La danza de los Choquelas constituye una de las expresiones folklóricas, teatrales y rituales más antiguas y complejas de toda la geografía andina. Originada en la época preincaica dentro del seno de la cultura aimara, esta manifestación artística trasciende por completo el mero entretenimiento festivo o la exhibición coreográfica para convertirse en una profunda y rigurosa escenificación del vínculo sagrado entre el ser humano, la fauna silvestre y las deidades tutelares que gobiernan las montañas y la puna.
En la cosmovisión aimara tradicional, la vicuña no es un recurso pecuario ordinario, sino que es considerada de forma estricta como un animal sagrado perteneciente y protegido por los Achachilas y los Apus, las deidades masculinas y los espíritus tutelares que moran en las altas cumbres de la cordillera. Por esta razón crucial, la danza de los Choquelas inicia siempre con una solemne invocación ritual en la cual los participantes principales solicitan la venia, la bendición y la protección de las fuerzas cósmicas para asegurar que la cacería sea próspera, justa y equilibrada, evitando a toda costa alterar el orden natural del territorio.
La interpretación dramática refleja con enorme precisión la destreza y agilidad de los cazadores de antaño, conocidos en las antiguas crónicas como los Choquelas o Chuquilas, quienes habitaban en las zonas más elevadas e inhóspitas y basaban su subsistencia en el dominio de los vastos espacios abiertos. A través de una serie de movimientos sincronizados, los danzantes recrean la estrategia de cerco humano, utilizando redes, lazos y cuerdas ceremonialmente adornadas que van acorralando de manera progresiva a los animales hasta lograr su contención sin causarles daño destructivo.
Dentro de la rica estructura dramática de la danza destaca la presencia de personajes arquetípicos muy bien definidos que le otorgan a la representación una notable calidad teatral. El personaje central y de mayor jerarquía, conocido indistintamente como el Chokela o el anciano sabio, encarna directamente la figura mítica de los cazadores ancestrales. Este participante luce una indumentaria confeccionada con pieles y lana de camélido, exhibiendo largas barbas artificiales de lana, polainas de cuero crudo y sombreros de ala ancha profundamente ornamentados con vellones silvestres de la puna.
Acompañando a este anciano se encuentra la Chokela Ahuila, la figura femenina madura que interactúa activamente mediante gestos dramáticos, sarcásticos y burlescos, portando espejos, ruecas y pequeñas figuras que simbolizan la fertilidad, el hogar y el engaño ceremonial necesario para la caza.
Un elemento de crucial importancia dentro de la dramatización es la intervención del zorro, un personaje cómico y antagónico que representa en el ecosistema andino al principal depredador de las majadas y de las crías de vicuña. En el transcurso del baile, los cazadores escenifican el apresamiento, la persecución y el castigo alegórico del zorro con el propósito de neutralizar las amenazas simbólicas que acechan la producción pecuaria de la comunidad.
De forma paralela, se representa con gran emotividad el momento en que la vicuña acorralada es esquilada o simbólicamente sacrificada, ofreciéndose su fibra o su aliento a la Pachamama en señal de profunda gratitud por los bienes otorgados a la colectividad. Este componente ceremonial no debe interpretarse como una expresión de violencia, sino como la ratificación de una alianza cósmica en la que el aprovechamiento respetuoso de la fauna silvestre permite la continuidad y subsistencia del grupo humano, devolviendo a la tierra parte de la energía generadora que ella misma provee a los hombres.
La vestimenta utilizada por los danzantes de Choquelas resguarda un valor histórico y patrimonial incalculable, siendo en la inmensa mayoría de las comunidades un legado material transmitido celosamente de generación en generación. Las mujeres lucen tradicionales polleras superpuestas de colores vivos, mantas de bayeta y aguayos artesanales de finos hilados, complementando su atuendo con sombreros especiales adornados con plumas de parihuana o flamenco andino, cuyas tonalidades cobrizas y rosadas evocan directamente el amanecer en las lagunas de alta montaña.
Los hombres, por su parte, viste sacos oscuros de lana gruesa, faldines o polainas de fibra de ovino o camélido y chuspas tejidas donde guardan maíz tostado, hojas de coca y alimentos secos que convidan a los espectadores a lo largo de toda la ceremonia. En sus manos sostienen llipis o cuerdas coloridas terminadas en borlas de lana que representan las trampas ceremoniales utilizadas para guiar y rodear a los rebaños silvestres.
Aunque en sus orígenes la danza de los Choquelas estuvo vinculada de manera estricta y exclusiva a las labores de siembra, esquila y al calendario agrofestivo de las comunidades dedicadas al pastoreo, con el correr de las décadas ha expandido considerablemente su presencia hacia las festividades patronales, los certámenes folklóricos y los actos cívicos de mayor envergadura en la región altiplánica.
En los centros urbanos y rurales del departamento de La Paz, Oruro y Potosí, la interpretación de esta danza funciona como un poderoso dispositivo de cohesión social que reafirma la identidad territorial aimara y visibiliza la memoria histórica de las poblaciones originarias. A través de la continuidad ininterrumpida de esta práctica, las comunidades protegen un valioso documento inmaterial que testimonia las formas de vida, la organización laboral y el pensamiento filosófico previos a la implantación de los modelos urbanos occidentales.
La profundidad conceptual de la danza radica en su capacidad para integrar en una misma representación el arte, la ecología y la espiritualidad, ofreciendo un testimonio vivo sobre el equilibrio que gobernaba las interacciones entre los antiguos pobladores andinos y su entorno natural.
Analizar la estructura estética de la danza permite apreciar la minuciosidad de sus coreografías, las cuales se organizan en bloques colectivos que avanzan dibujando espirales, círculos cerrados y líneas sinuosas que imitan las rutas de los camélidos por los cerros. Cada paso, marcado por el taconeo firme sobre la tierra, simboliza la toma de posesión respetuosa del espacio geográfico y la reactivación de la memoria corporal acumulada durante siglos de vida pastoril. La coordinación entre músicos y bailarines no responde a una partitura rígida, sino a una dinámica comunitaria donde la escucha mutua y la empatía colectiva guían el ritmo de la presentación, reflejando el principio de reciprocidad que rige todas las dimensiones de la sociedad aimara tradicional.
Finalmente, la danza de los Choquelas se consolida como uno de los pilares más representativos del patrimonio inmaterial boliviano y andino. Su permanencia a lo largo del tiempo demuestra la enorme fortaleza de los sistemas culturales originarios para resguardar su esencia frente a las intensas transformaciones coloniales y modernas.
Por su parte, en Perú, es una expresión tradicional muy arraigada en el departamento de Puno (en provincias y distritos como Pichacani, Platería, Acora, Yunguyo, entre otros), donde se interpreta en festividades locales y en celebraciones masivas como la emblemática Fiesta de la Virgen de la Candelaria.
Al contemplar la ejecución de esta danza ritual, el espectador no solo presencia un espectáculo visual y sonoro de singular belleza, sino que se conecta directamente con una cosmovisión milenaria que concibe el trabajo, la naturaleza, la fauna y lo divino como partes indisolubles de un mismo tejido vital.
Fuentes:








































No hay comentarios:
Publicar un comentario