No se ha aprendido nada de nuestra experiencia y hoy tenemos un riesgo mayor que en el pasado”, dice Wada, secretaria general adjunta de Nihon Hidankyo, la organización de sobrevivientes de las bombas atómicas que ganó el Premio Nobel de Paz en 2024.
Dice que conflictos como el de Rusia y Ucrania o en Medio Oriente, que mantienen latente la amenaza nuclear, la hacen sentir “profundamente preocupada”.
“Este camino nos puede llevar a una tercera guerra mundial y provocar el fin de la Tierra”, dice Tanaka días antes del 80 aniversario de los ataques.
Las razones que llevaron a EEUU a lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki aún generan controversia.
Algunos analistas consideran que fue una manera de poner un fin definitivo a la guerra y salvar vidas.
Otros, en cambio, sostienen que fue una decisión inmoral e innecesaria que mató a miles de inocentes.
Las consecuencias de las bombas, en todo caso, aún resuenan hoy, cuando en el mundo hay cerca de 12.300 ojivas nucleares, según La Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN, por sus siglas en inglés).
Este es el recuento de los únicos ataques con bombas nucleares de la historia y las secuelas que perduran hasta hoy.
En 1945 EEUU llevaba cuatro años en guerra con Japón, tras los ataques a la base de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941.
Ese día, las fuerzas japonesas atacaron por sorpresa la base naval estadounidense en el archipiélago de Hawái, lo que causó que EEUU le declarara la guerra a Japón y se involucrara en la Segunda Guerra Mundial.
Con la escalada del conflicto, EEUU decidió usar las bombas atómicas contra Japón.
Les exigía una “rendición incondicional”. De lo contrario, les esperaba “una destrucción rápida y absoluta”.
El mensaje de Truman no mencionaba el uso de bombas nucleares.
Sin embargo, estos artefactos eran parte del arsenal que EEUU tenía listo como parte de su estrategia para zanjar el conflicto.
“Tan pronto supieron que la bomba nuclear funcionaría, se asumió que la usarían”, explica a Michael Gordin, historiador especializado en ciencias físicas en la Universidad de Princeton y coeditor del libro “La era de Hiroshima”.
El primer blanco elegido fue Hiroshima. La ciudad no había sido bombardeada antes, y varios expertos apuntan que probablemente la ciudad era un buen lugar para notar los efectos de la bomba. Además, era la sede de una base militar.
El Enola Gay, un bombardero B-29 pilotado por el coronel Paul Tibbets, sobrevolaba Hiroshima a unos 9,5 km de altura cuando liberó la bomba Little Boy, que explotó en el aire, a unos 600 metros del suelo.
“A las 8:14 era un día soleado, a las 8:15 era un infierno”, describió en un documental del canal Discovery Kathleen Sullivan, directora de Hibakusha Stories, una organización que recopila testimonios de sobrevivientes de las bombas.
“Iba camino a la escuela y alguien gritó “¡un bombardero enemigo!”, recuerda Toshio Tanaka. “Miré al cielo y vi un resplandor tremendo, era como un millón de luces, todo se puso blanco”.
El mecanismo interno de Little Boy funcionaba como una pistola: disparaba una pieza de uranio 235 contra otra del mismo material. Al chocar, los núcleos de los átomos que las componían se fraccionaron en un proceso llamado fisión. Esa fisión de los núcleos genera una reacción en cadena en la que se libera energía y desata la explosión.
La explosión generó una ola de calor de más de 4.000° C en un radio de aproximadamente 4,5 km.
“Vi una gran multitud de gente agonizando. Hombres, mujeres y niños estaban casi desnudos con la ropa quemada. Caminaban en silencio, con los brazos extendidos, la piel quemada les colgaba de las puntas de los dedos”, recuerda Tanaka. “Parecían fantasmas o zombis”. Se cree que entre 50.000 y 100.000 personas murieron el día de la explosión.
Dos tercios de los edificios de la ciudad, unos 60.000, quedaron reducidos a escombros.
Japón no se rindió. Tres días después, EEUU lanzó una segunda bomba nuclear.
Nagasaki no estaba en la lista de objetivos prioritarios. Su topografía accidentada y la cercanía de un campo de prisioneros de guerra aliados, la convertían en un blanco secundario. Entre los objetivos principales estaba Kokura, una ciudad con zonas industriales y urbanas en terrenos relativamente planos.
El día del ataque, sin embargo, Kokura estaba cubierta de bruma, según el reporte de los pilotos. La tripulación tenía órdenes de elegir visualmente el objetivo que maximizara el alcance explosivo de la bomba. Fue así que se desviaron a Nagasaki.
El bombardero Bockscar, un B-29 pilotado por el mayor Charles Sweeney, dejó caer la bomba Fat Man, que explotó a 500 metros sobre el suelo.
La bomba Fat Man estaba hecha de plutonio 239. Era un material más fácil de conseguir y más eficiente, pero requería un mecanismo más complejo para utilizarlo. El plutonio 239 no era puro. Esto podría causar una reacción en cadena prematura, con lo cual se perdería gran parte del potencial de la bomba.
“El lugar se convirtió en un mar de fuego. Era el infierno. Cuerpos quemados, voces pidiendo ayuda desde edificios derrumbados, personas a quienes se les caían las entrañas…”, recordaba en 2020 Sumiteru Taniguchi, sobreviviente de Nagasaki, en un evento conmemorativo durante el 70 aniversario del ataque.
La explosión fue más fuerte que la de Hiroshima, pero el terreno montañoso de Nagasaki, ubicada entre dos valles, limitó el área de destrucción. En Nagasaki la bomba destruyó un área de 7,7 km2. Cerca del 40% de la ciudad quedó en ruinas.
“Había cientos de personas sufriendo en agonía, sin poder recibir ninguna atención médica”, recordaba Terumi Tanaka, sobreviviente de Nagasaki y codirector de Nihon Hidankyo, durante la ceremonia del Nobel en 2024. “Tengo la firme convicción de que, incluso en la guerra, no debió permitirse que se produjeran semejantes asesinatos y mutilaciones”.
No existen cifras definitivas de cuántas personas murieron a causa de los bombardeos, ya sea por la explosión inmediata o en los meses siguientes debido a las heridas y los efectos de la radiación. Los cálculos más conservadores estiman que para diciembre de 1945 unas 110.000 personas habían muerto en ambas ciudades. Otros estudios afirman que la cifra total de víctimas, a finales de ese año, pudo ser más de 210.000.
Tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki, Japón presentó su rendición.
La rendición oficial se firmó el 2 de septiembre, a bordo del USS Missouri en la Bahía de Tokio. Se ponía fin así a la Segunda Guerra Mundial.
La brutalidad de la bomba
En una fracción de segundo tras la explosión de una bomba atómica, se liberan rayos gamma, neutrones y rayos X que salen disparados a una distancia de 3 km.
En la bomba de Hiroshima, por ejemplo, resultaron letales para el 92% de las personas que estaban en un radio de 600 metros del punto cero.
Los sobrevivientes de las explosiones, conocidos como hibakusha, sufrieron las devastadoras consecuencias del intenso calor y de la radiación. De manera inmediata, sufrieron quemaduras que les arrancaron la piel. La exposición al material radiactivo les causó náuseas, vómitos, sangrado y la caída del pelo. Con el tiempo, algunas personas desarrollaron cataratas y tumores malignos.
En los 5 años posteriores a los ataques, entre los habitantes de Hiroshima y Nagasaki aumentaron drásticamente los casos de leucemia. Diez años después de los bombardeos, muchos sobrevivientes desarrollaron cáncer de tiroides, de seno y de pulmón a una tasa superior a la normal.
Además, la salud mental de los hibakusha también se vio afectada por haber presenciado un acto tan atroz, haber perdido a seres queridos y por el miedo a desarrollar enfermedades por causa de la radiación. Muchos sufrieron discriminación por su aspecto físico y por la creencia de que acarreaban enfermedades. Otros vivieron con un sentimiento de culpa por no haber podido salvar a otros.
Algunos hibakusha se convirtieron en activistas en contra de la proliferación de armas nucleares y comparten sus historias como una manera de recordar los horrores de la guerra. Su principal mensaje es la “abolición inmediata de las armas nucleares”, como dijo Terumi Tanaka en su discurso del Nobel. “Como armas extremadamente inhumanas que causan muertes masivas, no deben coexistir con la humanidad”.
Además, los hibakusha tienen una posición clara en contra de la teoría de la disuasión nuclear. Según la disuasión nuclear, la producción de armas nucleares se justifica como una manera de prevenir que un enemigo se atreva a realizar un ataque, por la magnitud de la represalia y devastación que desataría.
Masako Wada se opone firmemente a este argumento. “Nunca aceptaré la idea de usar armas nucleares para controlar y hacerle daño a la gente”, dice. “Eso solo significa que Hiroshima y Nagasaki podrían repetirse”.
Según Wada, hoy sobreviven menos de 100.000 hibakusha, que rondan los 90 años. “Cada año mueren unos 10.000 de ellos”, dice. “Así que en 10 años no quedará ninguno”. “Mi temor es que antes de que eso ocurra, tengamos nuevos hibakusha”.
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