Mozambique no puede entenderse simplemente como la aparición de un nuevo género musical en el mercado africano, sino como una respuesta sociológica profunda de una juventud urbana que necesitaba desesperadamente una identidad propia tras el fin de la guerra civil en 1992.
La música que predominaba era el Marrabenta, un género hermoso y melódico, nacido en los años 40, que utilizaba guitarras acústicas y hablaba de la resistencia contra el colonialismo portugués o de la vida cotidiana en las aldeas. Pero para los jóvenes que crecieron en los suburbios de Maputo a finales de los 90, el Marrabenta sonaba a pasado, a una nostalgia que no encajaba con el ruido de las chapas, los mercados abarrotados y la entrada masiva de influencias extranjeras a través de la radio y la televisión satelital.
En este vacío cultural, el Pandza nació como una explosión controlada, una mutación genética que tomó la base rítmica del Marrabenta (ese compás de 6/8 que es el pulso vital de Mozambique) y lo aceleró mediante el uso de tecnología digital, fusionándolo con el Dancehall de Jamaica, el Ragga y, fundamentalmente, con el Kwaito sudafricano que bajaba con fuerza desde Johannesburgo.
El término “Pandza” en el argot local (slang) de Maputo significa literalmente “romper”, “explotar” o “partir”, y no hay mejor descripción para lo que este sonido provocó en la escena local. El género fue una ruptura violenta con la solemnidad de la vieja guardia.
Musicalmente, el Pandza se caracteriza por una velocidad frenética que oscila entre los 100 y los 110 diez BPM, apoyada en un bombo extremadamente seco y presente, que golpea en un patrón rítmico que obliga al movimiento físico inmediato.
A diferencia de otros géneros africanos contemporáneos, el Pandza utiliza sintetizadores brillantes, casi metálicos, que emulan las secciones de vientos de las antiguas orquestas de los años 60, pero con una distorsión digital que le otorga un carácter crudo y callejero.
La industria del Pandza se construyó de manera totalmente informal pero increíblemente eficiente. Al no tener acceso a los grandes sellos discográficos o a las radios estatales, que al principio veían al género como algo vulgar y ruidoso, los artistas y productores se aliaron con los conductores de los “chapas” (minibuses privados).
Los chapas son el sistema circulatorio de Maputo; cada conductor compite por tener el equipo de sonido más potente, y fueron ellos quienes se encargaron de difundir los nuevos hits. Una canción que funcionaba en un trayecto de chapa se convertía en un éxito nacional en cuestión de días. Este método de distribución “guerrillera” permitió que el Pandza se saltara todos los filtros de la censura estética de la élite y llegara directamente al oído de la masa.
Artistas como Ziqo, considerado por muchos como el arquitecto máximo del género, perfeccionaron un estilo vocal que mezcla el canto con el “toasting” del Reggae, utilizando letras que son un reflejo brutal de la realidad: hablan de la falta de dinero, de la corrupción policial, de la belleza de las mujeres mozambiqueñas y de la alegría de estar vivos a pesar de todo. Ziqo no solo cantaba, él personificaba la actitud del Pandza: prepotente, ruidoso y profundamente orgulloso de sus raíces.
Por otro lado, la figura de Lizha James fue fundamental para la expansión internacional y la profesionalización del género. Lizha llevo al Pandza una estética de alta producción, mezclándolo con elementos del R&B y el Pop global, lo que permitió que la música de Mozambique fuera respetada en otros mercados de habla portuguesa, como Angola y Brasil, y que compitiera de igual a igual con el Kuduro angoleño, que en ese momento dominaba las pistas africanas.
La rivalidad estética entre el Pandza y el Kuduro fue real; mientras el Kuduro era más seco y robótico, el Pandza mantenía una calidez melódica heredada del Marrabenta, lo que lo hacía más accesible para el público general.
Desde el punto de vista de la
ingeniería de sonido, el Pandza es un estudio fascinante
sobre la limitación creativa. Muchos de los sonidos clásicos del género
nacieron de “presets” básicos de sintetizadores de finales de los 90 que los
productores locales aprendieron a manipular para que sonaran más agresivos. La percusión no se limita a una
caja de ritmos; a menudo se graban sonidos de objetos cotidianos o percusiones
tradicionales que luego se procesan digitalmente hasta que pierden su forma
original, pero mantienen su espíritu.
Este enfoque “DIY” (hazlo tú mismo) es lo que le da al Pandza esa textura de “futurismo de barrio” que es tan difícil de replicar en estudios profesionales de Europa o EEUU. A medida que el género evolucionó, empezó a incorporar elementos de la música House y, más recientemente, del Amapiano sudafricano, pero siempre manteniendo esa base rítmica de 6/8 que lo hace inconfundiblemente mozambiqueño.
El impacto social del Pandza fue tan grande que incluso el gobierno mozambiqueño tuvo que rendirse ante su evidencia. Lo que al principio fue tildado de música marginal para “delincuentes”, terminó siendo utilizado en campañas electorales y en programas de concienciación sobre el VIH, entendiendo que no había mejor manera de llegar a la juventud que a través del ritmo que los hacía bailar cada fin de semana.
Hoy, tras más de dos décadas de
existencia, el Pandza enfrenta el desafío de la hiper-globalización. Con la
llegada de plataformas como TikTok y Spotify, los nuevos productores están
suavizando el sonido para hacerlo más comercial, pero el corazón del género
sigue latiendo en los barrios periféricos.
El legado del Pandza es haberle devuelto a Mozambique la confianza en su propia voz. Demostró que no era necesario copiar el Rap de Estados Unidos o el Pop de Europa para ser moderno; que se podía tomar la herencia de los abuelos (el Marrabenta), pasarla por un filtro digital lleno de furia y crear algo que hiciera vibrar al mundo entero.
El Pandza es la banda sonora de la resiliencia mozambiqueña, el testimonio sonoro de un pueblo que decidió que el ruido era mejor que el silencio y que la mejor forma de reconstruir una nación era a través de un ritmo que nadie pudiera parar de bailar. Es, en definitiva, el triunfo de la creatividad sobre la escasez y la prueba de que el arte más vibrante siempre nace en las grietas del sistema.
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